Tórtel: “Me gusta el pop cuando es incómodo” LOCO CLUB. VIERNES 15 DE FEBRERO

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Jorge Pérez acumula ya una discografía de auténtico pasmo al frente de Tórtel, su proyecto principal. Transitando del folk pop a un pop electrónico tremendamente sugerente y evocador, de aliento muy contemporáneo, su carrera dibuja – ya muy lejos de Ciudadano y Maderita – una de las curvas más fascinantes de la música popular valenciana actual, marcada en su caso por un irrefrenable deseo de evolución que se ha ido plasmando disco a disco. El último, el soberbio Las tres tormentas (Intromúsica, 2018), fue escogido como uno de los tres mejores álbumes valencianos del año pasado para esta publicación. Motivos no faltaban. Lo presenta el próximo 15 de febrero en compañía de El Hijo, la marca creativa del madrileño Abel Hernández, en el Loco Club. Ninguna mente inquieta debería perdérselo.

BEAT-TORTEL Fotos: Laura Silleras

 

En qué medida te ha influido el hecho de ser padre a la hora de encarar el disco?                                                                                                  Todo lo que me ha pasado influye. He sido padre y ha muerto mi padre. Con unos meses de diferencia. No hay ninguna canción que hable de eso explícitamente, salvo quizá “Poder absoluto”, que sí habla de mi padre. Eso marca el tono del disco. Ese optimismo de otros trabajos no está ahí. Ser padre te aporta alegría, pero es otro tipo de sensación. Y al haber sido tan cercano a la muerte de mi padre, fue como un golpe de realidad de lo que es la vida. Cosas que son evidentes pero no quieres pensar que algún día te van a pasar: que tú seas padre y a la vez te quedes sin padre. Cuando ocurre con tan pocos meses de diferencia, es un impacto jodido. La experiencia de ser padre está un poco más plasmada en el disco con Alberto Montero, Alucinados (2018). Mi hijo acababa de nacer y aún no había ocurrido lo de mi padre. De hecho, compuse muchas canciones por la noche, mientras estaba desvelado y el crío con sus lloros. Y las tres tormentas, aunque sea un poco una broma, somos nosotros tres: Bego (mi mujer), mi hijo Max y yo. El concepto de que nuestra vida somos los tres.

¿Hay un factor añadido de amargura? ¿Algo que tenga que ver con la desproporción entre la estupenda acogida crítica de tu trabajo y el eco que recaba entre la gente, que posiblemente sea menor del esperado?
Para mí no es un desánimo, porque el objetivo nunca ha sido vender. Entre otras cosas porque yo ya vivo de la música: doy clases sobre música y hago más cosas en la misma órbita. Mi relación con la música es mucho más profunda que Tórtel. La música me aporta muchísimas cosas, y en ese sentido estoy en paz. Jamás pensaría que la música me debe nada, o que no recibo lo que siembro. En los veinte años que llevo en esto sí que me he encontrado gente que lo piensa. Pero ¿qué sentido tiene pedirle cuentas a la música?. Es algo que está por encima de nosotros. Es tu relación íntima con ella y tu historia, y eso no lo puedes dominar. No puedes dominar la forma en la que la gente la percibe. Claro que me gustaría que la gente recibiera mi canciones con mayor empatía, como algo más popular, porque al fin y al cabo hago pop. Pero nunca me ha obsesionado. Vengo de los noventa, en los que el underground era una posición de vida. Era una postura que tú elegías, y no un lugar en el que has acabado porque no has tenido más remedio, que es lo que parece que sea ahora. Lo veo en mis alumnos, que tienen la edad que yo tenía al empezar en esto. La gente no se plantea que a lo mejor estás cómodo donde estás. Creen que no estás en el Sonorama o en no sé dónde porque no puedes. No, tío: es que a lo mejor no me apetece. O tengo otra edad y estoy en otro rollo ahora mismo. Ni yo nunca he apostado por mis proyectos a todo o nada, ni he dejado de hacer otras cosas relacionadas con la música. Hago un disco con Remi Carreres, por ejemplo, y si no hago más no es porque no hayamos vendido miles y sea un proyecto fallido. No soy un francotirador disparando a ver a dónde le doy, simplemente no ha surgido. Hago música para teatro, y no me planteo si mi relación con el teatro va a acabar ahí, que tampoco el objetivo era acabar haciendo un musical en la Gran Vía. Cuando he hecho algo para teatro, me he ido a todos los ensayos, para ver qué sucedía ahí y ver lo que aprendía, porque me encanta. Y no esperaba otra cosa.

