Vicente Antequera, el viaje de invierno MIÉRCOLES 5 DE DICIEMBRE. CENTRE CULTURAL LA NAU

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Con “Winterreise”, un ciclo de 24 canciones sobre textos del poeta Wilhelm Müller, Franz Schubert (1797-1828) alcanzó una de las cumbres más sobrecogedoras del romanticismo alemán. Schubert, que fallecería con solo 31 años, asumió este reto estando ya muy enfermo. Si las composiciones del ciclo “La bella molinera” fueron un canto a la vitalidad y la exuberancia, en “Viaje de invierno” todo queda cubierto por la blancura implacable de la nieve. El protagonista, un extranjero entre los suyos, es un caminante que recuerda fácilmente a los personajes que deambulan por los paisajes helados de Friedrich; pero su peregrinaje desnortado oculta una soledad, un exilio interno, que parece hablar de nuestro tiempo. Conversamos con el barítono valenciano Vicente Antequera que, el 5 de diciembre en La Nau, junto al pianista Oscar Oliver, se adentrará en este viaje de despedida.

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Franz Schubert nació demasiado tarde para ser clásico y pronto para ser romántico, sin embargo fue un verdadero motor para muchos aspectos del romanticismo. El gran compositor al que Viena aplaudía en ese momento era Beethoven. Pero parece que estos dos compositores nunca llegaron a conocerse. Sorprende que alguien tan joven (Schubert murió con 31 años sin apenas salir del anonimato) pudiera alcanzar una voz propia poderosa, desligada de la de Beethoven, creando una música que tardó en ser comprendida.
Ya sabemos que es algo frecuente en la historia del arte en general; muchos artistas han sido demasiado modernos para su tiempo y el caso de Schubert puede ser uno de ellos. En ese momento en Viena convivían tres gustos: un Rossini de importación para el pueblo, Beethoven para la aristocracia y Schubert para la burguesía y los intelectuales. Cuando éste presentó un esbozo de las 12 primeras canciones de su “Winterreise” para unos amigos, no las entendieron, solo les gustó una, el famoso “Der Lindenbaum”, tal vez la más clásica en su forma de todo el ciclo; pero las críticas de la época en general le eran favorables y nadie negó jamás su indudable talento. Quizás su carácter sencillo, poco ostentoso, no le ayudó a redondear la segunda parte del trabajo, es decir, la publicación de las obras y los estrenos públicos, cosa que hacía muy bien Beethoven, todo un “businessman”, por el cual sentía Schubert, todo sea dicho, una gran admiración a pesar de que nunca tuvo el coraje de acercarse a él personalmente. Bueno sí, el día de su entierro.

Procedente de un entorno modesto, Schubert se rebeló contra su padre, que pretendía que siguiera sus pasos como maestro de escuela. Si Beethoven fue conocido por su carácter huraño, y se vio siempre arropado por grandes mecenas, Schubert fue todo lo contrario. Nos ha llegado la imagen de un artista afectuoso, rodeado de amigos que estuvieron dispuestos a ayudarle. ¿Qué fueron las famosas “Schubertiadas”?
¡Y tanto que le ayudaron! Uno de los primeros okupa de los que tenemos constancia; creo que nunca llegó a tener casa propia. Su precaria situación económica y su fragilidad emocional le obligaron a pasar gran parte de su vida en régimen de acogida. Para eso están los amigos, ¿no? Efectivamente Beethoven y Schubert fueron totalmente opuestos: uno amante de los grandes salones y el otro de las pequeñas tabernas y de los círculos de bohemios e intelectuales, de ahí las llamadas “Schubertiadas”, más o menos reuniones de artistas y amigos dedicadas a la música y a la lectura.

El genio de Schubert explotó de forma espectacular en el Lied (canciones alemanas con acompañamiento pianístico). Curiosamente el ámbito en el que menos destacó Beethoven, y que Schubert condujo a su máximo esplendor. ¿Qué supone Schubert para el Lied?
Las raíces del Lied se remontan a la época de los trovadores, y se conservaron gracias a la transmisión oral primero y a las recopilaciones de poetas como Goethe después. Diría que Schubert es el creador del Lied, o mejor dicho, con él alcanza la forma estándar que conocemos y que posteriormente irá evolucionando con Schumann, Brahms, Wolf, etc. Hasta la espectacularidad de Richard Strauss. Sus más de 600 Lieder (plural de Lied) acreditan a Schubert como el más importante compositor de Lied de todos los tiempos o al menos el más prolífico.

