Cumbé para los africanos significa fiesta, y la cumbia es una danza folclórica que comenzó a gestarse en El Caribe durante la época colonial. Trenza en su pulpa jugosa acentos de tres culturas: indígena, africana y española.
Sin duda, ha sido una de las músicas que mejor ha dado a conocer a América Latina al mundo, convirtiéndose en la mayor expresión musical de lo mestizo. Y quizá, para ser fiel al espíritu de estos sones libérrimos, nada mejor que sacudirlos con el latido de la contemporaneidad. La Yegros, conocida ya como «La reina de la nueva cumbia», es una kamikaze que ha irrumpido en la escena electrotropical zarandeando con cadencias futuristas los compases folclóricos que lleva tatuados en la piel desde su niñez.
Esta artista, procedente del litoral argentino, transmite una irresistible fuerza femenina -se declara admiradora de Rita Indiana, Björk, Tina Turner y de «todas las mujeres del mundo que con su voz logran manifestar alegría, emoción, fortaleza y pasión.». En Viene de mí (2012), su primera aventura en solitario, se mostró como ellas, salvaje, aguerrida y sensual. «Yo no bailo la cumbia, abandono el suelo y me entrego al aire que vas dejando, yo me convierto en tu deseo», proclama en la letra de la canción que da título al disco, portal de una odisea por el lado más excitante de la música.
Tal vez, lo más llamativo de su siguiente paso, Magnetismo (2016), sea contar con la aportación de Gustavo Santaolalla, músico que ha participado en las bandas sonoras de películas como My Blueberry Nights o Brokeback Mountain; el argentino ha sido también responsable de la producción de auténticas gemas del rock latino. Su toque de varita se revela maestro en «Chica Roja», un tango-cumbiero-electrónico que constituye uno de los momentos más inspirados de un disco que bascula feliz en el peligroso filo entre lo acústico, lo eléctrico y lo electrónico. La artista, convertida en una nigromante lunática -sus directos desprenden actitud punk- alborota con insolencia otros ritmos tradicionales: milonga, chamamé o carnavalitos. El resultado de esta contaminación gozosa es una alquimia en la que se hermanan dos mundos aparentemente opuestos. Muchos artistas venían reivindicando este legado poderoso desde hacía años sin lograr que el público conectara.
Hoy, la cumbia y los géneros latinos ancestrales han encontrado su lugar en los circuitos tradicionales (donde siempre han estado), pero también en los más alternativos. Puede que sea gracias a propuestas desprejuiciadas como la suya, conscientes de que para mantener viva una tradición no hay que limitarse a una aplicada relectura encorsetada por la reverencia, sino que es necesario imprimir en ese material original -arcilla maleable- las huellas de la propia sensibilidad.
Entre las pruebas del imán que desprende la cumbia en todo el mundo encontramos sorpresas como Palermo Hollywood, el último álbum de Benjamin Biolay. El francés, que nos había conquistado poniendo la chanson al día con ropajes vaporosos y sofisticados, nos descoloca con números claramente cumbieros y bailables- no olvidemos que ya Serge Gainsbourg se atrevió a arrastrar la mismísima Marsellesa hasta el reagge, logrando un escándalo que seguramente rebasó sus ansias de epatar-. Otro artista que ha dado a conocer estas músicas híbridas y sabrosas, ha sido el argentino Rolando Bruno. Este vándalo mezcla cumbia peruana, alocadas digresiones progresivas e imagen trash en desatinos cautivadores. Y, ahondando en esa dirección, el dúo Calor Humano -una suerte de versión femenina y tropical de Hidrogenesse -, tras apropiarse con ensañamiento de una composición de Rita Lee, asalta sin piedad la tradicional «La cumbia del mar» para transformarla en «El cuerpo amado», una oda a los sudores que resbalan incitantes sobre el vello corporal masculino. Siempre se ha dicho que el futuro pertenece a los audaces.













