Soledad Vélez y la inspiración desarmante

por | 1 julio 2014 | Cultura pop

“Wild Fishing”, la canción que dio nombre al primer largo de Soledad Vélez, resplandece con una bellísima luz violeta, que se debe al magnetismo irresistible que emana su voz. Su timbre parece venir de muy adentro, de rincones remotos de su garganta, un espacio en el que suenan ecos selváticos y quejas subterráneas. Tiene matices que la acercan al blues y al soul más clásico, y desvela el interés que siempre sintió por intérpretes como Billie Holiday o Muddy Waters, cantantes que supieron verter su llanto hacia dentro, mostrando una apariencia fuerte, consiguiendo mantenerse en pie pese a las hemorragias internas.

SOLEDAD VELEZ. foto de pau monteagudo

Las letras de este disco muestran una autenticidad incontestable, evocan la venerable tradición folk gestada en los montes Apalaches, y germina en exorcismos con los que combatir el miedo. Una defensa contra el temblor de los miembros y las paredes frías y duras que los aprisionan. Frente a las cárceles de la necia rutina y el mar de hielo que nos mantiene sujetos, inmóviles; Soledad vuelca una calidez que pacta una reconciliación con nuestros fantasmas, reconocidos ya como parte de nosotros mismos. Tal vez sea porque, tal y como cita la artista recordando un libro sobre el anarquista español Buenaventura Durruti: “el miedo y el valor vienen juntos, nunca sé dónde termina uno y empieza el otro”.

Su último disco, el arrojado y brillante Run With Wolves (Absolute Beginners, 2013), prolonga un imaginario artístico que mima todos los elementos, desde las letras y los títulos, las fotos y la portada. Y de nuevo la naturaleza, más agreste que nunca,lo recubre todo. Soledad da un rotundo paso hacia adelante,y se ve reflejada en otras mujeres esteparias como Patti Smith, la P. J. Harvey que nos descubrió mundos más allá de la dulzura pegajosa del escándalo, la siempre frágil y escurridiza Fiona Apple, o Cat Power y sus serenatas oscuras y somnolientas; y declina sus influencias entre el folk y un country oscuro, sujeto a convulsiones que mutan hacia el blues y otras excitantes carreteras secundarias. Junto a su compañero habitual, Jesús de Santos, ensombrece el folk más dado a paisajes pastorales de su anterior disco para desatar visiones y delirios en “The Path” y “Keep Walking”. A veces la cantante chilena muestra una personalidad tan fascinante como quebradiza, y parece envejecer demasiado pronto; en otras ocasiones vuelve a ser presa de los rubores y desordenes de la adolescencia, como en “She Thinks She´s a Teenager Again”. La verdad es que no nos costaría imaginar a la artista formando parte de los trazos de tinta de “Donde viven los monstruos” de Maurice Sendak, una obra maestra que no teme mirar al lado oscuro de la infancia y sus turbadoras pulsiones; consciente, como también lo es ella, de que el amor más absoluto puede nacer de la rabia más extrema.

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En otras canciones su voz adquiere tintes de contralto, entre la rabia y la ternura, dibujando diseños melódicos de inspiración desarmante. “Silver Wolf” aparece envuelta en un fulgor plateado, y amenaza con ser tan letal como un beso de Joan Crawford. Seguimos sumergidos en una sucesión de tremendas confesiones en las que se agazapa una voluptuosidad peligrosa e indómita. Hasta que, finalmente, llega “Good Moorning Darling”, que rescata el ukelele, tan presente en su anterior disco, y nos da la sensación de haber vuelto a salvo a casa tras pasear por el filo peligroso de las cosas y respirar la atmósfera viscosa de los subterráneos del delirio.

La escritora Isaac Dinesen dijo en una ocasión: “cualquier pena puede soportarse si se mete en una historia o si se cuenta una historia sobre ella”; y tenemos que agradecer que Soledad Vélez nos cuente su historia en estas espléndidas composiciones.

FOTOS: PAU MONTEAGUDO

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