La canción “Margarita en la rueca” recoge uno de los pasajes más célebres del “Fausto” de Goethe. Un hito que Schubert compuso con solo 17 años. Para el último de sus ciclos de canciones, titulado póstumamente “El canto del cisne”, tomó poemas de Heinrich Heine, que se convertiría en el autor predilecto de los románticos. Y en “La bella molinera” y “Viaje de invierno” se sirvió de textos de Wilhelm Müller. ¿Se podría decir que Schubert fue un visionario a la hora de entender la poesía?
El romanticismo es el gran momento para poetas y escritores, para la literatura en general y ello tendrá una influencia determinante en las demás artes. No tanto para Beethoven del que hablábamos antes más preocupado en sus arquitectónicas sinfonías pero sí para Schubert con una personalidad más frágil y sensible que pronto quedó “literalmente” atrapado por la magia de los nuevos poemas. Esa fue su fuente natural junto a sus vivencias personales, nada lo inspiraba tanto, escribir canciones era para él una tarea insaciable. En la literatura encontró la horma de su zapato. No sé si se ha vuelto a repetir una conexión igual entre música y palabra.

4 años antes de morir, Schubert -del que, por cierto, se sabe muy poco acerca de su vida amorosa- contrajo la sífilis, enfermedad de la que nunca se recuperaría. Puede provocar el pasmo la calidad y cantidad de obras que compuso en este período. Y “Viaje de invierno” es uno de los ejemplos más sobrecogedores. Un ciclo de canciones que, extrañamente, se inicia con una despedida. ¿Qué nos vamos a encontrar en estas composiciones?
Eso, una despedida. La composición del viaje de invierno la inicia Schubert ya enfermo. Tras leer los 12 primeros poemas de Müller que fueron los publicados inicialmente quedó tan impactado que corrió a empezar a trabajar en ellos. Como un presagio, ésta composición que habla del frío y solitario viaje invernal que inicia un amante abandonado que huye, en realidad no es otro que el siniestro camino hacia la muerte, el viaje de la vida, cuyo fin encontraría Schubert un año después. Pasó largo tiempo recluido en estas composiciones que le produjeron una gran transformación personal. Como dijo su amigo, el poeta Johann Mayrhofer: “el invierno se había instalado en su alma, se había apoderado de él”. Puede parecer aterrador pero es un ciclo realmente increíble: 24 canciones que conforman un monumento en la historia de la música.

La canción final, tras el vía crucis espiritual que supone el ciclo, es quizás una de las imágenes más elocuentes de la desolación plasmada en música. El protagonista es tal vez un desclasado, como el propio Schubert.
Hay quien lo ve así, o como una especie de “alter ego” pero hay otras interpretaciones que ven en la aparición de ese organillero o tañedor de zanfona, como yo prefiero traducir “Der Leiermann”, una representación del propio Dios, o de la muerte… Oscar y yo, lo vemos claramente como la muerte. El caminante está abatido, es una representación de tipo medieval, la muerte con su guadaña, impasible e impenetrable, ajena al mundo, es paciente, solo le escucha, le espera. En contraste con todas las canciones anteriores no hay lirismo, ya no hay nada, mejor dicho ya es la nada, así lo dibujan los acordes vacíos de quinta que se repiten hasta el final cuando por fin en el último suspiro aparece un acorde perfecto menor en estado fundamental y nos deja ahora, sin descansar, ir en paz. No puedo evitar tener los pelos de punta cada vez que llega ese momento en los conciertos. Notas como la gente se queda helada.

Las canciones de Schubert son de gran complejidad, no están al alcance de cualquiera. Rompen con las características de las canciones de salón que abundaban en su momento. Abordar “Viaje de invierno” es una aventura complicada que ha puesto a prueba a grandes músicos. En La Nau te acompañará, como ya ha hecho en varias ocasiones, el pianista Oscar Oliver . ¿Qué os atrajo de esta obra? ¿No os producía un poco de vértigo?
Digamos que nos acompañaremos mutuamente, es así como debe hacerse, tiene que haber una gran empatía y claro que produce vértigo. Oscar y yo somos grandes amigos desde el conservatorio y contamos ya con un buen número de proyectos codo a codo. Nuestro primer ciclo de Lied fue el “Dichterliebe” de Schumann hará unos ocho años. El pasado año con motivo de nuestro cambio de década puesto que nacimos el mismo año, le sugerí que para celebrarlo podríamos meternos en un nuevo berenjenal, pero de los gordos y Oscar me retó echándome un guante llamado “Winterreise”. Intenté disuadirlo con otros ciclos menores de perfil más bajo pero mi querido “partenaire” es muy cabezón, perdón, quería decir tenaz, y no me quedó otra que recogerle el guante, de lo que no me arrepiento en absoluto. Con ello iremos a La Nau, justo al mismo sitio en el que hicimos hace diez años nuestro primer concierto juntos.

