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Valencia Beach Festival, sembrando la semilla de futuro

por | 14 junio 2016 | Reportajes

El Valencia Beach Festival nace con la anhelada intención de asentar un buen festival de indie rock en la Marina Real, con un cartel aún lastrado por cierta indefinición.

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Las cosas a veces tardan en caer por su propio peso, pero acaban haciéndolo. La Marina Real es un espacio urbano infrautilizado, víctima no solo de la fugacidad del evento para el que fue concebido (la Copa del América), sino de una gestión compartida entre tres administraciones (local, autonómica y estatal) que no siempre han mostrado sintonía. El Fórum de las Culturas en Barcelona o la zona de la Expo en Sevilla también fueron ideados, por ejemplo, para fastos coyunturales, pero una vez pasado el sarampión de esos eventos que nacen con la excusa (oficial, luego está la no oficial) de resituar algunas capitales en el mapa, han gozado de un aprovechamiento lúdico y cultural que ha dado cierto sentido a amplios terrenos de hormigón que eran vistos -y con razón- como focos de especulación urbanística. Ambos -aunque mucho más el primero, desde luego- han gozado de la celebración de festivales de pop rock que justificaban cierta afluencia de público. El caso del vasto espacio junto al Puerto de Valencia era especialmente sangrante, porque desde 2007 apenas ha sido utilizado para algunos macroconciertos muy puntuales, como los de Shakira, Alejandro Sanz o Iron Maiden. Pero faltaba una cita estable en el calendario, y no precisamente por falta de promotores que hayan tratado de mover sus hilos con las administraciones de turno en reuniones que se revelaron infructuosas.

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El Valencia Beach Festival no es el macrofestival al que muchos apuntaban desde hace unas cuantas temporadas, pero sí subsana en parte ese flagrante abandono con el que era visto el complejo urbano desde el ámbito de la cultura, ya que tan solo unos cuantos locales de restauración -sin contenido alguno, más allá del ocio- daban algo de vidilla a una zona con inmejorables condiciones para albergar eventos musicales o culturales, en un sentido más amplio. Se celebra del 24 al 26 de junio en el recinto Veles e Vents, y espera reunir a unas 1.500 personas diarias en torno a un cartel que huele a indefinición en su parte alta, a programación resuelta a base de retazos con lo que el mercado podía ya ofertar, pero que supone toda una piedra de toque para la consolidación de un buen festival de música pop en la ciudad, más allá de citas algo más modestas como el Deleste o de esa franquicia del Arenal Sound que es -en esencia- el Festival de Les Arts. Por solo limitarnos a los de mayor aforo, ya que hay cerca de una decena de citas que también contribuyen en los últimos tiempos a dinamizar la actividad musical valenciana. Es cierto que las salas pequeñas muchas veces languidecen, pero eso ya entraría más en el terreno de los cambiantes intereses -respecto a hace un par décadas, por ejemplo- del público más joven que en el del supuesto -y aún por probar- perjuicio que las grandes citas les reportan. El panorama, en conjunto, es más halagüeño que hace un lustro, desde luego.

Decíamos lo de la indefinición (no confundir con eclecticismo) porque es muy poco lo que tienen en común el punk pop de los veteranos Buzzcocks con el jazz funk de sus compatriotas James Taylor Quartet. Los primeros cumplen 40 años de carrera en un todavía vivificante momento de forma sobre el escenario. Algunos de sus conciertos en Valencia (Roxy, en 2000 y 2006) se recuerdan como solventes demostraciones de su poderío, aunque otras visitas a nuestro país, marcadas por algún exceso etílico, se hayan saldado de forma más tambaleante (en todos los sentidos). En cualquier caso, son historia viva del mejor rock británico, sin prefijos ni sufijos. También lo son, en cierto modo y desde un ángulo más esteticista, James Taylor Quartet, por su rol pivotal en la consolidación del sonido acid jazz (junto a Incognito o Brand New Heavies) a finales de los años 80. Tampoco han dejado de editar nuevos trabajos desde entonces, aunque sin grandes desvíos sobre el patrón original, y su presencia siempre es garantía de elegancia.

Ambos concretan la aportación internacional, junto al soul vitaminado de los norteamericanos JC Brooks & The Uptown Sound o al folk acrisolado en vapores psicodélicos de su paisano Marc Jonson (acompañado por los valencianos Marcos Junquera, Xavi Muñoz y Víctor Ramírez), pero el grueso del festival lo componen bandas afiliadas al indie español menos acomodaticio y previsible. Es el caso de Chucho, Crudo Pimento, Guadalupe Plata, Betunizer o Nueva Vulcano, quienes encontrarán un contrapunto algo más luminoso en las canciones de Red Buffalo, Modelo de Respuesta Polar o Álex Díez, quien celebra sus treinta años sobre los escenarios con las canciones de Los Flechazos y Cooper, los dos proyectos que han copado su trayectoria. Tres días que se deberían saldarse como un primer gran paso para el asentamiento, por fin, de un festival junto al puerto.

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