Con Viento del este (2016) Loquillo demuestra estar en uno de los momentos más dulces de su trayectoria. El del Clot hace alarde de reinvención sonora sin perder un ápice de estética y fundamentalismo rocker, pero adentrándose en sonoridades que no distan en demasía de lo que una vez propuso en álbumes como Mis problemas con las mujeres (1987) o Morir en primavera (1988).
En este nuevo trabajo suma condimentos aperturistas a una clara convicción roquera que está en su ADN, y por supuesto en su actitud. Y así, Loquillo se convierte en lo que es, para bien o para mal.
Si a finales de los ochenta quiso juguetear con algún pasaje folk, de chanson francesa o píldoras pop de claras reminiscencias sesenteras, y que por motivos a veces ajenos al propio líder, se veían truncadas por una militancia estrictamente rock, a día de hoy, podemos asegurar que el disco que durante años buscó es Viento del este.
Su vertiente más roquera la demuestra sobre las tablas, se permite sacar un disco revisitando canciones antiguas al frente de The Nu Niles, con un concepto genuinamente rocker en toda su dimensión. Sin embargo, a la hora de presentar material nuevo, se encierra en el estudio y empieza a coquetear con distintos arreglos, haciendo que podamos encontrar ecos tan dispares como The Pogues en “Los Dioses engañan”, The Byrds en “Viaje al norte”, el góspel en “Acto de fe”, y el aire de crooner español de los setenta, de cantante melódico, que no de música ligera en el “Me olvidé de vivir” que Pierre Billon y Jacques Revaux escribieron para Johnny Hallyday, y que interpretó también en su día el insigne Julio Iglesias. Y es que Loquillo consigue hacer suyas las canciones de otros, las versiones y las composiciones que hacen distintos compositores para él, a todas luces metiéndose en su piel, y sabe defenderlas en primera persona, interpretándolas y llevándolas a su terreno como pocos.
Jaime Stinus da paso en la labores de producción a Josu García y Mario Cobo, iniciando así una nueva etapa en la carrera del catalán, más madura y sobria, reivindicativo (“El mundo que conocimos”) cuando toca, y sin perder el punto canalla del que sabe jugar con los tiempos, sin necesidad de ceñirse a la máxima del “cualquier tiempo pasado fue mejor”. De eso El Loco sabe, y es consciente de que el mejor tiempo es el presente, sobre todo si sabes mantener una identidad y rodearte de gente que aporta a la causa, con convencimiento y sabiendo lo que se lleva entre manos.
Para este disco la nómina de colaboradores es amplia, desde viejos amigos como Sabino Méndez o Carlos Segarra hasta nuevas amistades como Leiva. Además de Loquillo junto a Susana Koska, Igor Paskual y Carlos Segarra firmando “A tono bravo”: de riff juguetón, cercano a las formas del Bowie escudado por Mick Ronson, con vocación de himno, y una letra castiza donde se dan cita Quevedo, Rocinante, Platero, Espronceda, Unamuno, El Himno de Riego, las Cortes de Cádiz… y distintos elementos patrios con gran acierto para proclamar con chulería su actitud frente a la vida en los últimos treinta años “No comparto opiniones, dicto sentencias”.
Hablar de Loquillo no es un acto de reivindicación de un personaje que ha sabido situarse en lo alto del rock patrio, es más bien una constatación de que sigue vivo, más que nunca, con cosas que contar, con sus defectos, pero también con sus virtudes, que no son pocas. Una muestra de que en el rock´n´roll todavía se pueden contar sugerentes cosas. Eso sí que una reivindicación.













