Advertir los síntomas es fácil. Se repiten año tras año. Lo complicado es trazar un dictamen para diagnosticar con certeza los males. Y no digamos ya redactar una receta. Ahí naufragamos todos, sin excepción.
Podemos reincidir en los estragos que provocan la ausencia de gregarismo, los eternos déficits estructurales, la carencia de sellos y agencias de management, la presencia testimonial de la producción valenciana en nuestros festivales, la poca amplitud de miras – y la autocomplacencia que a veces conlleva- de muchos músicos e incluso la sempiterna falta de un sonido identificador que oficie como etiqueta vendible de cara al exterior (el pop mediterráneo de finales de los 70, el estereotipo tecno pop de los 80 o el efímero sonido Valencia de principios de los 90 deben sonar a reliquias de un pasado muy remoto).
Pero cunde de nuevo la sensación de que ni una cumbre de perspicaces sociólogos sería capaz de desentrañar las causas que conducen a que la producción pop rock valenciana tenga un eco tan insignificante en los últimos lustros fuera de su ámbito, excepción hecha de bandas como La Habitación Roja (quienes han vuelto, por cierto, a editar este año un álbum notable, que vuelve a brillar por su ausencia en la mayoría de recuentos locales, aupado en una fórmula tan reconocible y afianzada como algo reservona): el único grupo en condiciones de emular el rol exportable que aquella vieja triada (Seguridad Social, Presuntos Implicados, Revólver) encarnó hace más de dos décadas. Si echamos un vistazo a los estilos, no falta prácticamente de nada en nuestro ecosistema musical: pop, folk rock, canción de autor, post punk, synth pop, electrónica, soul pop, power pop, hip hop, garage rock, jazz funk, americana… de todas esas hierbas se compone la cosecha de 2016, no exenta de calidad. Así que son muchas las cosas que han de fallar para que incluso ciudades como Sevilla o Murcia estén proyectando al exterior la ebullición de sus respectivas escenas (ya ni siquiera hace falta ponerse al lado de capitales mayores o con más tradición), mientras aquí seguimos a verlas venir.
Algunos de esos factores son apuntados en citas anuales como el Trovam!, cuya última edición supuso un edificante muestrario de carencias a resolver. Y tampoco es extraño que sea un certamen ligado mayoritariamente a la producción en valenciano (generalmente más cohesionada merced al potente cariz asociacionista de su sustrato social) el primero en ponerse las pilas en la tarea de catalizar empeños. Afortunadamente, el talento no entiende de adscripciones idiomáticas por cuestiones meramente identitarias (porque la brecha entre quienes emplean el valenciano y el resto sigue abierta, síntoma de que la normalización aún está lejos, y en más de un sentido), y la mejor prueba de ello es que una banda como Gener, que se expresa en valenciano con la naturalidad de quien lo emplea como lengua madre y con vocación universal, sin necesidad de sacar músculo reivindicativo como peaje, se haya convertido por méritos propios en la gran sensación de la temporada. Lo cierto es que no es para menos. Por inspiración melódica, crecimiento, producción, concepto, integración de nutrientes y equilibrio entre tradición y modernidad, Oh, Germanes! ha hecho méritos sobrados para instalarse en lo alto de una imaginaria -y discutible, como todas- jerarquía que ponga orden en la producción valenciana del año 2016. Seguido muy de cerca por el espléndido e imaginativo cuarto álbum de Tórtel, el versátil tercer largo de los alcoyanos Arthur Caravan o el delicado debut en clave de folk pop y soft rock de Josep Pérez al frente de su proyecto Ona Nua.
