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Esto no es otro obituario sobre Camilo Sesto

por | 11 septiembre 2019 | Música, València

Camilo Sesto murió un sábado de madrugada. A la hora del lento, quizá el único momento de evasión para toda una generación de españoles. La de nuestros padres. La de sus primeros fans. Los nacidos en la penuria de mitad de los años 50, antes de la llegada del desarrollismo económico, y que fueron golpeados en su juventud por la crisis del petróleo y su efecto más demoledor en el país, la reconversión industrial. Aquellos que encontraron su vía de escape en la oscuridad de las pistas de baile de los años 70 durante los sábados noche y las tardes de domingo.

En la València de 1972 solo unos elegidos se enteraron de la existencia de Harvest de Neil Young, The Slider de T-Rex, Pink Moon de Nick Drake o Machine Head de Deep Purple, y fue una minoría la que escuchó Vainica Doble de Vainica Doble, Orgia de Sisa, We come to smash this time de Smash o Com un arbre nu de Llach: Universitarios pertenecientes a familias liberales o terratenientes, rentistas con inquietudes, los escasos músicos profesionales que habitaban la ciudad y una parte de la disidencia política activa frente al franquismo, es decir, quienes conformaban la punta de lanza de la intelectualidad, pero el pueblo estaba a otra cosa.

Porque buena parte de aquella València se había puesto a trabajar a las seis de la mañana antes de cumplir los quince años y pasaba el jornal a sus padres cada semana. Así que, cuando llegaba el sábado, con lo que les quedaba de sueldo, cogían el autobús amarillo que conectaba La Olivereta con las salas Bony y Dandy en Torrent, o tomaban el trenet en la playa de Las Arenas y se iban a la discoteca Mavis de Benimaclet a ver a Camilo Sesto.

En aquel concierto el alcoiano lucía un traje negro plagado de lunares blancos y paseaba por el borde del escenario sacudiendo pelvis y buscando las manos al aire de las chicas que abarrotaban las primeras filas: las costureras, las peluqueras, las tenderas, las que tenían que escapar antes de que acabara el bolo para volver a su barriada de aluvión a las diez.

Cuando Camilo abandonó las tablas el clímax desbordó la sala, y pudo ser un codo mal dispuesto, o una copa estampada contra el suelo, o cualquier otro asunto aún por esclarecer, pero la primera hostia cayó como del rayo y el Mavis volvió a su estado original, el de la bronca semanal que le procuraban los chicos de Torrefiel, El Grau o Marxalenes cuando salían a olvidar que a la vuelta de la calle asomaba otro lunes de madrugón.

Algo de mí (Ariola, 1972), disco debut de Camilo Sesto, vendió 17 millones de copias.

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