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Antes de bajar del escenario

por | 2 julio 2020 | Música

Bob Dylan acaba de sacar nuevo disco. El mito. La leyenda. El faro de una generación que ya cría nietos. Es un clásico en vida, un Nobel, un santo, ¡qué coño! Y si su nuevo disco fuera otra nueva obra maestra ya se cerraría un círculo bien redondito para hacernos entrar en éxtasis. Pero no.

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Admitámoslo, a estas alturas al bueno del señor Zimmerman le bastaría con recoger cualquier cosa por la calle, ponerle un lacito, y firmarla con su nombre para que una corte de sonrojantes aduladores la entronizaran, desde sus respectivas cátedras, a los altares de la historia de la música popular. Y es que, muy probablemente, lo más insoportable de este mito, que nunca pidió serlo, es su inevitable corte de hooligans acérrimos. Tal vez eso explique, en buena medida, el proverbial carácter huraño y esquivo del bueno de Bob: tratar de evitar a toda costa entrar en contacto con tan estomagantes fans.

Ojo, no estamos hablando precisamente de cualquier cosa. Difícil sería que al de Minnesota se le hubiera olvidado cómo jugar a un juego que prácticamente él inventó. Rough and rowdy ways es su primer disco con material original en ocho años, un álbum que se suena a languidez, a rhythm & blues, a crepúsculo, a confesiones a tumba abierta sobre unos tiempos que parecen haber enloquecido. Canciones en las que fija la vista en el pasado para tratar de explicar el presente. Loable intento, desde luego, pero de ahí a presentarlo como un faro para conservar la lucidez y servir de brújula mediante la que vislumbrar el norte de cara al futuro, hay un gran trecho que el disco no consigue recorrer. Y seguramente tampoco lo pretende.

Suena Dylan ya más al Tom Waits más melancólico que a los Rolling Stones más enérgicos, por citar a ilustres coetáneos. Alterna pasajes francamente disfrutables, como False Prophet (“soy el último de los mejores, podéis ir enterrando a los demás”) y Goodbye Jimmy Reed (“esa vieja religión es todo lo que necesito”), con canciones francamente insípidas como My Own Version of You (“voy a traer a alguien a la vida, eso es lo que quiero hacer, voy a crear mi propia versión de ti”), cuando no directamente tostones insufribles como Murder Most Foul con sus 17 soporíferos minutazos.

Así pues, en conjunto, ¿hablamos de un buen disco? Sí, sin duda. Irregular, pero disfrutable. ¿A la altura de entregas pasadas? Ni de lejos. ¿Está obligado Dylan a seguir entregando obras maestras? Ni de coña. Ya nos ha dado más que suficiente, y ya no está obligado más que a disfrutar el tiempo que le queda sea haciendo música o punto de cruz, si lo tuviera a bien.

Queda pues su última entrega como un agradable recordatorio de que sigue activo, en buena forma para haber recorrido un camino tan largo. Sin ganas de dejar de hacer canciones y con algo que decir antes de que se apaguen los focos y haya que bajar del escenario para siempre.

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