Son uno de los grandes nombres de la música popular en español. Han atravesado tormentas, huracanes, rupturas y océanos de tiempo. Los de Albacete saben de primera mano que el horizonte en la planicie no se alcanza con facilidad y que los deseos arden al atardecer. Han pasado casi cuatro décadas y aquellos chavales que soñaron con salmos, imaginería rock, grietas, paraísos artificiales, relaciones turbias, gente abollada, chutes de insulina, acrobacias y sangre en los surcos regresaron el pasado 21 de diciembre al escenario del 16 Toneladas de Valencia con la intención de recorrer su primer álbum y de reivindicar su legado. Dieron un concierto memorable.
Antes de que los amigos de las tormentas comenzaran con su celebración la banda de Xàtiva, Ghost Transmission, tuvo algo más de media hora para repasar piezas de su repertorio y para adelantar composiciones del álbum que en breve llegará a las tiendas. Los de la Costera facturan un pop de raigambre independiente que trae ecos de Phil Spector, Yo La Tengo, Camera Obscura o The Raveonettes sin desdibujar su personalidad. Estuvieron sobrios, sólidos y muy entretenidos. Cumplieron con creces su papel de acompañantes.

No estaba anunciado pero tuvimos la sorpresa de contar con la maestría y el buen gusto de Juan de Pablos a los platos. El mítico locutor de Flor de Pasión se pinchó unos temas ideales para una tarde de domingo desapacible. Lo que tenía que ser un tiempo muerto entre actuaciones se convirtió en un acontecimiento. Nos habríamos quedado un rato más disfrutando de su selección pero no pudo ser porque de repente eran las ocho y ya sonaba la intro de apertura. Los primeros acordes de ¿Amas lo desconocido? dieron el pistoletazo de salida.

La luz en tus entrañas apareció en 1989 en un contexto de agotamiento de las formas triunfadoras de la movida. The Cure intuyó que el mundo bipolar de la Guerra Fría se desintegraba, el Muro de Berlín se desplomó por sorpresa bajo la atenta mirada de los ángeles de Wim Wenders, varias bandas del área de Manchester decidieron mezclar con éxito el baile, las guitarras y el hedonismo lisérgico y en el estado de Washington jóvenes desencantados probaron a insuflar melodías y ansiedad adolescente al rock. El imperativo de la honestidad cobró fuerza en entornos alternativos. La geopolítica del pop estaba cambiando y Surfin´ Bichos supieron interiorizar el espíritu de su tiempo. La primera parte del concierto la dedicaron a repasar sus diez cortes en el orden de publicación. Fue muy emocionante.
Los cuatro músicos llevan miles de horas de vuelo juntos y por separado, tienen la capacidad de tocar lo mismo y que suene distinto. Para las primeras piezas apostaron por la contención, redujeron la velocidad y amortiguaron los espasmos eléctricos. Fue una manera inteligente de atrapar nuestra atención: más suave, más lento, más dramático. Joaquín Pascual, alternando teclados y guitarra, fue el encargado de inyectar nervio o dibujar adornos mientras el resto armaban las canciones con solvencia. En esas partes más expuestas nos pareció que la voz de Alfaro sonaba algo arañada, como si anduviera un poquito afónico. Igual fue una apreciación nuestra porque cuando tocó exhibir tensión ladró con la fuerza de siempre. Los tres cuartos de horas se nos pasaron volando.

Tras una pausa brevísima volvieron para afrontar la segunda parte del set, que se iba a prolongar casi una hora más. No sabíamos que iba a ocurrir y lo que pasó es que los creadores de Hermanos Carnales decidieron encadenar grandes momentos de su discografía sin especular, uno detrás de otro, sin contemplaciones. Imposible mantenerse al margen. Temas como Fuerte, Comida China y Subfusiles, Rifle de Repetición fueron coreadas casi a gritos. El Final de una Quimera, que llegó en torno a la hora de concierto, supuso uno de esos momentos estelares que te erizan la piel y te remueven por dentro. Cerraron la velada por todo lo alto con Si Tengo Que Cambiar. El público feliz aulló agradecido. Difícil recordar un setlist más contundente.
Tanto tiempo después, con la vida medio gastada y perplejos ante la aceleración de un presente cada vez más hostil volvimos a comprobar la capacidad de esas composiciones para iluminar nuestro interior. Es lo que tienen los clásicos.