Sí, tu puedes decir que vives de la música, de una forma o de otra, no como la gran mayoría de músicos valencianos.
Claro. He hecho de todo. Hasta las playlists de los Corte Inglés de toda España. Y me lo he pasado de puta madre. Contra pronóstico, porque era hacer listas megacomerciales, y ahí sabes que no vas a cambiar nada. Es como es. Y mucha música comercial que pensaba que no me iba a atraer, me empezó a gustar gracias a ese curro. Con cada cosa he intentado aprender y ver cómo lo puedo leer para mí mismo. Hay un montón de cosas interesantes en la música para publicidad, por ejemplo, y mira que a ciertos niveles puede parecer poco agradable, por aquello de evitar pagar derechos y tratar de copiar algunas melodías. Pero hasta lo poco que he hecho en ese ámbito lo he disfrutado. Te pones a ver cómo están hechas las canciones y siempre aprendes algo.

Son trabajos que te obligan además a ponerte en el lugar del cliente de esas superficies o esas campañas, que en principio no estará familiarizado con la música que a tí te gusta. Y supongo que todo nutre. De hecho, si algo se puede decir de Tórtel es que ninguno de sus discos es igual al anterior, en todos y cada uno de ellos se aprecia una evolución respecto al precedente.
Sí, hay gente que repite la misma fórmula porque les mola, y me parece muy bien. Cada uno tiene una forma de entender la música. Hay quien entiende su proyecto personal como su proyecto vital, y hay quienes, como yo, intentamos encontrarnos colaboraciones en el camino o sonidos nuevos que nos estimulen. Yo también he ido aprendiendo mucho. Hace ocho o nueve años no tenía las mismas armas, por así decirlo. Quizá he perdido frescura, nunca se sabe. A lo mejor había antes un talante más fresco, más divertido y espontáneo en lo que hacía. Tratar de emularlo ahora sería una impostura. Pero he aprendido muchas cosas de producción, y como instrumentista. Empecé muy apocado porque venía de tocar con gente que toca muy bien, y yo no era un buen instrumentista. Me costaba confiar en mí mismo. Y ese camino, el que me ha llevado hasta aquí, hay que recorrerlo.

Tengo la sensación de que Las tres tormentas es tu disco más libre. En el que menos te importaba lo que el público pudiera pensar. El menos convencional, y además de forma deliberada.
Lo es. Totalmente. Por eso decía que me ha hecho especial ilusión que tantos medios lo hayan valorado. Más incluso que otros discos. Porque no tenía claro que todo el mundo lo fuera a encajar ya desde un principio. Y lo mismo puedo decir de Intromúsica, mi discográfica. Max (Lario, jefe del sello) apostó por él desde un principio. No me puedo quejar.

Quizá el momento en el que más se aprecia eso es en “Adelante”, un corte construido partir de un simple mensaje de whatsapp que te mandó tu amigo Sebastián Benavente, músico y ex componente de Tórtel. He leído críticas que lo han valorado como uno de los puntos álgidos del disco, y otras que lo han descalificado como un desliz.
Ese mensaje de voz quizá represente mejor el espíritu del disco que cualquier frase que yo haya podido escribir. Es un músico que no deja de ser un tío descargando cajas de una furgoneta, harto de su trabajo en una empresa de mensajería, mirando desde la lejanía nuestro pequeño mundo, que al final no es nada: lo de Radio 3 y todo esto, visto desde fuera, como si se tratase de otro planeta, y sobre un fondo musical un poco épico. No se trataba de una broma entre él y yo, ni mucho menos. La suya es una frase que seguramente diga más de lo que puedan decir cualquiera de mis textos, y de cómo está la música hoy en día. Lo complicado que es dedicarse en cuerpo y alma a ella cuando la mayoría de la gente tiene dos curros o ni siquiera puede permitírselo. En el disco también se habla mucho del amateurismo. Incluso en la portada. Del azar, de cómo googleando algo ya te sale eso. En el día a día te puedes encontrar con cosas inesperadas. Con una propuesta visual que por error de google pueda ser atractiva. Pues es lo mismo: un mensaje de whatsapp puede ser la letra de una canción. Puede haber en él más poesía de la que pueda hacer yo. La frustración ante esa imposibilidad de dedicarte a la música va a tener más fuerza que cualquier cosa que yo escriba. Me parecía muy potente. La música de la canción tiene además ese tono épico, que puede ser dramático y a la vez cómico, por la misma situación.

