En cuarto de carrera nos hicieron leer aquellos artículos que se lanzaron Habermas y Nolte en la controversia de los historiadores. Socialdemócrata uno, conservador el otro; heredero de la teoría crítica y discípulo de Adorno el primero, historiador del fascismo y alumno de Heidegger el segundo. En aquellos textos discutían algo más que historia: discutían el sentido de la memoria europea.
En aquellos escritos de la famosa Historikerstreit, que aún conservo en mi estantería, Ernst Nolte sugería que el nazismo debía comprenderse dentro de la gran guerra civil europea del siglo XX y en relación con la revolución bolchevique; Habermas respondió que esa forma de contextualizar corría el riesgo de relativizar Auschwitz y de diluir la singularidad del exterminio. Aquella discusión no era solo historiográfica. Era una disputa sobre cómo debía recordar Alemania y sobre qué fundamentos morales debía levantarse la Europa democrática después de la catástrofe.
Hoy veo aquella batalla intelectual con nostalgia. De cuando se confiaba en las instituciones como garantes de ciudadanos libres. Una guerra entre pensadores interpretando la historia y su significado. Dos corrientes de la tradición intelectual alemana enfrentadas en el espacio público: razón crítica y tentaciones revisionistas, memoria y relativización, teoría crítica e historiografía conservadora. La discusión era dura, pero tenía lugar en un terreno común: la convicción de que el pasado debía pensarse para que la política democrática pudiera sostenerse sobre algo más que la pura fuerza. Pensar la memoria mientras se mantenían los dos pies en una democracia robusta: confianza, futuro y un espacio de ciudadanía sin exclusiones.
Habermas dedicó buena parte de su obra a pensar precisamente ese espacio común. En Historia y crítica de la opinión pública explicó cómo las democracias modernas se apoyan en una esfera pública donde los ciudadanos deliberan, discuten y forman opinión más allá del poder del Estado y del mercado. Y en su teoría de la acción comunicativa defendió que la racionalidad democrática no nace de la fuerza sino del diálogo entre ciudadanos libres e iguales.
Así aprendíamos historia del pensamiento, historiografía y también las bases morales de la cultura europea del siglo XX. Y también quiénes éramos y queríamos ser después de liberalismos, autoritarismos, totalitarismos, fascismos, gulag, Auschwitz y Mauthausen.
Se muere Habermas. Y ya veremos si con él se muere también una forma de discutir. Porque es difícil sostener debates y llegar a conclusiones sociológicas armados únicamente con este móvil con el que escribo estas líneas. El mismo que tantas nuevas generaciones tienen entre las manos para quedar, sin saberlo, en manos de milmillonarios y nuevos autoritarios populistas que nos empujan otra vez hacia los viejos ríos de sangre e idiotez colectiva.
Yo sé qué queríamos ser. Muchos también lo sabían y lo compartíamos en un espacio común de la sociedad: entre Habermas y Nolte, entre las estrellas amarillas y el himno de la alegría de Beethoven, bajo ese manto azul de humanismo cristiano de Europa que reconstruía con democracia y bienestar las ruinas del continente.
Ahora ya nadie sabe bien lo que puede ser verdad lógica o un bulo viral. Gran parte de las generaciones digitales solo scrollea en la oscuridad de su propia individualidad, confirmando una manera de ver el mundo a través de su sesgo. Mensajes que ya no se discuten en una plaza compartida sino que circulan en plataformas digitales controladas por milmillonarios que te venden su libertad preñada de esclavitud capitalista.
Demócratas, socialistas, humanistas, europeos europeístas: Habermas ha muerto. ¿Larga vida a la pantalla y al mercado? Yo escribo esto desde una de ellas: proteged Europa, la libertad, la razón crítica y la paz mientras podamos.