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Conviene seguir enumerando más trabajos de gran peso específico, de esos que podrían formar parte de cualquier amplio listado estatal de favoritos: los del siempre incisivo y melódicamente certero Luis Prado (con un disco de versiones y otro de material propio, que se alinea a la altura de cualquier entrega de Sr. Mostaza), la espléndida relectura de las enseñanzas shoegaze e indie pop de Lost Tapes, el álbum más enérgico hasta la fecha de Pau Alabajos, la versión también más vigorosa y atinada de unos Modelo de Respuesta Polar en continuo crecimiento o el creciente magnetismo de ese incansable verso suelto que es El Ser Humano. Sin olvidarnos del rugiente canto del cisne – en clave post hardcore – de Comadreja Mambo (grabado hace años, vio la luz hace unos meses), la vuelta del siempre bullicioso hard mariachi de La Pulquería, el cóctel de rock and roll, swing, psychobilly y surf rock de Aullido Atómico, el punk rock de los alicantinos Futuro Terror, la desigual reconversión electrónica de Soledad Vélez, la solvente reválida post punk de Antiguo Régimen, el pop electrónico de Kostrok o el inclasificable -pero sugestivo- proyecto acústico de un Jose Guerrero que, con sus tres bandas en inaudito barbecho (Betunizer, Cuello, Jupiter Lion), ha despuntado blandiendo la marca acústica Segunda Persona. Mención aparte, cómo no, para el infatigable Caballero Reynaldo en su incesante labor de deconstrucción, desde su base de operaciones en Utiel, de clásicos del pop, este año a costa de The Beatles (vía Ringo Starr), Blur, The Clash o Ennio Morricone, entre otros.
Si hay dos estilos pródigos últimamente en practicantes dentro de nuestra escena, pese a la lejanía geográfica de sus referentes, son los de raíz norteamericana y los que remiten a la tradición germana del kraut rock, el kosmiche y la electrónica en su vertiente más planeadora. Entre los primeros han despuntado Badlands (con un acercamiento más ortodoxo y cercano al bluegrass o el country) y el prometedor debut de Meridian Response (desde una perspectiva que traza más nexos con el pop). Entre los segundos, los sugestivos discos de Güiro Meets Russia o Julio Tornero. Y ya que hablamos de debuts, sería injusto no destacar los de Pastore, Samuel Reina, Atlàntic o los castellonenses Ruth Baker Band en sus respectivas coordenadas, álbumes todos ellos que dejan entrever el potencial de carreras aún en incipiente desarrollo.
Ampliando el foco a territorio jazz, es de nuevo obligado resaltar a quienes mejor -y con más proyección internacional- lo fusionan con otros influjos desde la escena local, los deliciosos Naima. Así como al nuevo proyecto del veterano Ramón Cardo, que ha unido fuerzas con The NyoraBoppers en un muy estimulante cruce con el hard bop. En una órbita cercana, conjugando tramas sonoras del jazz con el reggae o el funk, Ales Cesarini 5et con Payoh Soul Rebel se han marcado un muy estimulante álbum. Y en el ámbito del hip hop, un género que nunca gozó de un gran predicamento por aquí pero va multiplicando sus representantes, mencionar las brillantes producciones en formato largo de Valencia Estancia, Atupa y Le Fay. Por último, concluyendo este repaso a parte de lo más granado que se ha editado durante los últimos doce meses en la Comunidad Valenciana, tampoco está de más resaltar las entregas cortas (en formato EP, single o minielepé) que han ido facturando Cisco Fran, Llum, Luis Carrillo, Mireia Vilar, SALf UMAN, Rainwood, vineWaltz, deBigote, Gatomidi, San Francisco, Uke o La Hora del Té.
Echando un vistazo al futuro más inmediato, Polock (quienes acaban de fichar por Sony), Maronda, Lanuca, Johnny B. Zero, Ramírez Exposure (con la ayuda del legendario guitarrista Richard Lloyd) o los veteranos Doctor Divago están destinados a editar, si hay que dar crédito a un trayecto previo que genera pocas dudas, algunas de las entregas más destacadas del 2017 en medio de un panorama endémicamente aquejado por las carencias que ya conocemos. El listón cualitativo está ahí, pero cuesta desprenderse de la incómoda sensación del material tediosamente destinado al consumo interno (salvo excepciones tan puntuales que podríamos enumerar con los dedos de una mano), como una foto fija que se repite año tras año desde hace demasiado tiempo. Sí, algo parecido al fastidioso clamor en medio del desierto.












