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La salvaje libertad: Carles Chiner contra el sistema

por | 11 octubre 2021 | Música

No hace tanto —aunque parezca que ha pasado ya una agotadora vida entera— íbamos a conciertos de Gener. Y tampoco hace tanto era el nuevo grupo favorito de todos. Su recuerdo forma parte ya, de manera inevitable, del universo de las memorias felices de la vida antes de la pandemia. Por eso queda tan lejano, porque la gruesa y viscosa película de mugre gris que lo cubre todo hace que cada día sea más difícil encontrar algo de aquella, una partícula de ese recuerdo, que haya resistido a la tormenta gris que no cesa. Sin embargo, siempre nos quedará el calendario: no hace tanto.

Hablar de Gener es el paso previo —y necesario— para hablar de Chiner. Es una condición, un simple recurso. Y ciertamente puede ser bastante injusto, pues Chiner estaba antes que Gener. Pero uno es esclavo de su obra, para bien y para mal, en todos los sentidos. Gener se fue con la cara B de 2020 y su despedida descansa ya en esa oscura habitación que reúne, amontonado en desorden, todo lo que no queremos volver a ver. Afortunadamente, Chiner, Carles, trasciende a Gener. Y, si alguien tenía aún alguna duda, él mismo se ha encargado de recordárnoslo con su última audacia: un disco en solitario y de tirada muy limitada que, además, no tendrá más promoción que la que él (y los demás) decida(mos). Tampoco se podrá escuchar en plataformas digitales. El primer disco de Carles Chiner se llamará Amateur y tendrá diez canciones.

Pero eso no es lo importante. Al menos, no es lo más importante. Esta última jugada no deja de ser otra obra de lo que importa de verdad. El último hasta la fecha. Es la conmovedora libertad con la que Chiner se desenvuelve la que ocupa todo el espacio de lo que importa. En la nueva vieja normalidad Chiner no tiene ningún inconveniente en exhibir —o, tal vez, mejor dicho: no ocultar— su agotamiento, no tanto como artista, sino como simple peón del fordismo cultural. Su nula voluntad de seguir, al menos de momento, sirviendo de grasa para el correcto funcionamiento de la gran rueda. La línea recta habitual (componer, grabar, ensayar, hacer videoclips, promocionar, presentar en directo) me parece ahora mismo un calvario insostenible”. No se lo ha dicho a nadie: se lo ha dicho a todos. Lo escribió el 14 de agosto en su Facebook. Es la típica decisión que se toma en verano, cuando uno se da cuenta de lo que es la vida; la de verdad, no la que vivimos el resto del año, aplastados por un sistema que no acepta la disidencia. Lo que pasa es que Chiner ha mantenido la decisión tras la clausura estival porque tiene aspecto de algo mucho más meditado.

Él tiene la experiencia. Si algo ha caracterizado la carrera de Chiner —al menos la pública—, es la admirable libertad con la que ha guiado sus pasos desde el principio. Por eso siempre se ha movido en los márgenes. Porque, recordemos, el sistema no admite la disensión. El sistema, que es en lo que también se ha convertido hacer música, quiere que los peones ejecuten el plan que mejores resultados da. La producción más eficiente es la mejor producción. Por eso el sistema no entendió el cese de Gener. Como tampoco, a buen seguro, su último disco: en castellano y con una materia prima muy diferente a la que le dio los mejores dividendos. Por fortuna para todos, Chiner parece moverse —artísticamente— al margen de lo que dicte el sistema. “Nuestra tarea no es estar en zonas de seguridad”, decía en 2019 a esta misma cabecera en una entrevista de Carlos Pérez de Ziriza. Y ahora parece una obviedad, pero siempre es necesario aclararlo porque, con el tiempo, llegamos a olvidar que el músico, como el artista, es un sujeto libre que debe crear desde la ausencia de condiciones y requerimientos previos. Que carece de sentido tener encadenado a tu músico favorito en el salón para que toque las canciones que más te gustan a ti. La seguridad es para nosotros (y para la industria). Nosotros tenemos que buscarla, ellos y ellas no.

Sin esa libertad, seguramente Chiner no hubiera trabajado tan íntimamente con La Teta Calva. Ni se hubiera subido al escenario como hizo con ‘El Muro’. Ni hubiera escrito, dirigido y hasta dibujado videoclips. Entre otras cuestiones tangibles. “Normalmente, como la mayoría de artistas, compongo a una velocidad superior a la que publico”, explicaba en su nota, “eso hace que, cuando un disco llegue al público, yo ya esté desenamorado de las canciones y “festeando” con las canciones que conformarán el siguiente”. Caso número 1789: Carles Chiner contra el sistema. La máquina no deja de funcionar, pero está bien saber que esa misma libertad permite, a su manera y en determinados supuestos —con unas condiciones muy concretas—, hacerse a un lado durante un tiempo para dedicarse a lo que se siente que se debe hacer. Esa libertad, la misma todo el rato, engrandece a pesar de todo; a pesar de que, sentado en cuclillas a su lado, a los pies de la máquina, cualquiera parezca infinitamente más pequeño de lo que lo fue alguna vez.

Cuando aceptamos que el sistema ponga sus manos sobre el producto artístico, aceptamos también que —poco a poco, pero de forma implacable— le borre el apellido. Cuando aceptamos que los músicos son trabajadores culturales, aceptamos de forma implícita (y explícita) que aquí no hay ni un solo trabajador que no esté a expensas de la máquina. Quizá por todo eso, y más, la libertad más salvaje es la única forma de salir.

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