Venid a ver la violencia inherente al sistema

por | 19 febrero 2021 | Opinión

Concentración por la libertad de Pablo Hásel en San Agustín, ayer en València.

Tras la creación y el afianzamiento de las naciones liberales decimonónicas, la construcción de la democracia de masas se nutrió, en buena parte, desde abajo, por las protestas y la acción colectiva. Desde el obrerismo al feminismo, pasando por el movimiento por los derechos civiles, hasta el ecologismo y el sufragismo. Y parte significativa de estas protestas se ejercieron con diferentes grados de violencia entre los manifestantes y las fuerzas del orden. Ayer en València, la agresión la ejerció mayoritariamente la policía.

Los mandos policiales decidieron que València no iba a ser Barcelona, y actuaron en consecuencia. El problema es que la violencia desproporcionada, o reparto por anticipación, ante civiles que se manifiestan sin alterar el orden público, no puede ser el modus operandi de las fuerzas de seguridad en una democracia europea, y que el movimiento antisistema de Valencia no es el de Barcelona. Allí llevan años de escalada en la guerrilla urbana bien planificada, aquí se defienden alquerías y huertas.

Entre quienes acudieron a la concentración en favor de la liberación de Pablo Hasél en València había ciudadanos que no creen en el sistema, que dicen vivir en un Estado fascista y que están de acuerdo con las repugnantes letras del rapero. También había ciudadanos que quieren mejorar la calidad del Estado, acabando con una anomalía democrática del Código Penal que ha llevado a alguien a la cárcel, independientemente de que ese alguien sea un dogmático de manual, un letrista mediocre o un elemento filoterrorista, eso es accesorio, solo importa que no debería estar privado de libertad. Ni uno solo de todos estos manifestantes merecía ser golpeado brutalmente, ni ser emboscado por el dispositivo policial, ni ser perseguido y detenido tras la disolución de la concentración.

Así pues, el problema actual parece encontrarse en la otra parte del cuadro. En la España de 2021 un sector de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado ha sido imbuido por el espíritu de aquella Guardia Civil de 1931, que la II República debió reestructurar y no hizo, con el consiguiente coste institucional a lo largo de la andadura republicana, que desembocó en el caos social de la Primavera del 36. Las instrucciones militares de servicio de 1844 no fueron válidas entre 1931-1932: la represión y los excesos en Pasajes, Barcelona, Arnedo o Fígols, fueron contraproducentes al reforzar al anarquismo, haciendo que el equilibrio del poder en la CNT se inclinase hacia los más radicales, como recoge el hispanista británico Nigel Townson en “The Crisis of Democracy in Spain. Centrist Politics under the Second Republic (Sussex Academy, 2000).

Aunque el contexto vigente es, por ahora, incomparable al convulso periodo europeo de entreguerras (1919-1939), sí podemos encontrar un equivalente destacado en 2017. La represión policial del 1 de octubre en Catalunya finiquitó cualquier posibilidad de atraer a un proyecto común a millones de catalanes, probablemente para siempre.

Los recientes acontecimientos en Linares, con fuego real por parte de la Policía Nacional, o la pérdida de un ojo de una chica de 19 años, en Barcelona, por el fuego de gomaespuma de los Mossos d’Esquadra, o la desproporcionada brutalidad de València indican que las Fuerzas de Seguridad del Estado necesitan una revisión por parte del Ministerio de Interior y la Generalitat de Catalunya, para expulsar a sus elementos más reaccionarios, y no propiciar una retroalimentación de la violencia que, en el actual marco de incertidumbre pandémica y crisis económica, podría seguir beneficiando electoralmente a las fuerzas políticas extremas.

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