Los cuatro puntos cardinales de la plaza Salvem el Cabanyal

por | 10 junio 2026 | València

A veces una plaza no nace de un proyecto urbanístico sino de una ausencia. De una casa derribada, de un solar que permanece años esperando un destino y de una comunidad que termina encontrando una forma de volver a hacer ciudad allí donde antes sólo quedaban cicatrices.

En el Cabanyal, la plazuela peatonal situada entre la calle del Millars y la calle Sol tiene algo de todo eso. Los bancos, los árboles jóvenes y la entrada al nuevo Centro Cívico ocupan hoy el lugar donde antes se levantaba una vivienda desaparecida por aquel proyecto que pretendía prolongar la avenida hasta el mar atravesando un pueblo entero. Junto a ella quedaron durante años solares, medianeras desnudas y vacíos urbanos suspendidos en el tiempo. Sin embargo, donde hubo ausencia ha vuelto a aparecer ciudad. Donde hubo un solar hay hoy árboles y asientos. Donde hubo un vacío encontramos un centro cívico. Y donde nunca hubo una calle ha terminado apareciendo una plaza aún sin nombre, abierta al paso como cualquiera de las travesías del antiguo Poble Nou de la Mar.

Quizá por eso diversas asociaciones vecinales, culturales y de comerciantes de nuestro Cabanyal y Canyamelar hemos propuesto que este espacio reciba el nombre de Plaza Salvem el Cabanyal. No como un ejercicio de nostalgia ni como un ajuste de cuentas con el pasado, sino como una invitación a detenerse un momento y mirar lo que este lugar tiene que contarnos. Basta situarse en el centro de esta plaza y girar sobre uno mismo para recorrer buena parte de la historia reciente del Cabanyal. Oeste, Sur, Norte y Este dibujan un relato sobre quiénes fuimos, qué ocurrió aquí y qué preguntas siguen abiertas.

OESTE

 

Al oeste, al fondo, aparecen edificios de Blasco Ibáñez, últimos dientes de un monstruo de ancha garganta que terminó haciéndose atrás y no nos engulló. Durante años aquella dirección simbolizó una amenaza real. Desde allí debía avanzar la prolongación de la avenida hasta el mar, atravesando la trama histórica protegida del Cabanyal y provocando la desaparición de centenares de viviendas en nombre de una determinada idea de ciudad donde no cabíamos.

Conviene recordarlo porque los años acaban convirtiendo los derribos en expedientes, los solares en paisaje y las decisiones políticas en una especie de fenómeno natural que parece que nunca tuvo responsables. Sin embargo, nada de lo que vemos hoy alrededor de esta plaza puede entenderse sin aquella amenaza. Salvem el Cabanyal no nació para hacer historia. Nació como una necesidad. Como la reacción de vecinos, arquitectos, profesores universitarios, artistas y ciudadanos corrientes que comprendieron que lo que estaba en juego no eran únicamente unas fachadas protegidas sino una forma de vida construida durante generaciones. Una València alternativa y única al otro lado de las vías, ajena a los trenes que movían promotores y planes urbanísticos al calor de la burbuja inmobiliaria.

Aún recordamos la impotencia de contemplar los derribos de casas y el dolor de oír a otros vecinos —cansados de miseria e incertidumbre— decir “que lo tiren todo”. Las cacerolas sonaban frente a las excavadoras mientras muchos pensaban que aquello era inevitable. Nosotros sólo teníamos la certeza de que algún día alguien miraría aquellas imágenes y se preguntaría cómo pudimos permitirlo.

Y, sin embargo, ocurrió algo todavía más paradójico. El Cabanyal que entonces tantos despreciaban es el mismo que hoy todos quieren conservar, explotar, visitar o habitar. El barrio que algunos consideraban viejo, degradado o prescindible se ha convertido en objeto de deseo. Hoy la Casa de la Palmera o la torre Miramar de la calle Escalante serían apreciadas, pero ya son solo solares con coches aparcados. Heridas todavía visibles en un barrio donde cada metro cuadrado parece haber adquirido un valor extraordinario para el mercado y, ahora sí, cada azulejo es considerado un patrimonio único. De la tugurización a la gentrificación. De las caceroladas para abrazar casas a los turistas saliendo de bajos y apartamentos que dan suculentas rentas.

Quizá por eso conviene recordar que hubo vecinos capaces de ver entonces lo que hoy parece evidente para casi todos. Los mismos que defendieron el barrio cuando hacerlo no era popular, rentable ni cómodo. Paradojas de la razón crítica, lógicas del capitalismo inmobiliario ayer y hoy. La historia de muchas ciudades europeas está llena de barrios desaparecidos en nombre del progreso. El Cabanyal pudo haber sido uno más de ellos.

SUR

Si giramos hacia el sur aparece la tapia del Centro Cultural Escorxador. Para quien desconozca la historia reciente del barrio no deja de ser una medianera desnuda, una de tantas cicatrices urbanas que dejaron los derribos en el Cabanyal, junto al antiguo matadero municipal hoy convertido en espacio cultural. Para muchos vecinos representa algo muy distinto. Detrás de ella se celebraron durante años las asambleas semanales de Salvem el Cabanyal. Detrás de ella se discutieron estrategias jurídicas, movilizaciones ciudadanas, actividades culturales y campañas de sensibilización que acabarían convirtiendo una reivindicación local en un referente internacional de defensa del patrimonio y participación ciudadana.

