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Nosferatu, desde la tierra de los fantasmas

por | 1 septiembre 2022 | Reportajes

Nosferatu se yergue ante nosotros desde el reino de los muertos. Pero no solo es el vampiro quien vuelve a levantarse de la tumba; también el propio filme nos llega desde la orilla de los muertos. Prácticamente desde su estreno, hace ahora cien años, Florence Stoker, la viuda del autor de Drácula, acosó judicialmente a los productores para que le pagaran derechos de autor por la adaptación de la novela. En 1925 la productora capituló y, ante el impago, el juez ordenó destruir todas las copias de Nosferatu. Se salvaron algunas, remontadas, recortadas, fragmentarias; pero gracias al tesón de Enno Patalas y, sobre todo, Luciano Berriatúa, el filme pudo regresar desde la tierra de los fantasmas.

Entretanto, una infausta maldición la había silenciado durante años, como si las fuerzas convocadas por sus creadores se hubieran vuelto contra ella. A Murnau, su director, lo oculto le interesaba más bien como estética; en cambio, Albin Grau, productor, diseñador y motor creativo de Nosferatu, era una figura destacada de los círculos esotéricos de la Alemania de Weimar y tenía, como objetivo, crear un filme totalmente imbuido de su filosofía y de sus símbolos: la concepción del vampiro, el sentido de la sombra, los guarismos cabalísticos de la carta recibida por el conde… Todo apunta a un mundo mistérico y brumoso, vago e indefinido, desde el que las sombras salen a nuestro encuentro.

Es allí desde donde se invoca a Nosferatu, como una fuerza que emerge de las rocas, de la noche, de los montes y los bosques, como una fuerza inanimada que desea furiosamente la carne y la sangre de los vivos. Todavía hoy nos repelen su efigie rígida y cadavérica, sus manos que se curvan como zarpas, sus ojos que nunca parpadean. Llegó a correr el rumor, propiciado por el surrealista Ado Kyrou, de que era un auténtico vampiro. Su fuerza, sin embargo, procede de su condición de morador de los umbrales, siempre bajo un arco gótico, bajo el pórtico apuntado, en el lugar de los tránsitos, donde se atisba lo que no está ni vivo ni muerto, ni físico ni etéreo. Desde el lugar de lo innombrable, de lo salvaje y de lo indómito, Nosferatu navega a nuestro encuentro arrastrando tras de sí la muerte, las ratas, la peste.

Y sin embargo, en el filme de Murnau también somos nosotros quienes lo deseamos y salimos a su encuentro. Quizá el rasgo más moderno de Nosferatu sea su ambigua postura frente al mal, la unión de atracción y repulsión: el héroe, bobo y aniñado, se desmorona a un gesto del malvado; la heroína se sienta cada día a esperar entre las tumbas de las dunas —¿a su marido o al vampiro?—; La doncella abre la venta para recibir con los brazos abiertos al cadáver ambulante —¿se sacrifica por los demás o goza de su abrazo?—. El abismo nos reclama, nos interpela, su rostro es monstruoso y, aun así, cien años después, seguimos sin poder apartar de su rostro nuestra mirada.

La Filmoteca d’Estiu programa, hoy 1 de septiembre a las 22:30h., Nosferatu.

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