València, 2020: el año del repliegue sin manual de instrucciones

por | 30 diciembre 2020 | Reportajes

Borrar 2020 de nuestra memoria, fulminar cualquier rastro de su presencia reciente en nuestros calendarios, es una opción. Tan respetable como cualquier otra. Motivos no faltan. Pero implicaría, llevada al extremo, desentenderse de un ejercicio particularmente fértil y gozoso en el ámbito discográfico. Si hacemos una lectura general de todo lo que se ha ido editando también en la Comunitat Valencia, quizá el balance no sea tan desbordante como en el ámbito foráneo: aunque solo fuera por una simple cuestión numérica, del centenar aproximado de referencias que solemos cribar cada fin de año – y que seguramente sería ampliable con otras que pasan ajenas a nuestro radar: mea culpa – hemos pasado a poco más de sesenta o setenta en estos últimos doce meses. Cuando la industria es tan raquítica que apenas puede llamarse así, priman las cosas del comer. Las necesidades básicas en detrimento del arte por amor al arte. Lógico. Pero eso no impide que haya una interpretación bien patente de cómo se ha reflejado el año del gran naufragio en nuestra música.

Además, como ocurre siempre, cantidad no ha de corresponderse necesariamente con calidad. El café para todos es pan para hoy y hambre para mañana, no es la primera vez que lo decimos. Y sean muchos o pocos los discos, hay algo que no cambia ni a la de tres: si cualquiera de ustedes comete la temeridad de repasar las listas de lo mejor del año en los medios especializados de ámbito estatal que ya han publicado sus balances, tras tan flagelante ejercicio – dediquen su tiempo a algo más productivo: es un consejo – comprobarán que seguimos sin rebasar el 5% habitual. O sea, que de alrededor de doscientos discos reseñados entre lo mejor de lo mejor, apenas once casillas tienen nombre valenciano. Y algunas de ellas repiten nombre (o sea, que no hablamos ni de once discos distintos) ¿Estamos también en esto infrarrepresentados? Que cada cual extraiga su conclusión.

El caso es que, en un año en el que todos nos hemos tenido que recluir a la fuerza, en mayor o menor medida, y resignarnos a tomar distancia de nuestros semejantes, da la sensación también de que, quizá por el encierro, quizá porque (ya que estamos así) es mejor ir de perdidos al río, han cundido los empeños individuales y, sobre todo, el pasarse – cada vez más – por el arco del Triunfo las expectativas, los corsés estilísticos y las catalogaciones genéricas que al final solo ejercen de camisa de fuerza. Sí, el público suele ser conservador. Pero, ¿y cuándo no hay mucho que conservar? No ahondaremos una vez más en la extrema heterogeneidad local, bendición y maldición a la vez: en ella vamos profundizando, y al final es el consumidor inquieto quien se beneficia, aunque las cuentas corrientes de la mayoría de músicos apenas lo noten.

Silentes (en formato álbum, claro) algunos de los buques insignia del pop valenciano, ha sido este el año en el que Òscar Briz, Alberto Montero, Nacho Casado o el tándem que forman Laura Esparza i Carlos Esteban (la gran revelación: nuestros Maria Arnal i Marcel Bagés, disculpen la simplificación) firmaron discos sobresalientes. Y como los músicos se han tenido que poner más en plan Juan Palomo que nunca, primando lo doméstico porque lo grupal se les ponía crudo, tampoco extraña que algunas travesías solitarias hayan destacado por lo mucho que se distanciaban de sus bandas o marcas habituales: Pablo Sánchez con Ciudad Jara y, a una escala menor – por eco, claro – Gonzalo Fuster como Almacenero Marx, Rubén Isidro como Sanisidro, Pat Escoin como PatitaBorja Mompó (Modelo de Respuesta Polar) o Lourdes Trujillo, ya sin Arcana Has Soul, todos haciendo lo que les da la real gana. Como siempre, vaya, pero en mejor aún: más singulares. Aunque algunos de ellos solo hayan avanzado algunas canciones.

nacho-casado-beat-valencia Nacho Casado.