¿Te preocupa que tus discos reflejen el tiempo que vivimos?
Oyendo todos los discos de Tórtel, ahora que ya son unos cuantos, creo que sí reflejan exactamente lo que era en cada momento. Es algo de lo que puedo sentirme orgulloso, porque reflejan una honestidad y una sinceridad grande. Cada disco es lo que yo podía hacer, y lo que podia dar y lo que tenía alrededor. Y tiene mucho sentido todo. Entusiasmo (2012) suena así porque venía de una banda y dejé de tenerla, y me daba igual sonar un poco peor. El frikerío este de tocar en cualquier sitio me parecía muy atractivo porque veníamos de aquella época – finales de los 90 y principios de los 2000 – en la que íbamos todos con la furgoneta y con todo el equipo a todas partes, con mogollón de amplis, y entonces luego eran ya las ganas de tocar en cualquier sitio con solo una guitarra acústica. Cada momento ha tenido su razón de ser. Y todos los cambios de sonido pueden tener más sentido si se ven ahora en perspectiva.

Eres un apasionado consumidor de música muy diversa. ¿Ha habido algún descubrimiento reciente que te haya influido?
Estoy oyendo mucha música negra. No hace falta ser muy inteligente para darse cuenta de que es la que empuja al resto de la música para que evolucione. El rock, el blues, el gospel… todo eso viene de la música negra, y ahora vuelve a ser así. Kanye West, Jay-Z, Drake. Te pueden gustar más o menos, o pueden acabar más o menos domesticados, pero todo viene de ahí. Ojo, que no estoy diciendo que hayan reinventado la música, pero sí es cierto que ese tipo de producciones y de sensibilidades están haciendo que la música avance. A mí me tronan. Lo veo como algo nuevo, y comparable a lo que ya ocurrió con la música negra muchos años atrás. Eso salpica al pop. El trap no deja de ser una forma de rap, producido de otra manera, y en cierto modo pop. Drake hace pop. Y el pop está muy influenciado por esas producciones, como lo estuvo en los cincuenta o en los sesenta. La gente del gueto, la que no tiene absolutamente nada. Por eso nos llama tanto la atención esa exhibición que hacen del dinero, porque tiene que ver con gente que lo idolatra porque representa un estatus que se les ha negado siempre. Son como los personajes de la serie Atlanta, que en cuanto tienen cuatro chavos se pillan una limusina y se hacen fotos con ella para instagram. Siguen siendo igual de pobres, pero como se les niega eso siempre… y como siempre llevan camisetas de copia, porque no pueden comprar las auténticas de marca, en cuanto tienen algo de pasta se la compran, como diciendo ¿yo no puedo llevar esto? A J Balvin le afeaban que no decía nada sobre Trump en sus conciertos ni en sus canciones, con el poder que tendría ahora ese mensaje en sus manos. Y el tío contestaba: “si lo que más le molesta a Trump es que gente como yo esté ganando muchísimo dinero en los EEUU cantando en español. A él se la pela si yo le critico, a él lo que le molesta realmente es que yo aparezca en el show de Jimmy Fallon cantando en castellano con músicos colombianos y que todo el mundo cante en español”. Por eso ese culto al dinero que a mí, o a nosotros, siempre nos ha chocado mucho, pero que una vez te metes en las músicas urbanas acabas por entender su sentido. Porque no tiene nada que ver con la forma en la que nosotros vivíamos la música en los 90. No es ni mejor ni peor. Y, desde luego, es muy interesante a nivel creativo. En los discos de Kanye West, por ejemplo, hay un punto de experimentación tremendo, no es un mainstream anquilosado que busque repetir siempre la misma fórmula.

Me he acordado mucho oyendo el disco de algo que me comentabas con ocasión de tu anterior trabajo: tu interés por utilizar filtros de voz como una forma de jugar con los límites de la personalidad. Una manera de desdoblarla de forma sutil, y no un simple ardid estético.
Sí, es otra cosa que me mola mucho. Es que esa teoría sobre la honestidad o la autenticidad del rock, que tengas que ser tú mismo contando tu historia, o que tengas que estar ahí con tu proyecto pasándolo mal (o bien) y defendiendo con tu guitarra lo tuyo, pues como que sí y no. También puedes improvisar una canción en cinco putos minutos, que tenga más gracia que nadie y eso también es música. Y está de puta madre. A mí me da igual que tardes cinco minutos o diez en hacer una canción, que la haya hecho un tío que es abogado o que sea un tío que vive bajo un puente. Esa idea romántica de lo que es auténtico o no, pues como que ya no cuela. Hay mucha gente que tiene mucha gracia para eso, y es también muy bonito cuando todo es una puta mentira. Kanye West es un tipo despreciable a nivel personal, hasta el punto de que creo que se ha creado un personaje – porque no le encuentro otra explicación – y llegará un día en que nos contará toda su mierda y nos confesará que en realidad todo era una gran broma. Que ha estado jugando a rayar la mente de la gente. Me parecería que tendría más sentido eso a que nos resignemos a que sea de verdad tan estúpido. Pero aún así, yo flipo con lo que hace. El pop más inquieto pilla cosas de otros y juega con ellas, y ahí las voces tienen un rol fundamental. A mí me gusta el pop cuando empieza a ser incómodo. Cuando no es perfecto ni súper bien hecho. Por eso me gustan Broadcast y grupos con afinaciones raras, todo un poco fantasmal, que proponen una realidad en la que empieza a haber cosas que no me encajan. Esa incomodidad me flipa.

