Trío Iturbi: “No hay nadie más moderno que Beethoven” ALMUDÍN DE VALÈNCIA. DOMINGO 10 DE NOVIEMBRE 19:30h.

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Esta temporada el Palau de la Música de València celebra el 250 aniversario de Ludwig van Beethoven, tal vez el iniciador de la música tal y como la conocemos. Beethoven ha representado hasta nuestros días la figura del revolucionario que saca a la música de los dominios del siglo XVIII y del Antiguo Régimen para lanzarla al Romanticismo. El Trío Iturbi propone un diálogo entre sus composiciones de madurez, después de la crisis causada por su sordera, con la idea de modernidad propia de la primera mitad del siglo XX, atravesada por las convulsiones que propiciaron las dos grandes guerras. El 10 de noviembre en el Almudín, dentro del ciclo Cambra al Palau, el Trío Iturbi (el violinista Fernando Pascual, el violonchelista Jorge Fanjul y el pianista Óscar Oliver) interpretarán el Trío “Archiduque”, la última aportación de Beethoven al género, y el Trío de Ravel. Hablamos con Óscar Oliver.

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El Trío Iturbi se fundó hace unos años. ¿Cómo surgió esta aventura?

Surgió a finales de 2015. Los tres nos conocíamos previamente, pero todavía no nos habíamos embarcado en ningún proyecto que fuera exclusivamente nuestro. Teníamos muchas ganas de explorar y estudiar a fondo el repertorio para trío, así que decidimos presentarnos en el Palau de la Música con unos tríos maravillosos de Schubert y Rachmáninov. Desde entonces, cada proyecto nos ha llevado al siguiente hasta hacer del trío una vocación y una actividad fundamentales en nuestras vidas.

Tomáis el nombre del valenciano José Iturbi, un pianista de origen humilde (su padre era encendedor de farolas de gas) que alcanzó un éxito internacional abrumador. Su hermana, Amparo Iturbi, también es una figura a reivindicar.
Sin duda. Amparo fue una pianista extraordinaria, muy apreciada en el París de los años 20 donde llegó a ser conocida como la gran dama del piano. El compositor Enrique Granados sentía una especial devoción por su estilo interpretativo hasta el punto de confesarle que era la pianista que mejor había captado la sensibilidad de su obra.

La fama de José Iturbi le llevó a aparecer en varias películas de Hollywood. ¿Tendemos los valencianos a valorar poco lo nuestro?
Hay algo de cierto en lo que dices, quizá más de lo que estamos dispuestos a reconocer. De hecho, existe un buen número de artistas e intelectuales valencianos con los que parece que nos ha faltado el convencimiento necesario para situarlos en el lugar que se merecen. Sin duda Iturbi es uno de ellos. Aunque no solamente por su etapa en Hollywood. Allí trabajó codo con codo con las grandes estrellas del momento, ni más ni menos que Frank Sinatra, Fred Astaire, Gene Kelly, Jimmy Durante, los Hermanos Marx, y un largo etcétera. Durante los años 40 Iturbi apareció en un buen número de largometrajes de la Metro Golden Mayer, como Levando anclas, y en los que -esta fue la condición que él impuso- lo hacía interpretándose a sí mismo. Su paso por Hollywood le valió una estrella en el deseado Paseo de la Fama. Pero Iturbi no fue solamente Hollywood, de hecho siempre fue un tanto reacio a hablar de esto.

Su fama ya era internacional cuando comienza sus colaboraciones con la MGM. Principalmente como pianista (disco de oro por su grabación del Claire du lune para RCA con más de un millón de copias vendidas), pero también como director de orquesta su reputación se extendió como la pólvora a partir de su llegada a América en 1928. A partir de este momento tocó en los escenarios más importantes de esta parte del mundo bajo la batuta de los directores más destacados del momento, dirigiendo a su vez orquestas tan prestigiosas como la New York Philamonic, la Orquesta de la BBC, Chicago, Detroit… A pesar de ello Iturbi no se olvida nunca de València. En 1956 acepta el nombramiento de director de la Orquesta Municipal de València, y en 1957, tras el desastre de la riada emprende una gira con la Orquesta con el objetivo recaudar fondos para los damnificados.