Resulta imposible explicar aquella experiencia colectiva sin hablar de Portes Obertes, de Cabanyal Íntim, de artistas y vecinos que abrieron sus casas para contar la historia del barrio cuando muchos preferían no mirar. Porque el Cabanyal no se defendió únicamente en los tribunales o en la calle. También se defendió explicando quién era. Aquella experiencia trascendió los límites del barrio. Arquitectos de Hamburgo y Tokio, investigadores, universidades y movimientos ciudadanos encontraron en el Cabanyal un caso de estudio sobre el derecho a la ciudad, la protección del patrimonio y la capacidad de los vecinos para intervenir en el futuro de los lugares que habitan. Lo que comenzó como una resistencia local terminó convirtiéndose en una referencia internacional.

Por eso Salvem el Cabanyal fue mucho más que una plataforma de oposición urbanística. Fue también un movimiento cultural.

NORTE

Al norte se levanta hoy el nuevo Centro Cívico Cabanyal-Canyamelar que emula el perfil de las antiguas barracas de aquellas calles paralelas al mar y que sufrieron un tremendo incendio. Su planta ocupa los solares que fueron encadenándose en la castigada calle San Pedro. El futuro del barrio se construye literalmente sobre algunas de las cicatrices de su pasado. Las de hace dos décadas y también las de hace dos siglos.

No hay contradicción en ello. Las ciudades siempre se reconstruyen sobre las huellas de lo que fueron. Lo importante es preguntarse para quién se reconstruyen. El Centro Cívico, la Escoleta o el Centro de Mayores representan precisamente aquello que durante décadas reclamó el movimiento vecinal: espacios públicos, equipamientos comunitarios, actividad cultural, servicios para la ciudadanía y lugares de encuentro donde hacer vida colectiva.

Allí donde algunos se empeñaron en una fractura urbana encontramos hoy, después de dos cambios de gobierno municipal, un espacio que vuelve a coser el barrio. Pero ninguna victoria es definitiva. La pregunta ya no es cómo salvar el Cabanyal de un plan urbanístico sino qué hacemos con el Cabanyal que conseguimos conservar.

ESTE

Y es quizá al este donde esa pregunta adquiere todo su sentido. La callejuela del Sol continúa escapando hacia la plaza Lorenzo de la Flor entre fachadas a escala humana que todavía conservan buena parte del carácter tradicional del barrio. Sentados en los bancos de la plaza alzamos la mirada hacia un mural dedicado a los pescadores y a la memoria popular del Cabanyal. Nuevos vecinos que han decidido hacer del barrio su hogar junto a una casa rehabilitada que ahora es un apartamento turístico. Las tres imágenes conviven en una misma fotografía.

Y es que las amenazas que afrontan hoy los barrios históricos ya no son exactamente las mismas que hace veinticinco años. Si entonces la preocupación tenía la forma reconocible de una gran avenida que pretendía atravesar el barrio hasta el mar, hoy las preguntas son más complejas. Tienen que ver con la vivienda, con la turistificación, con la presión inmobiliaria y con el riesgo de que el éxito de un barrio termine expulsando precisamente a quienes contribuyeron a hacerlo posible. Hijos y nietos de los bautizados en Los Ángeles o en Nuestra Señora del Rosario, sus relaciones sociales, sus tradiciones, su cultura dentro y fuera de cada casa salvada de la piqueta.

Este viernes 12 de junio los vecinos compartiremos de nuevo un sopar a la fresca en la plaza y el mural marinero de la calle del Sol se iluminará al caer la noche mientras suenan unas ruedas de maleta sobre el empedrado. Quizá sea una buena metáfora del momento que vive el Cabanyal. Una comunidad que mira con orgullo su pasado pero que sigue preguntándose por su futuro.

Porque si hace veinticinco años miles de vecinos se movilizaron para impedir que desaparecieran las calles del Cabanyal, la pregunta que permanece abierta es quién garantizará que esas mismas calles sigan siendo habitadas por quienes trabajan, hacen comunidad, celebran sus fiestas, mantienen sus tradiciones y construyen la vida cotidiana del barrio. Los barrios pueden perderse de muchas maneras. Unas veces bajo una excavadora. Otras, de forma mucho más silenciosa.

Y quizá por eso la propuesta de una Plaza Salvem el Cabanyal tiene sentido. No sólo porque recuerde una de las movilizaciones ciudadanas más importantes de la historia reciente de València, sino porque nos obliga a recordar que salvar un barrio nunca consistió únicamente en conservar unas casas. Consiste también en conservar las personas, las relaciones humanas y la vida colectiva que les dan sentido.

Porque las ciudades no se salvan una sola vez. Se salvan cada vez que alguien decide que merecen seguir siendo de quienes las habitan.

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Daniel Adell es presidente de la Asociación de Vecinos y Vecinas del Cabanyal-Canyamelar

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