Pero no desdeñarías una canción pop perfecta y canónica, ¿no?
No, no, claro. Eso es un gusto para los oídos. Lo que pasa es que creo que es muy difícil poder conseguir eso. Yo siempre les digo a mis alumnos que le den a todo una vuelta de tuerca. Todos tocan de puta madre, pero a veces pienso que están haciendo lo de siempre. ¿Por qué no probáis otras cosas, más aún cuando tenéis el estudio en casa (que a nosotros nos costaba dinero)? Eso les digo. Que prueben cosas. Pero luego es verdad que oyes el Carrie & Lowell (2015) de Sufjan Stevens y te das cuenta de que es el disco de siempre, y es increíble. Pero claro, tienes que componer así: como lo hace Sufjan. Para hacer un disco de guitarra y voz, ese es el nivel. Canciones incontestables. Mira Bon Iver, por ejemplo, que esta ya en otra peli. Ya no le interesa demasiado hacer canciones de guitarra y voz. Y es muy guay la forma en la que experimenta con la voz. Igual que Frank Ocean. Es increíble la cantidad de posibilidades que da el utilizar la voz como un instrumento más. Y aún hay gente que se asusta. El autotune, por ejemplo, puede ser usado con muy poco gusto o para cosas maravillosas. Puede ser Paulina Rubio o Panda Bear.

De nuevo has contado con Alberto Rodilla (Al Pagoda), entiendo que esencial en las canciones. Y con Enric Alepuz. Pero también con Abel Hernández, Jesús Maciá y Joaquín Pascual, quien en cierto modo ha terminado por seguir una evolución similar a la tuya, al menos eso me parece tras escuchar su último disco, EX. Y me parece muy curioso, teniendo en cuenta que él te dio el empujón con el primer álbum de Tórtel hace diez años.
Siempre lo he hecho, rodearme de mucha gente. Pero ahora que hablábamos de toda esta gente que proviene del rap, me gusta ese concepto de la música según el cual hay como 20 o 30 acreditados por canción, como si fuera una película en la que tú eres el director pero hay 50 tíos currando. Alberto Rodilla produjo la mitad del disco, cinco canciones, y las otras cinco las hice con Abel Hernández. Los dos han sido fundamentales para que suene así. Cada uno en su estilo. Luego yo he sido muy pesado con ellos, dándoles indicaciones sobre cómo quería que sonara. Lo empecé con Alberto y lo terminé con Abel, con quien ya había empezado a trabajar en el disco junto a Alberto Montero. El componente psicodélico y un poco sesentero de aquel disco y el más contemporáneo de la producción de Alberto Rodilla es lo que le da su equilibrio. Y Joaquín (Pascual) siempre está ahí. Me ayudó con los dos temas instrumentales, que están muy orquestados, están armonizados por él. Luego los bajamos de tempo, los manipulamos mucho, están muy procesados. Pero para conseguir ese mundo raro necesitas hacerlo así. El último disco de Joaquín está más centrado en el piano, de una manera clásica, pero al mismo tiempo es muy libre, sin sello y sin promo, sin copia física, y hecho por un cerebro que funciona a 200 por hora. Una obra maestra. Es increíble a nivel creativo. No lo voy a descubrir ahora. Me sobrecoge. Y me flipa la forma en la que consigue que nos llegue como si se hubiera facturado en un lugar libre y personal, con loops como mal cortados, un fondo extrañísimo, como emitido desde un lugar distinto, como ocurre en algunos discos de Ariel Pink. Es pura magia. Algo inexplicable. Se han hecho muchos discos así últimamente en España. Como el de Rosalía, que es como de otro planeta.