Ningún autor, ningún talento lo es sin herencia. Cuando ves a Fellini o a Louis Malle -como hicimos en el magnífico ciclo Nits de Cinema en La Nau de la Universitat de València– después de ver cine de las últimas décadas de Tarantino o de Woody Allen es necesario preguntarse si aquel baile icónico de Pulp Fiction es posible sin 8 y Medio. ¿Y Match Point sin que su director hubiera leído a Dostoyevski o visto Ascensor para el cadalso? Es como si un rayo de luz nos abriera los ojos y conectáramos con la experiencia vital de los artistas cuando idearon su obra. Advertimos en el proceso creativo el homenaje a antepasados concretos en la mesilla de noche de cada creador como los romanos hacían honrando en sus pequeños altares a sus dioses lares. Porque sin ellos no podríamos ser ni podríamos innovar, ni siquiera cuando aparecen genios del cambio radical que empujan en vanguardia rompiendo normas y tirándose al vacío como lo pudieron hacer Godard o Tarkovski.
Lo increíble de la creatividad artística es que casi todo en una obra es un remezcla con variaciones introducida en nuestra memoria humana, desde su origen. Para los que les gusta el cine o la literatura, cada vez que nos sumergimos entre creaciones culturales sentimos la necesidad de ver y conocer más y más para llegar al origen de todo, acercarnos lo más posible a la verdad de las cosas en las artes y la historia. Influencias en el cine desde la escalera de Odesa del Acorzado Potemkin de Eisenstein o a la Metrópolis de Fritz Lang o incluso, yendo más allá del artefacto inventado por los Lumière, conocer Edipo Rey o Medea al principio de todo, porque todo está en esos clásicos, los inventores de las artes escénicas que lo condensaron todo en tragedia, comedia y drama satírico e hicieron a la cultura occidental explotar en un gran Big Bang hasta hoy. Gracias, Heródoto, Tucídides y Jenofonte. Gracias Esquilo, Sófocles, Eurípides, Aristófanes… por trascender y enseñarnos a conocer y crear, por ese orden. Somos meros repetidores de su inventiva sobreviviente a incendios de bibliotecas, intolerancia de dioses de ciencia ficción y pobre miseria intelectual a lo largo de los siglos de la humanidad.
Benditos sean todos ellos por darnos el patrimonio a preservar y poner a disposición de los nuevos creadores como si fuera arcilla para modelar lo nuevo. Como nuevas fueron en su día los dramas de Dreyer, Louis Malle, la comedia de Blake Edwards o la inclasificable -como lo sería el teatro del absurdo en su día- After Hours de Scorsese. Todas ellas se pueden ver durante estos días en el magnífico claustro del edificio de la Nau de la Universitat de València gracias a su Aula de Cine. Sentimos la pequeñez ante los gigantes de ayer, porque nadie puede inventar una pieza y que esa creación sea mínimamente interesante sin conocer la verdad anterior de los antiguos autores que, era tras era, han necesitado conocer y crear, y han construido los cimientos del sapiens inteligente y creador que somos en el siglo XXI.
Y en contrapartida, maldita sea la tecnología de internet y malditas todas esas pantallas mucho más pequeñas que las de las proyecciones clásicas de cine -al aire libre o en sala- que, día tras día, nos mantienen conectados a la estupidez banal sin poder escapar, generando conexiones insípidas y adictivas en nuestro cerebro. Ojalá un tiempo sin notificaciones de WhatsApp y sin deslizar el dedo delante de un móvil para vivir encadenado al algoritmo de una red social que programan estos nuevos señores tecnofeudales. Y así dejar de tener la necesidad narcisista e idiota -dopamínica- de decir tonterías.
Y si apagamos un poco el móvil, qué tal empezar por hacerlo en el claustro de la Nau, al lado de la estatua y la inspiración de Luis Vives para trazar un plan, escuchar las referencias culturales tras las películas programadas y escondernos de este nuevo tórrido verano valenciano. Y con ese ejemplo empezar a leerlo todo, revisionar todo lo que los humanos hicieron sin un motor de Inteligencia Artificial que te lo resuma a 280 caracteres, por el mero hecho del placer de disfrutar el proceso, de principio a final. Necesitaríamos más de una vida y meternos en una cueva a salvo de la tosca y fútil actualidad, pero bien merecería la pena intentarlo hasta salir de allí sin que la luz nos ciegue, tal y como Platón describía a los hombres al salir de las sombras hacia la verdad de las cosas, de este Universo que no es sobrenatural, que está a nuestro alcance y al que solo le falta tiempo, conocimiento y creación artística.