¿Cuáles son tus próximos proyectos?
Como fanático del tenis responderé a esta pregunta como siempre hace Rafa Nadal cuando le preguntan: “seguir mejorando”. Pero para no defraudar a los más curiosos adelanto que próximamente estaré en “Vinatea” de Matilde Salvador, ópera que se estrenó en el Liceu de Barcelona, “The Telephone” de Menotti, y también llegaré a mi función cuarenta de “Carmina Burana” además de diversos conciertos entre los que hay más “Winterreise”, por supuesto.

Abordas un repertorio sorprendentemente amplio, desde el barroco a la música contemporánea. En València, has cantado en el Palau de Les Arts siendo parte del prestigioso Cor de la Generalitat Valenciana y has participado en varias ediciones del ENSEMS. ¿Qué te parece el panorama de la música clásica actualmente en nuestra ciudad?
Estar en el Cor de la Generalitat Valenciana es lo mejor que me podía pasar. Allí he aprendido más música de la que hubiese aprendido en cualquier conservatorio. De aquí mando un beso a todos mis exprofesores que ahora me retirarán el saludo. Obviamente estoy bromeando. A veces presencias cosas a las que no se les puede poner precio, porque no lo tienen. Formar parte de algo tan complejo como el engranaje de una ópera es algo único. Por otra parte, en València tenemos dos pedazo de orquestas profesionales con excelentes músicos como no podía ser de otro modo en esta tierra, las cuales nos han preparado unas temporadas muy interesantes para todo tipo de público y muy acordes a los nuevos tiempos. Si se mira bien donde hay que mirar, en Valencia puedes asistir prácticamente todos los días de la semana a un concierto de música clásica, evidentemente de todos los niveles. Aunque sí que echo en falta un poco más de apoyo a la música de cámara por parte de las instituciones.

Recientemente actuaste en el Auditori de Torrent enfrentándote a composiciones de Piazzolla y Kurt Weill. Una mezcla atractiva que puede chocar, pero que resulta también extrañamente coherente: la música clásica se encuentra con el cabaret alemán y el tango argentino.
Mis compañeros en ese proyecto y yo lo encontramos de lo más coherente porque ambos compositores, con depurada formación clásica, consiguen encontrar el punto exacto intermedio entre lo popular y lo culto y es muy interesante para el público más joven o más reticente y es una de las cosas que más nos sedujo en su elaboración.

El 5 de diciembre actuaréis en La Nau en la sala Matilde Salvador. Recientemente has participado en homenajes a esta compositora valenciana, una figura que deberíamos tener más presente.
Claro, si fuera alemana la tendríamos hasta en la sopa. En este país en general somos especialistas en valorar poco lo nuestro y los valencianos ni te cuento. Matilde Salvador, de la que protagonizaré en breve una ópera como he comentado antes, fue una figura muy relevante para nuestra cultura, una gran compositora además de una excelente pintora y una valenciana ejemplar.

En “Unclassical” te atreves a mezclar la música clásica con el humor. ¿Qué dirías a la gente que no escucha esta música para que se animara a descubrir la clásica? ¿Qué medidas crees que se podrían tomar para que hubiera más afición y dejara de verse como un entorno elitista?
Pues justamente esa preocupación me la ha transmitido ya más de un gestor cultural. “Unclassical” es una propuesta cercana, juvenil y con melodías muy fáciles de entender, como la conocida “Mack the Knife”, se presenta como una oportunidad para acercar la música clásica a nuevos públicos más jóvenes. Es cierto que está habiendo un descenso general de asistencia a los conciertos en todo lo que no sea los principales auditorios de las grandes ciudades y eso preocupa. Los gustos y modas en el tipo de ocio son muy cambiantes y un buen programador debe encontrar la fórmula para que a la gente le siga interesando ir a escuchar conciertos de clásica. A un joven le daría a probar de primero un poquito de Piazzolla, de segundo un poquito de Kurt Weill y oye, a lo mejor de postre va y se pide un Schubert. Y si preferís empezar por el postre, nos vemos el 5 de diciembre en La Nau. Estáis invitados.