El peligro de querer ser Paul Weller y terminar como Sting en Quadrophenia

por | 4 diciembre 2025 | Conciertos

Llegar pronto a los acontecimientos da siempre muchas ventajas. Lamentablemente el todavía diputado y nuevo portavoz en la Comisión de Reglamento de Les Corts Carlos Mazón ya no lo experimentará. Si ya es complicado ver a un grupo foráneo un poco antes de que dé el gran salto a lo inalcanzable, tenerlo sobre un escenario cuando aún no tiene ni su primer álbum registrado es una quimera. El pasado martes 2 de diciembre el 16 Toneladas Rock Club se llenó para disfrutar a The Molotovs: más rápido, más fuerte, con la urgencia de los que tienen todo por hacer, los ingleses se entregaron a una hora de píldoras pop frenéticas como si les fuera la vida en ello.

El trío liderado por los hermanos Cartlidge abordaron el escenario con la confianza de los que vienen de llenar una sala mítica como el Electric Ballroom de Camden. Según contaron en la revista Rolling Stone llevaban entonces dados más de 500 conciertos; números de ciencia ficción para chicos tan jóvenes. La otra noche demostraron solvencia, entrega y pegada con singles tan efectivos como ‘Rhythm Of Yourself’, ‘Today is Gonna Be Our Day’ o la notable ‘More, More, More’ que funcionaron muy bien entre la concurrencia. No han cumplido los veinte, la bajista aún es menor de edad, y su álbum de debut Wasted On Youth se publicará a finales de enero vía Marshall Records. Si eso no es futuro que venga John Lydon y nos lo diga.

Según contó Issey su intención es, entre otras cosas, devolver la emoción a la música y a los conciertos que el mundo digital les ha arrebatado. Su pasión por la estética mod y por la fiereza de ciertos sonidos surgidos en los años sesenta y setenta del siglo pasado son influencia de sus padres. Mathew reconoció en el mismo artículo ser parte de una genealogía que incluye a The Jam, Small Faces, The Kinks, The Who, The Specials pero también The Libertines y Arctic Monkeys. Desde su impecable vestimenta hasta el último escorzo sobre la tarima, desde el primer guitarrazo hasta el último estribillo no hubo un segundo de distracción en toda la noche. Podría ser que tanta militancia se confundiera con falta de originalidad. En una época como la nuestra de fast rotation, realidades fluidas, memes tóxicos y reels infinitos sería imperdonable.

No nos esperábamos una sala tan llena un martes por la noche pero entendimos que era inevitable cuando comprobamos que la propuesta había atraído a miembros relevantes de la escena mod local, a algunos de los habituales en los conciertos de power pop, a británicos advertidos del acontecimiento, al público habitual de la sala, a cazadores de tendencias, a buscadores de reliquias pop, a curiosos y a despistados como nosotros. El interés mediático había dado sus frutos.

La banda arrancó a dos mil por hora y no dejó de disparar riffs y estribillos sin descanso. Las posturas y saltos propios del género se sucedieron sin desfallecer. La hora corta de exhibición y virtuosismo fue frenética; tanto que igual pudo resultar para algunos contraproducente. En la sociedad del cansancio cuesta mantener la atención.

De la exhibición a la caricatura hay solo un paso. Sin atender a los contextos propios de cada lugar Ms.Cartlidge se atrevió a salir con una bandera española como si significara lo mismo que la Union Jack para los modernistas de su país. Se escucharon murmullos. Fue un concierto entretenido pero nos sobró cierta sobreactuación. ¿Era necesario tocar algunas piezas tan rápido? Qué sugestivo resulta disfrutar con propuestas incipientes cuando todo lo importante está por llegar. ¿Serán capaces, como hizo Paul Weller, de sortear las servidumbres del estilo y encontrar su propia voz? Es tan fácil quedar atrapado en las playas de Brighton en 1964.

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