The Long Ryders, sus botas fueron hechas para caminar

por | 27 noviembre 2014 | Reportajes

No está de más fomentar el ejercicio de retroceder en un flash back temporal de más de treinta años. Antes de que se hablase de algo llamado americana. Antes de que a nadie le diese por inventar una etiqueta llamada country alternativo. Antes incluso de que los medios europeos se hicieran eco de una cosa llamada Nuevo Rock Americano. Aquellos tiempos en los que, aunque ahora nos parezca inconcebible, Johnny Cash o Willie Nelson eran considerados representantes de un género tildado de rancio y conservador, emblema de las esencias norteamericanas más achacosas. Todo un anatema para la modernidad.

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En aquella época, primera mitad de los 80, Sid Griffin, Stephen McCarthy, Tom Stevens y Greg Sowders formaban The Long Ryders, una de las bandas de rock norteamericano de raíces más emblemáticas de aquella década. Un grupo al que nunca le sentaron bien las etiquetas, la verdad. Su inclusión en la escena angelina conocida como Paisley Underground (en la que despuntaban The Dream Syndicate, Rain Parade, Three O’Clock y hasta las primeras Bangles) se explicaba más por su cercanía personal  que por compartir unas querencias musicales comunes. Sí, todos empuñaban guitarras eléctricas al servicio de una revisión de géneros anclados en los años 60, pero donde aquellos desprendían cromatismo, lisergia o indisimulada fiereza, los Long Ryders exhibían orgullosos una hoja de servicios firmemente ceñida a las raíces de los géneros cultivados por sus héroes. Como bien explicó Carlos Rego en el imprescindible libro Nuevo Rock Americano, años 80. Luces y sombras de un espejismo (Milenio, 2010), “carecían del dramatismo, que, cada uno a su manera, tanto lucía en Green On Red o en The Dream Syndicate. Su música no tenía nada que ver con la oscuridad ni con las ínfulas de trascendencia, lo suyo era auténtica feel good music, una amalgama de estilos decididamente inspirada en los mejores años sesenta americanos”.

No en vano, y ya que hablábamos de héroes, uno de ellos fue Gene Clark (The Byrds), quien precisamente prestó su voz a uno de los temas incluidos en Native Sons (1984), el espléndido álbum con el que debutaron y, seguramente, el que mejor sentó los principios de su sonido, firmemente enraizado en la relectura de los preceptos de Gram Parsons, The Flying Burrito Brothers, Buffalo Springfield o los propios The Byrds, claro. Y tocada con la urgencia que demandaban los nuevos tiempos, herederos de la agresividad sonora del punk. Cualquiera que tenga interés en acercarse a su discografía puede completar una buena terna de discos esenciales con los posteriores State Of Our Union (1985) y Two Fisted Tales (1987), con los que formaría una estupenda trilogía de rock recio y añejo, tan sobrado de oficio como detentor de cualidades que van más allá de las modas y coyunturas.

La banda se disolvió justo después de la grabación de ese último disco, pero las oleadas periódicas de nostalgia por los viejos tiempos han ido sembrando el terreno de nuevas reivindicaciones de su impronta. Y de nuevas reuniones del grupo para emprender diversas giras, desde 2004, aun sin material nuevo. Y con su formación original intacta. Al margen de la interesante trayectoria de Sid Griffin al frente de The Coal Porters. Algo que (más allá de la acomodaticia morriña que puede revelar, tan común hoy en día) no deja ser una buena noticia si al menos sirve para restituir su lugar en la historia (quizá no esencial, pero sí pertinente) y algunos de quienes adoran, con razón, a bandas como Wilco, se aperciben del valioso rol que gente como The Long Ryders desempeñaron como eslabón necesario entre los pioneros del rock de raíces yanqui y sus actuales legatarios. Cuando menos, tendrán el 5 de diciembre en Loco Club un espléndido directo que llevarse a la boca. Y eso no es poco.

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