Néstor Mir y la tercera vía mediterránea

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Al final, la globalización y el acceso instantáneo a mil afluentes sonoros al alcance de un solo click van a lograr lo que decenas de corpus teóricos de gurús culturales de inspiración fusteriana no lograron ni derramando litros de tinta: que entre tres territorios que comparten la misma lengua y bastantes cosas más (esto es, la Comunitat Valenciana, Catalunya y Baleares), brote una sensibilidad musical común. Una forma de jugar con las texturas, con los silencios, con las pausas y con las inflexiones, una manera de hacer de la necesidad virtud y extraer un seductor partido expresivo a la economía de medios, que bien podría constituir una de las muchas terceras vías dentro de un panorama estatal abonado desde hace años al cultivo de propuestas mainstream o de indie clónico y profiláctico. Que más o menos vienen a ser lo mismo, por otro lado. El impacto será menor, desde luego, que cuando se vendían discos como rosquillas y los medios tenían incidencia real en la industria. Pero no por eso merece pasar inadvertido.

nestor-mir-beat Foto: María Cárdenas

El músico y activista musical valenciano Néstor Mir andaba metido últimamente (bueno, en realidad, siempre) en tantos fregados que no había tenido tiempo de desvelar un álbum, digamos, convencional, de canciones pop propias, desde 2013. Y nunca hasta ahora lo había hecho cantando en valenciano. Independientemente de que esa sea su lengua materna – que eso ahora es lo de menos, los estándares lingüísticos sirven de poco ante una lengua con tantos registros en el día a día –, la decisión no parece en absoluto casual: Un immens i infinit continent (Malatesta) es una agradabilísima sorpresa no solo por lo que propone, sino por sintonizar abiertamente (pero desde una perspectiva propia) con los discos que El Petit de Cal Eril o Ferran Palau llevan unos años facturando desde Catalunya, o con los que Da Souza o incluso pasajes de las discografías de Roger Pistola, Roig! o Jorra i Gomorra nos brindan desde las Islas Baleares. Y se intuye que los próximos pasos de Miquel Àngel Landete al frente de Senior i el Cor Brutal también irán por ahí. Hasta Els Pets, históricos supervivientes de la generación del concierto del Sant Jordi en 1991, se dejaron contagiar con gusto en su último disco.

Echando la vista atrás, a uno le cuesta recordar que alguna vez se haya generado esa sintonía musical entre los tres territorios, tan cerca pero tan lejos a la vez en tantos aspectos, tan necesitados de respuestas comunes a problemáticas similares pero tan distantes en la forma de responder a ellas. Tan poco sincronizados siempre. Si no en términos culturales, sí en los estrictamente musicales. Ni cuando prendió la llama del rock mediterráneo de Bustamante, Palmero y Laguarda. Ni cuando el ska rock de dolçaina y reivindicación identitaria generó intercambio en el circuito de directos de festa major y efemérides patronales.

A sus propios instigadores les dio por llamarlo pop metafísico, con indisimulada guasa. Joan Pons, su primo Jordi Matas (El Petit de Cal Eril) y Ferran Palau siguen ahí, prolongando un fértil estado de gracia, casi a disco por año. Los mallorquines Da Souza se sumaron hace unas semanas con el espléndido Salsa agredolça (Bubota, 2020). Y complace testar que Néstor Mir sigue su estela con uno de los mejores discos que ha hecho nunca, en su caso incorporando un par de chutes de dinamismo kraut con dicción somnolienta a lo Kurt Vile.

Hablamos, en el caso de todos los nombres mencionados, de música que juega con el costumbrismo, cierto realismo mágico, con la sensualidad menos evidente y con el flagrante absurdo de lo cotidiano. Música que propone sosiego ante el vértigo diario, escepticismo ante el irritante dogmatismo sabelotodo en este país de seleccionadores de fútbol, lingüistas, expertos hidrográficos y, ahora, consumados epidemiólogos.

Música muy mediterránea, que no se casa ni con lo acústico ni con lo electrónico ni con lo meramente orgánico, sino con todo y con nada de eso a la vez. Música orgullosamente heredera de Joan Miquel Oliver (Antònia Font) y Pep Toni Ferrer (Oliva Trencada). Música, por si aún no la conocen, especialmente formulada para que la disfruten durante estos días de inevitable reclusión doméstica. Háganme caso. Me lo agradecerán.