Cuando vivíamos la música en directo por encima de nuestras posibilidades

por | 1 junio 2020 | Música

La excitación de un riff de guitarra propulsado por dedos que gotean adrenalina. El redoble de batería que activa – como un resorte – el balanceo acompasado de los cuerpos. La comunión colectiva en torno a un estribillo declamado como si hubiera salido de las mismas entrañas. Los brazos en alto, los viajes a la barra, los aullidos de entusiasmo. El sonido de unos hielos repiqueteando dentro de una copa, mezclado con la cháchara – casi siempre excesiva – del personal, y la perorata (a veces, ininteligible) del músico que ameniza, como puede, el trámite entre aquello que en realidad importa: las canciones. El sudor, las risas, los recuerdos. La liturgia del directo. Esa que tanto empezamos a echar de menos. Esa colección de momentos irrepetibles en sí mismos: ningún concierto es exactamente igual a otro, por mucho que a veces lo parezcan.

Queda mucho tiempo aún para que las salas de ciudades como València recuperen su actividad habitual. Pueden ser semanas. O meses. No se sabe aún si lo harán con su aforo reducido a la mitad, si contarán con alguna clase de espacio abierto cedido por el ayuntamiento o si se limitarán a minimizar el destrozo manteniendo la persiana bajada hasta que el otoño nos devuelva a esa nueva normalidad que tiene toda la pinta de prolongar los viejos vicios. No sabemos tampoco si el entreacto veraniego que se nos viene encima llegará agendado por espectáculos o incluso sesiones de DJ a los que asistir desde dentro de nuestros coches, como empieza a ocurrir en otros países. Una estampa que genera una enorme melancolía. Incluso quienes, por motivos profesionales, sentíamos cierto empacho de música en directo, empezamos a notar un gran vacío. Nuestro último bolo – Nada Surf el 4 de marzo, para quien firma – parece ya un punto lejano en el horizonte. Como si hubiera pasado una eternidad.

Quizá, para cuando lleguen octubre o noviembre (ojalá antes), acojamos el ceremonial del directo con una mirada renovada. Lo valoremos como esa insustituible forma de relacionarnos con la música popular y con nuestros semejantes, al menos con aquellos con quienes compartimos algo más que una pasión. Con sus peajes (los menos) y con sus gratificaciones (los más). Son días estos propensos a la nostalgia. A acordarnos de todo aquello que ahora mismo no tenemos al alcance de la mano. Y que va a ser lo último que recuperemos en este país en el que la cultura es siempre el pariente pobre. El último al que sentamos en torno a nuestra mesa.

Son días estos, también, en los que resulta muy fácil acordarse no solo de la apabullante saga de conciertos que adornaron la cartelería de nuestras paredes y muros (Prince, Madonna, Kraftwerk, Ramones, Iggy Pop, Nick Cave, cientos más), sino también de aquellos milagrosos bolos que no supimos valorar en su justa medida y pasaron con más pena que gloria: o bien porque era demasiado temprano para que los pudiéramos celebrar, o bien porque pertenecen a un tiempo en el que asistíamos a directos por encima de nuestras propias posibilidades, nadando en una abundancia que ahora mismo nos puede resultar hasta obscena.

 primal-scream Primal Scream, en Garage, el jueves 8 de febrero de 1990.

El historial es largo. Y en cualquier latitud con más amor propio, o con una pizca de querencia por la épica local, sería atesorado con celo. Incluso reivindicado. The Replacements actuando ante varias decenas de personas en Garage, en 1987. Björk con sus Sugarcubes en Arena, en 1989. Primal Scream haciendo lo propio ante 200 almas en la misma sala, en 1990, justo antes de asombrar al mundo con Screamadelica (1991). Los reverenciados Billy Bragg y – sobre todo – Alex Chilton, también en Garage y en 1990, ante no más de 50 incondicionales. Green Day tocando en el Kasal Popular de la Calle Flora en 1991 ante varias decenas de valientes, dos años antes de convertirse en superestrellas. Pulp cuando aún podían permitirse el lujo de actuar ante unos pocos centenares de fieles pese a brindar ya su magistral Different Class (1995), como hicieron a finales de aquel año en Papillon, hoy sala Jerusalem, el antiguo cine de casi toda la vida.

Exhibiciones, casi familiares, por parte de nombres que luego veríamos convertidos en leyenda. Servidor recuerda también ver a El Niño Gusano en Sala 4 en familia, no más de 20 o 30 curiosos. A Sexy Sadie en Zeppelin ante 11 personas (las conté, incluyendo el personal de barra). Ambos en 1995. Seguramente era demasiado pronto. Como cuando Father John Misty – entonces solo Josh Tillman – hizo de telonero de Josh Rouse en el Loco Club una noche de 2006, aún ante cuatro gatos. Por no hablar del papel de avanzadilla que suponía el Col·legi Major Lluís Vives, un recinto único – sin relevo – por el que pasaron músicos internacionales que luego serían aclamados por público y crítica.

bragg Billy Bragg en 1990.

Y fiascos, grandes y pequeños. Apuestas en las que el promotor de turno se jugaba parte de su capital en contrataciones que a veces parecían seguras, y otras, temerarias. Incluso en el primer caso, nadie podía tener la certeza de jugar sobre terreno seguro: Elvis Costello apenas logró cubrir dos terceras partes del aforo del Palacio de Congresos, en 2004. Ni mil personas pagaron por verle. Pulseprogramming, la gran sensación indietrónica de principios de los 2000, obligados a cancelar el concierto que iban a dar en una sala valenciana en 2003 por no vender ni cinco entradas.

Es cierto que, justo antes del coronavirus, la ciudad parecía vivir un muy buen momento para el directo, con sold outs cada vez más frecuentes. Incluso con la perspectiva de recuperar el papel de plaza asidua para luminarias foráneas: Foo Fighters o la incógnita del Valencia Arena, que llegaría para suplir la carencia – arrastrada desde los cierres de Arena y Greenspace – de un recinto estable para varios miles de asistentes. Pero conviene no olvidar que, más allá de las grandes citas, de los macrofestivales y de las visitas de campanillas que juegan a tiro hecho, suele ser el circuito de salas urbanas bajo techo, generalmente modestas pero trabajadas con dedicación, casi siempre asediadas por las trabas administrativas, el semillero del que luego se nutre el gran circuito que opera a velocidad de AVE mientras aquellas han de conformarse con la parsimonia del tren de cercanías.

Ahora que sabemos lo duro que es no disfrutar de la música en directo, el desolador páramo que supone, no perdamos la curiosidad ni el afán – cuando llegue el momento – por descubrir propuestas que, quién sabe, podrían ser la gran sensación del mañana.

chilton Alex Chilton en 1990.

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