El año en que el calendario se detuvo un 4 de marzo

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Fue hace algo más de siete meses. El 4 de marzo de este año. Un miércoles. Matthew Caws, líder de Nada Surf, se despedía del público de la sala Moon de València (la Roxy de toda la vida, vaya), y nos advertía, con la mejor de sus sonrisas, que estaría en solo unos minutos firmando discos en el stand de merchandising dispuesto junto a la entrada, pero – ojo – “sin apretones de manos”. No handshakes. No recuerdo exactamente a quién tenía a mi lado, pero lo primero que hice es espetarle: “está de coña, ¿no?”. No hace falta insistir en cómo estábamos nueve días más tarde. De la incredulidad al acongojo. Por no decir otra cosa.

Nada-Surf-Moon-Valencia-0403-2020-María-Carbonell-(8-de-1) Foto: Público valenciano de Nada Surf un 4 de marzo de 2020. María Carbonell ©

Hay momentos que emiten los destellos de una luz de alarma. Como avisos de profecías autocumplidas. Como cuando tenemos un perro en casa – hay que haber tenido uno para entenderlo – y nos empeñamos en atribuirle una idea de la muerte de la que carece, encajando ese momento en que el pobre animal deja de comer y ya no se despega de nosotros durante horas como un aviso de que no quiere pasar sus últimas horas en soledad. Como cuando, tras el adiós irresoluble de cualquier ser querido, empezamos a darle un nuevo significado a la última conversación que tuvimos con él. Y quizá no haya nada en realidad que analizar en perspectiva, tan solo sea nuestra necesidad de digerir aquello que nos resulta indigerible.

La noche de aquel 4 de marzo fue uno de esos raros momentos. Una sala prácticamente llena, una banda más que competente y en plenitud de facultades (con la locuacidad cebolletil de su bajista de origen español reforzando la ya de por sí sólida ligazón emocional con su parroquia) y el reencuentro con gente a la que hace años que no veías. Con amistades, periodistas, promotores, fotógrafos, radiofonistas, activistas del pop o simplemente rostros familiares con quienes más de una vez has terminado hablando – cerveza en mano – sobre si tal o cual repertorio, tal o cual guitarrazo, tal o cual actitud sobre el escenario eran las que a uno le satisfacían. Con caras con las que te topas prácticamente cada semana en las salas de la ciudad, y otras cuantas menos frecuentes, que te recuerdan otros tiempos menos exigentes, más benévolos, de relojes cuyas agujas apenas avanzaban, calendarios cuyas hojas tardaban en ser arrancadas y bolsillos cuyas escasas pero extraordinariamente bien aprovechadas monedas caían siempre en el saco (¿roto?) de los discos, los conciertos, los viajes a otras ciudades sin importar demasiado el medio de transporte, el alojamiento ni la compañía. Sin dolor. Sin pasado. Solo futuro.

En cierto modo, y más allá de que el concierto respondiera a lo esperado – que es algo que rara vez podría no darse en el caso de Nada Surf –, algunos salimos de allí con la sensación de quien viene de una reconfortante reunión de antiguos alumnos. De miembros de un club. De gente hermanada por una de las pocas cosas que, como dijo Rob Sheffield en su libro Vives en las cintas que me grabaste (Blackie Books, 2018), es capaz de unir a las personas en millones de formas imaginables, aunque difícilmente comprensibles. Fue como si un agujero de gusano nos hubiera llevado en el tiempo a una noche cualquiera de los años noventa entre las mismas cuatro paredes, con Swell, Yo La Tengo, Papas Fritas o Sammy presentando sus flamantes nuevos trabajos. Solo faltó el post, en BarracaBar o Tranquilo Niebla. De vez en cuando, es agradable. Lo malo es que fue la última. Y cuando uno echa la vista atrás trata de encontrar cierta lógica, entre lo crepuscular y el socorrido complejo de capitán a posteriori, al hecho de que aquella fuera precisamente la última.

El año había comenzado extraordinariamente bien: sold out por aquí, sold out por allá. A veces, varios en la misma noche, en distintos garitos de la ciudad. Público para todos los gustos. La venta anticipada funcionando a pleno rendimiento. Era vox populi entre la gente del mundillo que València afrontaba un año más que prometedor en cuanto a música en directo. De los mejores en muchísimo tiempo. Conciertos pequeños, medianos y grandes que subrayar con rotulador rojo. Festivales de toda orientación y formato. Músicos y DJs locales que tenían por delante el ejercicio más fértil de sus vidas, con la agenda más nutrida que nunca. Y un buen puñado de medios ávidos por hacerse eco y, por qué no, repartirse parte de ese pastel publicitario que se antojaba goloso. Todo saltó por los aires y, desde entonces, aparte de acordarnos tan a menudo de aquello de lo mismo te echo de menos que antes te echaba de más, nos refugiamos en discos, en libros, en películas. Construimos nuestra propia burbuja porque el ruido ambiental y mediático es inabordable. El hedor político, inasumible. Nos recreamos en los universos paralelos tramados por creadores a quienes veneramos. El único ámbito en el que pervive cierta épica en medio de la insoportable grisura de estos meses, mientras los televisores escupen la imagen de personajes encorbatados propios del sainete, el esperpento o la ópera bufa. Lo hacemos porque la salud mental, la cordura, el equilibrio emocional, son tan importantes como mantener nuestras constantes vitales en regla, por mucho que en esta sociedad profundamente cortoplacista, construida de material al por mayor, tan solo se valoren cifras de contagios como quien cuenta reses de ganado y apenas se repare en las profundas secuelas que la falta de socialización – en las escuelas, sobre todo – puede hollar en quienes son más vulnerables. Conviene idear otros mundos. Refugiarse en ellos hasta que la tormenta amaine.

Hasta entonces, cuánto nos vamos a acordar de aquella noche en que a Matthew Caws se le ocurrió decir que no quería apretones de manos.

 

Nada-Surf-Moon-Valencia-0403-2020-María-Carbonell-(29-de-1) Foto: Matthew Caws de Nada Surf un 4 de marzo en València. María Carbonell ©