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The Jayhawks, el infalible toque de clase

por | 31 marzo 2015 | Reportajes

The Jayhawks fueron claves a la hora de señalar una nueva frontera para el country americano a finales de los 80. Antes de que una deriva hacia el pop transformase su sonido. Sin embargo, a veces, como ellos han demostrado en varias ocasiones, lo que parece el canto del cisne puede ser el primer acto de un renacimiento. 

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Suenan como un cruce entre Eagles, Gram Parsons y un Neil Young herido por el legado de The Byrds, pero esta descripción no basta. Sin duda, se trata de uno de los grupos más relevantes de la historia del country. Y si Wilco se muestran imbatibles a la hora de retratar nuestras debilidades, The Jayhawks nos conectan con nuestro lado más solar y descarado.

La banda, formada en Minneapolis en 1985, se estrenó al año siguiente con un disco homónimo en el que se mostraban fieles a las raíces clásicas del country-folk, esbozando una identidad todavía en estado de formación, pero en la que se evidencia ya la magia que brota del encuentro entre Mark Olson y Gary Louris, así como las enormes capacidades melódicas del grupo. Blue Earth (1989) nos reveló la que sería su marca: un country filtrado por una sensibilidad pop moderna y dinámica en el que todos los músicos se engarzan en una gozosa alquimia. Detrás de la aparente simplicidad de las composiciones se oculta un toque de clase infalible.

A comienzos de los 90, Hollywood Town Hall (1992) y Tomorrow The Green Grass (1995) supusieron un verdadero manifiesto en el que el country y el pop se hermanaban bajo el influjo de un juego de armonías vocales verdaderamente superlativo. Canciones que seducen con delicadeza, pero que una vez dentro permanecen con fuerza. Sin embargo, tras el abandono de Olson, Sound of Lies (1997) descolocó con sus ecos de los Beatles y de John Lennon en particular. Se vio en ello el proceso de banalización de una sonoridad que había logrado contaminar la cultura americana clásica con el pop-rock más contemporáneo.

Unas dudas que Rainy Day Music (2003), un disco de belleza cristalina, y Mockingbird Time (2011), que contó con el retorno de Olson, se encargaron de despejar de forma contundente. El sabor antiguo volvió a reverdecer en deliciosas filigranas. Imposible no enfermar con sus resonancias sesenteras y dejarse vencer por una sencillez que nos sigue desarmando.

https://youtu.be/-dYHZhqD6g0

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