Una cálida sensación de pertenencia y la certeza de que era en Loco Club donde tocaba estar la noche del pasado jueves 7 de mayo. De la misma forma que las clases sociales nunca se disolvieron en el crédito fácil y las deudas ingentes, esa manera de entender la música, artesanal, puritana y comprometida jamás se evaporó del todo con el triunfo del turbocapitalismo y las revoluciones tecnológicas. Heavenly nos visitaban por primera vez y allí estábamos los del Roca, los del Velvet, los del Gurú, los de Tranquilo, los del Tulsa para recibirlos. No estábamos todos, claro, porque al final de la calle Carles Chiner presentaba su nuevo proyecto, pero sí muchas y muchos de los que forjamos nuestros principios y valores con algunas de sus canciones. Fidelidades de juventud.
Abrieron la velada Cápsula de Sueños para que olvidáramos la lluvia y la ropa mojada. Su pop costumbrista e ingrávido fue perfecto para ponernos en situación. Después, mientras se preparaba de nuevo el escenario, los ingleses estuvieron un buen rato en la mesa del merchandising vendiendo discos y camisetas, firmando dedicatorias con paciencia y hablando amablemente con todo el que se acercó. Esa cordialidad tan alejada del narcisismo de muchas estrellas y estrellados tiene algo de programa político. Ellas y ellos están por lo horizontal, lo inclusivo y lo comunitario. Si en Sarah Records todo esto ya estaba presente, en estos tiempos polarizados, de hiperliderazgos rebosantes de testosterona y mala educación aún resulta más esencial.
La tarde anterior habíamos estado en la tienda de discos Ca Oldies, en la presentación del libro de Jane Duffus These Things Happen. The Sarah Records Story (2023). Fue un encuentro muy agradable. Durante una hora larga la periodista británica nos contó cómo dio con el sello en su juventud, nos relató anécdotas de la compañía de Bristol, recordó cómo trató la prensa a los grupos de la escudería en su momento, al principio con amabilidad y más tarde con desdén. Qué asquerosamente machistas fueron algunas críticas. Tampoco olvidó comentar el arduo proceso de elaboración de un volumen tan rotundo como bien editado. El colofón lo puso The Catenary Wires o lo que es lo mismo el proyecto paralelo de Amelia Fletcher y Rob Pursey que tocaron unas cuantas canciones en acústico. Así se tejen las complicidades, se apoya el comercio local y se apuesta por vías alternativas a las grandes corporaciones.

Viernes, nueve y media de la noche, llegó el momento esperado. Algunos los habíamos visto en el FIB de 1995 pero para otros era la primera vez. Qué expectación. Con un excelente nuevo disco debajo del brazo Highway To Heavenly 2026) el quinteto de Oxford se acomodó en el escenario y el pop burbujeante y extrovertido se hizo dueño de la situación. Todas las piezas se ensamblaron con naturalidad. Parecían muy rodados. Melodías, coros, guitarras, teclado, bajo y batería se mezclaron de forma equilibrada y sin estridencias. Esa consistencia nos sorprendió para bien, son muchos los grupos indies de la época y de otras épocas que descuidaron algo las tareas interpretativas como si eso desidia fuera parte del atrezo. ¿Quieren nombres?
Qué concierto más entrañable. Cuántas canciones irresistibles, cuánta simpatía y cuántas sonrisas. El setlist lo componían temas de su última entrega trufado con algunos hits de cuando fumábamos en los bares y las decepciones eran de vida o muerte pero nada serias. Intentaron comunicarse en español en muchas ocasiones, Amelia llevaba su chuleta. Incluso se atrevieron con un Scene Stealing en castellano que no les quedó nada mal. Estuvieron tan encantadores como solventes. La hora y cuarto de actuación se nos pasó en un suspiro. Esa complicidad y esa cercanía desprenden un magnetismo que te atrapa. El tono desenfadado no evitó alusiones a la situación política en EE.UU., en el Reino Unido del Brexit y hasta un recuerdo en forma de canción de los sucesos de Stonewall y de las luchas del colectivo LGTBI. Lo político, sin perder la sonrisa, también puede ser personal.
Como era de esperar C Is the Heavenly Option puso el broche de oro eufórico a una cita muy especial. Nos dejamos la piel en ese estribillo como si fuera la vida en ello. Algunas de las cosas que aprendimos entonces, cuando tanto necesitamos esas canciones, siguen valiendo mucho la pena.













