Cuando Adam Schlesinger y la edad de plata del powerpop pasaron por València

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El pasado 1 de abril Adam Schlesinger, fundador de Fountains of Wayne, falleció por coronavirus. Nos dejó uno de esos artesanos pop cuya obra siempre ha desprendido belleza melódica y luminosidad. El legado aportado por su banda principal, una de las más representativas de la edad de plata del power pop (esa que comenzó a mitad de los 90 y acabó a principios de los 2000), ya es suficiente motivo para colocarlo en el olimpo de grandes compositores del subgénero, aunque, en realidad, sus creaciones musicales para bandas sonoras, y otros proyectos, también merecen ser destacadas como joyas a reivindicar para todo amante del pop.

Fountains-of-Wayne-resize El grupo neoyorquino Fountains of Wayne, con Schlesinger a la derecha.

 

Un sábado 12 de enero de 2008 me fui de mi propio cumpleaños para ver a Fountains of Wayne, así de simple. Me supo mal dejar a mis amigos en mitad de la fiesta de mi 25º aniversario que celebramos entre el Kraken y la Velvet, pero tenía la obligación moral powerpopera de ver a uno de mis grupos favoritos en la antigua Sala Roxy. Obviamente, me lo pasé estupendamente en un concierto del que no recuerdo los detalles (ya saben, el alcohol), aunque la sensación de felicidad que me embriagó desde la primera canción permaneció en mí durante el resto de la noche. Porque de eso se trata cuando a veces hablamos de música pop, de sentirse felices aunque sea durante el breve espacio de tiempo que dura una canción. Y en eso, los Fountains of Wayne (y más concretamente Adam Schlesinger) eran unos maestros.

La primera canción que escuché de ellos fue “Radiation Vibe”, e inmediatamente su melodía captó mi atención porque se movía en una onda similar a la de otros grupos que me gustaban como Weezer o Teenage Fanclub. A partir de ahí, los Fountains of Wayne nunca me abandonaron: el primer disco que compré de ellos fue el Utopia Parkway (Atlantic Records, 1999), el álbum que hubieran grabado The Cars de haber aparecido en los 90; además me enamoré de su versión de “Baby One More Time”, y siempre disfrutaba cuando en la extinta Fly Music emitían el videoclip de “Someone To Love”. Llegué a verlos en directo una segunda vez, en Wah Wah Club, el 5 de noviembre de 2011, y acompañado de mi buen amigo Guillermo Beltrán. Los traían a Valencia, de nuevo, los imprescindibles promotores de Tranquilo Música. En esa ocasión tocaron casi todas sus grandes canciones: “Joey Rey”, “Bright Future In Sales”, “Mexican Wine”, “A Dip in the Ocean”, “Sink To The Botton”. Consiguiendo que el mundo fuera un lugar menos sombrío por lo menos durante esa noche.

Adam Schlesinger no solo era el cerebro, y el corazón, de los Fountains Of Wayne, también difundió su asombrosa capacidad para crear adictivas melodías en varios proyectos: el primer disco de Ivy, Realistic (Seed Records, 1995), sorprende con un agradable twee pop como si fuera un desconocido puente entre la música C-86 de The Shop Assistants y lo que después harían The Pains of Being Pure At Heart; mientras que Tinted Windows fue el grupo que lo juntó con miembros de Smashing Pumpkins, Hanson y Cheap Trick para tratar de devolvernos ese power pop festivo que tan bien sabían hacer The Knack y otras bandas de los 70.

Por supuesto, tampoco debemos olvidar su faceta como compositor para proyectos cinematográficos y de televisión, el cual nos brindó otra de sus cumbres compositivas: “That Thing You Do”, éxito musical que aún hoy recuerda toda persona crecida en los 90, y la mejor canción de los Beatles desde que se separaron los Beatles. Con el fallecimiento de Adam Schlesinger se va una parte importe de mi educación musical y uno de los responsables de mi eterno amor por el power pop.