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El eterno dolor de muelas de la cultura en València

por | 6 junio 2019 | Reportajes, València

Quienes vivimos de la cultura, de una forma o de otra, tendemos a pensar que merece un mejor trato. Solemos creer que hay un interés – por parte del público – mayor del real. Quizá nos hagamos nuestros propios castillos en el aire. En cierto modo, es inevitable. Nos lamentamos de que en nuestra ciudad cierren galerías de arte, locales de conciertos, librerías especializadas, citas escénicas o musicales, garitos nocturnos de programación singular y aliento dinamizador.

 gener-deluxe-beat Gener en deLUXE en 2014. Foto: Luis Nácher.

 

Pepita Lumier y el deLUXE Pop Club han sido los últimos. Y aunque vivamos en la tercera ciudad del estado, es posible que no haya público para todo lo que nos creemos en condiciones de ofertar y digerir. Puede que seamos víctimas de nuestro propio ombliguismo. Que vivamos en nuestra burbuja. Pero también es cierto que hace ya muchísimo tiempo que no hay una base sólida para que ese público se consolide o crezca. Cuesta horrores afianzar una parroquia. Y si el trabajo no parte de la base, más aún.

Sí, también en los últimos tiempos se han abierto nuevos espacios: La Marina, Veles e Vents, Convent del Carmen, Centre Excursionista o un Palau de la Música más propenso que nunca a proyectar la creación local son ejemplos en el ámbito de las músicas populares, lo que este firmante más de cerca domina. Lo otro, no tanto. Hay noches del fin de semana en las que uno se congratula de la oferta y de su cálida acogida. Y cruza los dedos por que no sea un espejismo. Pero conviene no olvidarnos de muchas cosas.

València esa esa ciudad que una vez amaneció empapelada con carteles de un festival repleto de luminarias internacionales que no llegó ni a celebrarse. Es esa ciudad en la que germinan certámenes anuales que aparecen y desaparecen, ya sean teatrales, cinematográficos o musicales. Ya sean entes públicos de radio y televisión sometidos a una perpetua indefinición. El término guadianesco cobra a orillas del Turia una nueva dimensión. Es esa ciudad en la que se idean festivales pop que tiran con pólvora de rey para no reeditarse nunca. Es esa ciudad en la que, desde hace muchos años, prácticamente ningún promotor (ni local ni de fuera) quiere invertir sus posibles por temor a palmar lo que no está escrito: prefieren irse a Benidorm en otoño. Es esa ciudad desde la que sus principales instituciones públicas sacan pecho en apoyo de unos grandes festivales que son hechos consumados porque ni siquiera fueron proyectados aquí: nosotros solo ponemos nuestro privilegiado entorno, nuestras playas, nuestras grandes construcciones y nuestro clima; servimos el escenario, sí, pero menos lobos, porque todos se proyectaron a cientos de kilómetros. Y en la que convocar masas más allá del remember, el sucedáneo de indie o la electrónica destripaterrones, es una odisea. Es esa ciudad incapaz de proyectar una feria profesional de la música que esté auténticamente profesionalizada. Es esa ciudad en la que nacen concursos para bandas noveles con dinero público que resultan flagrantemente ineficientes: hablen con cualquiera de ellas. Es esa ciudad en la que brotan dignísimos medios de comunicación con proyección estatal que acaban tratando de desligarse de cualquier connotación local, al más puro estilo de lo que algunos alcaldables y presidenciables del PP hacen con las siglas de su partido.

Es esa ciudad en la que impera el pensat i fet, claro. La improvisación como norma. En la que, en el terreno cultural, las casas generalmente empiezan siempre por el tejado. En la que es prácticamente una quimera que algo tenga continuidad. En la que no importan tanto los méritos contraidos como unas buenas relaciones públicas. En la que no importan tanto las condiciones que se ofrecen a los músicos a la hora de presentar sus canciones en una cita de nuevo cuño como disponer de un patrocinador bien visible y un videoclip bien molón. En la que se habla de sus espléndidas condiciones para ser una music city mientras el proceloso camino de las licencias y las insonorizaciones ahoga a unas salas de conciertos (sí, las del trabajo de base: ¿recuerdan?) que apenas logran boquear abriendo sus puertas a los más jóvenes, al tiempo que se imponen multas a músicos callejeros en la urbe más acústicamente saturada del planeta cada vez que llega el mes de marzo.

Gozamos de un clima excepcional, unas distancias más que benignas, un turismo aún sin desmadrar y unos precios más que razonables: al menos aún lejos de la lacerante gentrificación que ahoga otras ciudades. Nuestra calidad de vida parece óptima. Igual hemos de resignarnos a aceptar que si todo lo anteriormente expuesto funcionase o hubiera funcionado de un modo más razonable y sólido, València ya no sería València. ¿Recuerdan aquello de si mi abuela tuviera ruedas, sería una bicicleta? Siempre nos quedará esa cañita junto al mar, la paella de los domingos, el chapuzón en pleno mes de febrero. Igual nos hemos de conformar con eso.

Valencia es una ciudad rebosante de excelentes creadores, en todos los ámbitos. También hay notables gestores culturales, aunque generalmente no sean los que hacen más ruido. Algunos estupendos cronistas. Un puñado de entusiastas dinamizadores culturales, que luchan contra viento y marea. Hasta que no pueden más. Pero la ciudad no termina de estar a su altura. Y quizá no sea solo un problema de los poderes públicos (la ausencia de una Conselleria de Cultura individualizada, el escasísimo peso de lo cultural en el debate municipal) sino también de un modo de hacer las cosas – también desde lo privado – que lleva muchísimo tiempo haciendo aguas, fallando desde lo esencial, haciendo siempre la guerra por su cuenta y mal. O más bien de aquella manera. Puede que para algunos no sea un drama: internet acerca hoy nuestro trabajo a cualquier rincón y lo deslocaliza, así que basta con poner las luces largas, relativizar las carencias y vender nuestra moto (la de cada cual) más allá de nuestro entorno. Algunos de nuestros mejores activos lo hacen. Qué remedio. Y les funciona. Pero juntar las palabras Valencia y cultura sigue generando, así a lo bruto – disculpen: es lo que tienen las generalizaciones – una infinita melancolía.

beat-pepita Foto: Eva Solaz

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