Más músicos que han abierto su radio de acción, han ampliado su abanico de intereses, y lo han hecho acertando de pleno: Futuro Terror, encabezando un pelotón post punk muy bien representado por Mausoleo, Margarita Quebrada y Finale; los Cándida, que siguen sonando más irremediablemente mestizos si cabe; Atlàntic, dando el estirón y firmando uno de los mejores discos españoles de power pop del ejercicio; Llum, desvelando también su mejor y más valiente trabajo de pop elegantemente ornamentado, transitando de los sesenta a los dos mil; Johnny B. Zero expandiendo sus brochazos blues rock preñados de psicodelia y apuntes electrónicos en más direcciones que nunca; Wild Ripple haciendo lo propio – en lides similares, con más sustrato progresivo – en su trabajo más sólido; Aullido Atómico añadiendo a su fórmula pinceladas de jazz, de rythmn and blues y de rock fronterizo para ganar en versatilidad; los ya casi veteranos – quién lo iba a decir – Polock pasándose al castellano para desechar manierismos pasados y sonar más directos que nunca; Néstor Mir (este sí: veterano de todas todas) despachando una de sus mejores versiones acercándose al pop ensoñador de The War On Drugs y al ralentí de Kurt Vile; los Perdido merodeando unas tonalidades jazz, bossa nova y swing que le han sentado muy bien a su tradicional receta folk rock; unos Hermano Fuego que han despuntado con un hirviente tratado de soul punk de lo más versátil y, sobre todo, el debut de Los Manises (venga, la otra gran revelación del año, hay que reconocerlo), una deslumbrante batidora alimentada con ritmos tropicales, africanos, psicodélicos y del más allá. Adjudicar jerarquías entre ellos no es fácil, aunque los adjetivos están ahí para algo.

También hay, claro, quienes se limitan a hacer lo que mejor saben sin desviarse demasiado del guion, y con eso les basta para reforzar carreras ya de por sí sólidas. Es lo que, en el terreno de la americana, ha hecho Cisco Fran y La Gran Esperanza Blanca, con más de tres décadas en el tajo. O lo que, en el ámbito de la canción de autor en sus diversas versiones, han firmado Andreu Valor, Abraham Rivas, Pau Alabajos o Jonatan Penalba. O lo que, aún con menos recorrido pero unas hechuras incuestionablemente solventes, han hecho Capricornio Uno, Al Pagoda, Parapenthe o Wallace en esa bendita tierra de nadie donde se cruzan el pop levitante, la electrónica planeadora, el sueño hipnagógico y las bandas sonoras imaginarias. O lo que Los Radiadores llevan tiempo haciendo con su punk rock de rompe y rasga. O lo que Jazzwoman y Kidd Keo ha facturado despuntando entre lo mejor de la música urbana estatal. O lo que los debutantes Pete Lala han llevado a cabo en terreno jazz pop. O lo que Nereu i les Bèsties Marines (¿se me permite anotarles como tercera revelación de 2020?) han logrado con su primoroso disco de folk onírico y muy mediterráneo. O lo que sus paisanos Montefuji van robusteciendo en su forma de exudar un rock ensortijado de alto voltaje emo. O lo que Maronda han logrado con un disco de caras B y rarezas que es tan bueno o mejor que decenas de trabajos, digamos, convencionales de otros músicos (atentos a su 2021). O lo que Caballero Reynaldo ha conseguido limitándose a ser Caballero Reynaldo, por mucho que a base de sacar tantos discos – este es el que hace 45 en 25 años – a veces se nos pueda olvidar.

Si entre estas casi cuarenta referencias no encuentran algo que les motive, les estimule, les cosquillee la curiosidad o incluso les pueda emocionar, el problema seguramente no sea de quienes las publican.

ciudad-jara-02 Ciudad Jara.

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