València, 2019: Transición o receso, el tiempo lo dirá

por | 30 diciembre 2019 | València

Bien sea porque los grandes veteranos de la escena valenciana no han facturado este año (caso de La Habitación Roja, Doctor Divago o Señor Mostaza, porque lo de Luis Prado fue solo un single, y lo de Òscar Briz un EP) o bien sea porque algunos de los que se han consolidado durante la década que se nos va y, de paso la definieron muy bien, tampoco han editado nuevos álbumes (entrarían ahí Gener, Tórtel, Maronda, Senior i el Cor Brutal o Zoo, entre otros, porque lo de Júlia con Clara Andrés fue una interesante confluencia de discursos previamente elaborados), el 2019 ha dado la apariencia de año de mudanza. De tiempo suspendido en intrigante stand by y con pocas aportaciones – aunque eso ya es como el día de la marmota, para qué engañarnos, solo que esta vez aún más – a los recuentos que los medios especializados estatales elaboran a final de año entre aquello que consideran lo más recomendable.

VALENCIA-2019 Goa, Albany, Mueveloreina y Los Chikos del Maíz.

 

Este clima transicional se ve acrecentado por el hecho de que este ha sido, precisamente, el año en el que los géneros urbanos, tan sujetos a la consideración de nuevo paradigma en detrimento del pop y el rock de guitarras, han dado por fin aquí el estirón que de ellos se esperaba, y han confirmado un salto cualitativo más que visible, aunque para evaluarlo tengamos que recurrir a una unidad de medida tan depreciada por ellos mismos y por gran parte del público – pero aún tan necesaria – como es el formato álbum: Goa (por partida doble), Albany y Mueveloreina convencieron con sus primeros trabajos largos, demostrando que el trap puede dar mucho de sí en las distancias largas cuando se condimenta con ecos de punk, reggaetón o r’n’b, en mayor o menor proporción, según los casos. Parece que si hay un relevo generacional de cierto empaque puede venir por ahí, en paralelo a la madurez de los puntales de la escena hip hop – Los Chikos del Maíz, Charly Efe, Tesa, el pujante Erick Hervé – y francotiradores de la fusión de diferentes músicas de raíz negra como Bearoid o Ales Cesarini y Payoh Soul Rebel.

Cada vez son más los músicos, por cierto, que deciden dosificar la difusión de su música en pequeñas píldoras para que esta no se pierda en la atropellada sucesión de estímulos que nos depara este frenético presente de redes sociales e impactos que quedan obsoletos en menos que canta un gallo: quizá por eso haya que esperar al 2020, en muchos casos, para comprobar si todo lo bueno que han apuntado durante los últimos meses Johnny B. Zero, Llum, Cachorro, Mausoleo, Calivvla o Capricornio Uno en sus singles y epés tiene continuidad ampliada en los próximos meses.

Por lo demás, rastrear rasgos comunes en la producción valenciana del año es como tratar de hermanar caracteres dispares que solo tienen en común su procedencia geográfica, el compartir las mismas salas, los mismos estudios, a veces los mismos garitos y la misma problemática, pero rara vez los mismos presupuestos estéticos, ni siquiera lingüísticos. Tal es la (saludable) diversidad de la escena. O de las escenas, en caso de haberlas. Que haylas, aunque carezcan de los cimientos para llamarlas así.

Uno de los pocos sonidos que nos han sido tradicionalmente asociados, el post punk medianamente oscuro, ha tenido en el disco de Tercer Sol a su mejor emisario. La indagación paisajística de corte electrónico, también desde un punto de partida que bebe de esa herencia post punk, ha brindado discos como los de Mecánica Clásica o Technofossil. La batidora rítmica de aliento post hardcore de los ya extintos Betunizer, otra banda emblema de la última década, ha tenido un relevo excepcional (ahí siguen Jose Guerrero y Marcos Junquera) en Chavalan. Los sonidos de raíz norteamericana han vuelto a ser estupendamente plasmados por Badlands. El folk con sustrato autóctono se vio enriquecido con los nuevos discos de Miquel Gil, Gent del Desert, El Diluvi, Feliu Ventura, Verdcel y, con especial audacia por su esmaltado electrónico en uno de los mejores discos del año, los castellonenses Pleasant Dreams. Y, cómo no, por el estupendo dueto que siguen formando Mireia Vives y Borja Penalba. El pop diáfano, radiante y luminoso, con alto poder de contagio, ha gozado de discos tan consistentes como los de Star Trip, Ex Fan y Bob Lazy, con mayor o menor cableado eléctrico o con mayor o menor lucidez en sus estribillos, pero siempre girando en torno a ese equilibrio. Y el rock vigoroso de ascendencia noventera y alto voltaje emocional, que tanto predicamento ha tenido en los últimos años en las comarcas centrales del País Valenciano, ha deparado dos sólidos trabajos a nombre de Smoking Souls y L’Home Brut.

Hay toda una saga de cantautores rock que con la sola ayuda de su guitarra – en el mejor de los casos, también con banda – se las ha ido ingeniando para, con mayor o menor reverencia por los clásicos, con mayor o menor ortodoxia o apego al ejercicio de estilo, ir destilando en Valencia una intermitente discografía que suele partir de los totems del folk rock norteamericano para, a veces, atisbar otros puertos. En esa senda, que otros años pisaron Manolo Tarancón o Pastore, ha descollado este año el más que solvente álbum de Mendizábal, seguido por otros talentos que nunca se fueron – como El Ser Humano, siempre desde parámetros muy propios –, que parece que vienen para quedarse – Samuel Reina o Luis Carrillo – o que regresan muy de cuando en cuando – Petit Mal –. ¿Revelaciones? Uno diría que, seguramente, la de Nomembers y sus seductoras neblinas, en algún lugar entre el dream pop y el shoegaze. Y entre los versos sueltos sin los cuales nuestra biomasa creativa sería mucho más pobre, es inevitable mencionar benditas anomalías como la de El Futuro Peatón o el inagotable Caballero Reynaldo, así como mujeres tan poco proclives a acotar su caudal expresivo como Ela Vin y Mireia Vilar, ambas con dos soberbios álbumes que refulgían en su propio eclecticismo.

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