Vuestro concierto del 10 de noviembre en el Almudín está dentro de un ciclo en el que vinculáis a Beethoven con la modernidad. Justamente la programación del Palau de la Música de València de esta temporada celebra al compositor por su 250 aniversario. ¿Por qué Beethoven resulta tan revolucionario? ¿Qué supone para la música?
Igual que en otras artes, en la música surgen de repente autores que encuentran soluciones inesperadas con las que anticipan lo que será común décadas o siglos después. Es el caso de Beethoven. Sus composiciones son fruto de una época, pero al mismo tiempo se vuelven atemporales por su profundidad y por ciertos hallazgos geniales que, por naturales que nos parezcan, no fueron obvios en su día. Por otra parte, Beethoven es uno de los poquísimos compositores que ya fueron mito en vida, y quizá el único que ha seguido siéndolo de manera ininterrumpida hasta hoy como arquetipo del genio universal. Para comprobarlo basta acudir a los relatos de Hoffmann, la pintura de Klimt o el cine de Kubrick.

El trío para piano, violín y violonchelo ya estaba bien definido por Haydn y Mozart. ¿Qué aportó Beethoven?
Equilibrio. Los últimos tríos de Haydn son posteriores a los de Mozart; se publican en 1797 y coexisten, por tanto, con los primeros de Beethoven. Sin embargo, son más breves, formalmente más sencillos (a pesar de su indudable complejidad) y mucho más conservadores: a menudo las partes de violín y violonchelo son un calco de la de piano. Beethoven es el primer autor que organiza sus tríos en cuatro movimientos, como si fueran sinfonías, y el primero que dota de plena autonomía a cada uno de los tres instrumentos. Entre sus siete tríos hay tres, al menos, que figuran entre los imprescindibles.

Relacionáis a Beethoven con la modernidad, algo que no debería sorprendernos ya que, aunque disfrutó del aplauso en su momento, algunas de sus obras se toparon con la incomprensión del público.
Esta cuestión da para un ensayo. La música de Beethoven es moderna en la medida en que escapa a las normas y a las inercias de su tiempo, pero también es clásica en tanto que válida para los oyentes de cualquier época; quizá sea esta la cualidad que falta hoy a muchos autores pretendidamente modernos. La idea de nuestro ciclo es mostrar cómo sus tríos han impulsado maneras de escribir y de entender el lenguaje musical útiles para otros autores más recientes, y cómo estos, cada uno con su idioma particular, han sido capaces también de formular propuestas modernas.

Abordáis el Beethoven de madurez y lo hacéis dialogar con la música del siglo XX, en el período de entreguerras. En el primer concierto de esta serie lo emparejasteis con Shostakóvich, un compositor que sufrió la censura de Stalin, y cuya música está llena de ironía y amargura, en las antípodas del equilibrio mozartiano. ¿Está en Beethoven el germen de todo esto?
Seguramente sí; las sinfonías de Shostakóvich, por ejemplo, guardan muchos paralelismos intencionados con las de Beethoven. Vamos a ponernos técnicos por un momento: también su Trío Op. 8, pese a ser una obra de adolescencia ajena todavía al terror del estalinismo, es beethoveniano por los principios compositivos que lo rigen (sobre todo, el desarrollo exhaustivo de células mínimas), por la polarización de la armonía en torno a las tonalidades de do mayor y menor (como en la 5ª Sinfonía de Beethoven) y por la idea de lucha que conduce al triunfo, genuinamente alemana y romántica.

El 10 de noviembre interpretaréis el Trío “Archiduque”, una obra de una serenidad apolínea. ¿Por qué representa esta obra la plenitud de Beethoven en el género?
Es su último trío. Una composición de 1811, cuando en su obra han quedado atrás ya la herencia mozartiana y las tempestades del Romanticismo pleno, para dar paso a una escritura casi neoclásica, pulcra, incontestable, filosófica. Algo así como el Partenón de los tríos con piano. La última obra de este género que aspira a ser equilibrada. Después del Archiduque, el género tardará 30 años en volver a encontrar su camino con los tríos de Mendelssohn y Schumann, que ya siguen un rumbo distinto.

