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También es la pobreza, estúpido*

por | 19 noviembre 2019 | Opinión

Habrá gobierno. Lo que no pudo ser durante meses, se forjó en dos días. Algo lógico, el PSOE no tenía ninguna otra opción posible. Y este nuevo gobierno progresista deberá plantear una estrategia de choque para luchar contra el auge de un voto ultraderechista que ya ha comenzado a calar en las rentas medias y bajas. Dos líneas prioritarias a seguir: apaciguar el conflicto catalán con la promesa de diálogo transversal entre partidos tras las elecciones catalanas, y activar políticas económicas y sociales basadas en asegurar salarios dignos, protección social y una reforma fiscal progresiva. No será fácil, ya que tendrá atrincherada a la derecha española, que aumenta en votantes cada vez que se televisa una acción de Tsunami Democràtic, y enfrente a los partidos procesistas que han apostado por la ruptura (JxC y Cup). El gran dilema será para una Esquerra Republicana de Catalunya, clave en la puesta en marcha del nuevo gobierno, que va a tener que explicar a su masa electoral que los movimientos por la distensión no son una traición a la causa independentista sino una oportunidad pragmática frente a una vía unilateral que podría desembocar en un conflicto civil. Así pues, serán posiblemente los votantes de ERC quienes, en las elecciones autonómicas, determinen si nos dirigimos hacia la pax catalana o a un nuevo casus belli.

Los líderes de Vox son católicos ultramontanos, neoliberales surgidos de centros económicos privados y exmilitantes de la línea dura del PP a los que Rajoy mandó al rincón de pensar tras la sucesión aznarista. Esta militancia premium ha monopolizado la cúpula y los cargos electos del partido, intentado que posibles nuevos afiliados venidos de antiguos partidos de la extrema derecha noventera (España 2000, Democracia Nacional o Falange) e integrantes de Hogar Social (el colectivo racista que durante la crisis económica repartía comida a los españoles de los barrios periféricos excluyendo a todos los inmigrantes), no tuvieran prácticamente ninguna influencia ni acceso al primer engranaje organizativo del partido, pero sí que han aprovechado su capacidad de intervenir y agitar en los barrios de rentas bajas. Con los 2,8 millones de euros en subvenciones a los que tiene derecho la élite intelectual del partido intentará ampliar su base electoral exprimiendo Cataluña, pero también la economía.

Pese a su argumentario eminentemente de casta neoliberal y anti Estado del bienestar, saben que el populismo ultraderechista internacional (desde Le Pen hasta Trump) ha aumentado el voto cuando ha levantado la bandera proteccionista, de estado social benefactor, y probablemente sigan subiendo el tono de lemas como “Somos la voz de los que no tienen voz”, “Que se vayan todos” o “Solo los ricos pueden permitirse el lujo de no tener patria” para intentar seducir a las clases populares. En definitiva, van a intentar vincular a su lado a las clases perdedoras de la globalización, pese a que son ellos los explotadores de las mismas.

El gran problema no es que los ultras sean la fuerza más votada en los chalets de Camp del Túria, en importantes localidades citrícolas y taurinas de la Ribera Alta o que le eche el aliento en el cogote al PP en los barrios céntricos del cap i casal, esto es, por ahora, una alerta roja para la señora Bonig. Lo que la izquierda debería plantearse es por qué ha subido exponencialmente este voto en los barrios obreros de Torrent, Paiporta, Albal, Aldaia, Xirivella, Picanya, Paterna, entre otras, y en todos los barrios periféricos de València en los que, excepto Benimaclet y Poblats Marítims, Vox es tercera fuerza.

Las causas son diversas y están interconectadas, pero deberíamos atender, además del voto emocional del españolismo creciente, al factor económico. En los barrios periféricos el voto al PSPV se mantiene firme pero la ultraderecha aumenta. Un caso de estudio sería el de un barrio de clase media colindante con otro con elevada inmigración. Y este es el limes que separa La Punta (nuevo barrio de Las Moreras) y Natzaret. Vox es primera fuerza en Las Moreras, un emplazamiento de nuevo cuño con fincas para la clase media que muestra un castigo electoral a los partidos tradicionales en un distrito azotado por la falta de servicios públicos y las expropiaciones de la ZAL.

Pero en Natzaret, el barrio más pobre de València, Vox es la segunda fuerza a sólo 176 votos de los socialistas, y esto sí podría plasmar cierta obrerización del voto ultraderechista. Poco importa si ese voto se explica porque la tasa de inmigración africana es trece puntos porcentuales mayor que en el resto de València,  porque los residentes en viviendas construidas entre 1961 y 1970 supera en catorce puntos porcentuales a los del resto de València,  porque haya un 22% de paro (ocho puntos más que en el resto de València) o porque la renta media según el IRPF sea de casi un 20% menos que la media de la ciudad. Las políticas de empleo, los planes estratégicos y las actuaciones participativas se han mostrado insuficientes, hasta el momento, y el discurso perverso y antiestablishment de Vox también ofrece a la precariedad la esperanza de desaparecer, porque por allí se han paseado excelentísimas y honorabilísimos, pero sus habitantes permanecen anclados a una pobreza perpetua.

*Vídeo promocional de la campaña electoral de Bill Clinton en 1992. El eslogan no oficial “La economía, estúpido” (The economy, stupid), fue clave para su victoria ante George Bush padre.

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