Seguidamente tocaréis el Trío de Ravel, una obra compuesta un siglo después, en 1914, a las puertas de la Primera Guerra Mundial. ¿Por qué esta asociación?
Con este proyecto tratamos de contraponer, no en el sentido de enfrentar sino en el de dialogar, diferentes formas de modernidad. Por un lado Beethoven – como hilo conductor-, que representa al héroe, al artífice de esa revolución con la que pretende rescatar a la música de los dominios del siglo XVIII, de la Ilustración, para abrirle las puertas a lo desconocido, a la libertad, al Romanticismo. Por otra parte el siglo XX, con todo ese proceso de cambios sufridos en Europa alrededor de las dos grandes guerras. En ese sentido el Archiduque de Beethoven y el Trío de Ravel están íntimamente unidos. Beethoven comienza a escribir su Trío op. 97 apenas unos meses más tarde de que Napoleón haya invadido Viena. Ravel, por su parte, tiene ya esbozado el suyo cuando estalla la Primera Guerra Mundial a finales de julio de 1914. Y de hecho se ve obligado a intensificar su ritmo de trabajo para poder marcharse al frente voluntariamente como conductor de camiones. Dos momentos cruciales de la historia, de cambios profundos, irreversibles, separados por cien años.
El Archiduque de Beethoven es el primer gran logro en lo que a la escritura para trío se refiere, la primera gran cumbre del género. Ravel no es un transgresor en el sentido beethoveniano, su música pertenece a un mundo lejano, onírico (no hay más que escuchar el zorzico encantado con el que se abre y cierra el primer movimiento). Mientras la de Beethoven es arquitectura, drama, acción.

¿Es importante acercarse a la música de cámara? ¿Se la ningunea en ocasiones?
La música de cámara es música en esencia. Es lo primero que surge cuando dos, tres o más voces o instrumentos se unen en los albores de nuestra civilización para conjuntar sus sonidos. Mucho más cerca de nosotros, a partir del siglo XVIII, se conforma lo que hoy conocemos como música de cámara. Fruto de este proceso se surge un repertorio muy amplio coronado por dos formaciones que prácticamente representan -cada una de ellas- un género en sí mismas: el cuarteto de cuerdas y el trío con piano. Para ellos se ha escrito una música que supone uno de los tesoros más deslumbrantes de nuestra civilización occidental. Es música condensada. Es algo así como los mitos griegos, nunca dejan de estar presentes, siempre en vigor: la literatura no es más que un constante proceso de reinterpretación de estos mitos milenarios.

La música de cámara es un encuentro con uno mismo, más allá de los decibelios sinfónicos, más allá de la parafernalia operística. Es un ejercicio de sinceridad a través del cual se accede a un paraíso perdido, repleto de seres fantásticos, de historias contadas en la intimidad, junto a un grupo de amigos. Eso es la música de cámara, música en un contexto íntimo, por y para amigos. Esta es quizás la razón de que no esté tan presente como sería deseable. Estamos en una época acostumbrada a poner el foco sobre lo obvio, más dada a lo multitudinario, a la pose. Pero la gente cuando la descubre se entusiasma. Cuando hay una buena campaña de comunicación el público acude y disfruta de esta música tan directa. Es sorprendente ver al público emocionado, vibrante, después de escuchar un trío de Beethoven o de Shostakóvich, y cómo te lo cuentan al terminar el concierto. En los últimos conciertos que se han celebrado en el Almudín se han agotado las entradas, el público se ha tenido que quedar a la puerta porque el aforo ya no daba más de sí. Así que al público le recomendamos que compren ya la entrada para nuestro concierto a través de la web del Palau para que no les ocurra esto.

¿Tiene cabida la música clásica en un mundo tan dominado por la urgencia como el de hoy? ¿Cómo se podría cultivar la afición?
Yo no lo llamaría exactamente afición. Un melómano es aquel que siente entusiasmo y pasión por la música. Es cuestión de qué esperas de la música. Hasta dónde quieres llegar. ¿Estamos dispuestos a apasionarnos por algo que nos sobrepasa de tal manera? Es más fácil leer a Dan Brown que a Borges, o incluso que a Cortázar. Cada uno elige sus inquietudes, sus pasiones. Pero estas nos definen como personas. ¿Para qué sirve la cultura en esta sociedad del postureo? Hoy todo tiene que molar, transmitir buena onda, pero sobre todo tiene que oler a nuevo. Ya hemos hablado antes del concepto de moderno. No hay nadie más moderno que Beethoven.

¿Qué otros proyectos tenéis entre manos?
Para este 2020 no hemos fijado como objetivo terminar la integral de Beethoven, meternos con el Trío nº 2 de Shostakóvich y grabar un registro discográfico que va a reflejar parte de este último proyecto Beethoven y la modernidad. Estos son nuestros proyectos más inmediatos a corto plazo.

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