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Perdámonos: destejamos y retejamos la narración de la Cabanyala

por | 19 enero 2022 | Opinión

Mural de Lyly, Lisa Baeblich, pintora berlinesa del Cabanyal, en Plaza Lorenzo de la Flor.

En la exposición «1998-2015 Cabanyal Portes Obertes. Cultura i Ciutadania» que hasta octubre mostró en el Centre del Carme de València diecisiete años del compromiso de los artistas con la resistencia a la destrucción del barrio de Cabanyal, una de las obras consistía en una colcha tejida de retales de colores. Una idea de Paco «cent onze», recogía en cada retal una dirección de la ciudad, la de cada una de las personas vecinas con casa que se solidarizaban con otras casas del Cabanyal. Esos espacios son personas y ellos y ellas persisten, condensan significados y estos cambian como va cambiando la mirada a cada paso del presente.

Por una topografía del Cabanyal

Tomando prestada de Susan Sontag la calificación que hace de Walter Benjamin, el filósofo crítico de la cultura que a principios de siglo XX supo ver y expresar en lo pequeño los grandes cambios sociales, Benjamin «espacializa el mundo», las «ideas y las experiencias son como ruinas», y comprender algo es «comprender su topografía, saber cómo trazar su mapa». Existe un relato poderoso del Cabanyal que se quiere aristotélicamente cerrado, con un inicio, un nudo, unos protagonistas, unos antagonistas, un conflicto, un fin y una moraleja.

El inicio lo marca el proyecto de ampliación de una avenida que parte en dos un barrio, el conflicto es el de ese barrio protagonista contra su antagonista, la malvada alcaldía. El fin solo podía ser el fracaso de ese proyecto y la victoria de la movilización ciudadana. Un cierre perfecto, pero falso. A este falso «fin de la historia» opongo y propongo una topografía benjaminiana para hacer y deshacer continuamente, pues la historia (y la memoria) no son otra cosa que reconstrucciones del pasado siempre desde el presente.

Ese relato está en el aire, como el amor: en la prensa tradicional que aún se imprime, en la prensa menos tradicional que ya no se imprime, en las tertulias de las radios que ya no se escuchan, en las juntas de distrito, en las exposiciones, en los libros con editorial, en los monólogos de los concejales. Esta memoria, como representación colectiva del pasado, tal y como se forja en el presente, es memoria fuerte, frente a otras memorias débiles, nos dice el historiador Enzo Traverso: su visibilidad y reconocimiento dependen de la fuerza de quienes son los portadores, y, de hecho, esta memoria más fuerte será la que se transformará en historia.

Este aire, esta memoria fuerte, está estancada. El aire enrarecido nos recuerda a lo que Walter Benjamin observó como característico de las nuevas sociedades urbanas a principios del siglo XX: hay en el nuevo Cabanyal hoy, como ayer en la nueva Europa industrial, una crisis de transmisión de la memoria. La movilización ciudadana de ese relato de memoria fuerte se ha constituido en escuela, esa institución que, nos dice Benjamin, conserva «el patrimonio de lo logrado por ella ofreciéndolo continuamente a las nuevas generaciones. Una generación recibe el influjo de la escuela, una generación insegura en todo lo que es real y todo lo referente a la conciencia». Sin embargo, sigue Benjamin, «esa misma generación se encuentra empapada de anticipación de futuro» por eso la escuela «debe dejar obrar a la juventud»:

«Gracias a la confianza en esta juventud, que ha de aprender a trabajar día a día, a tomarse a sí misma en serio, a autoeducarse, etc. El género humano puede tener fe en su futuro […] Juventud, escuela renovada, cultura: este es el circulus egregius que hemos de recorrer una y otra vez en todas direcciones».

Y es que las memorias colectivas son conflictivas, porque el cuerpo social es plural, y se renuevan. Las hay subterráneas, y hay también quienes tienen el poder de decidir cuáles son subterráneas y cuáles deben permanecer impregnando la superficie, normalmente por algún tipo de interés que su poder promueve.

Las nuevas generaciones de mujeres que habitan el barrio

Una prueba de que no hay aún fin de la historia, y de que hay relatos tejiéndose y destejiéndose cada día y sin altavoces en el Cabanyal lo prueban las nuevas generaciones de mujeres que habitan el barrio. Entiéndase aquí por «nuevas generaciones» no necesariamente las más jóvenes, no es una cuestión de edad, sino de nuevo poder, o contrapoder, pues entre ellas las hay también, y muchas, que vienen de militancias de antaño, en donde también eran mayoritarias. Siempre han estado ahí, pero se han transformado con nuevos discursos, herederas de esa escuela de resistencia, que marcó el camino, pero que ni fue la primera ni será la última.

Hoy, como ayer y como mañana, están personas -especialmente personas en femenino- como las que han tomado la antigua Regadera para crear el Espai Meraki, del griego «ensusiasmo, celo, pasión». Son gente como Merce, Isabel, Linda, Jrisha, Natalia y Noelia, todas ellas profesionales de las artes escénicas, que vuelven a dar sentido a un espacio, a rellenar un espacio vaciado, espacio que será la nueva sede el Cabanyal Íntim. O bien Lyly, Lisa Baeblich, pintora berlinesa habitante del Cabanyal que ha hecho suyos sus muros, pues sus pinturas murales ya son la mayoría en comercios, calles y plazas como antes lo fueron de toboganes arrancados en pos de un viejo nuevo urbanismo que parece querer arrasar y no seguir construyendo y transmitiendo a partir de lo ya hecho.

Como también Xusa Moya, astrónoma, divulgadora científica y en sus ratos libres hacedora cultural en general, que está detrás de webseries, programas de radio comunitaria o fanzines desde el Cabanyal para el universo. Como el recientemente resucitado fanzine, o fanzinela, La1314, que cuenta entre sus firmas con las recetas de La Jamona Vegana, Mara Obiol, también DJ de una nueva mirada a la música hecha desde la mujer.

Como ellas hay más, como las huertanas Cabanyal Horta, o las vecinas de la asociación Cuidem Cabanyal Canyamelar constituida para alegar contra el Plan Especial del Cabanyal. Hay quien se empeña en seguir sin verlas, o viéndolas como a la Penélope de Odiseo, el Ulises de esperado retorno al hogar, en el silencio de la tejedora fiel aunque pretendida por decenas de hombres.

Nos dice Benjamin que se diría que la facultad más segura de entre todas nos está siendo retirada: la facultad de intercambiar experiencias. Pero en esta crisis también repara en el silencio de las mujeres tejedoras, unas mujeres-Penélope. Nos dice:

«Narrar historias siempre ha sido el arte de seguir contándolas, y este arte se pierde si ya no hay capacidad de retenerlas. Y se pierde porque ya no se teje ni se hila mientras se les presta oído […] Así se constituye, por tanto, la red que sostiene al don de narrar». Y también: «Las mujeres que guardan silencio son las portavoces de lo ya hablado».

Las mujeres son las que en prioridad están custodiando y transmitiendo la memoria del Cabanyal, ellas que tejen y retejen siempre a la sombra subterránea de las memorias débiles. Por eso, hace falta una topografía del Cabanyal, una narración en la que saber cómo perderse para volver a hilarlo alumbrando sus zonas oscuras antes de que otro tiempo las vuelva a hacer caer en la penumbra.

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Obras citadas
 Walter Benjamin:
«El narrador» (1936)
«La reforma escolar, un movimiento cultural (1912)»
«Metafísica de la juventud» (1913-1914)
 Susan Sontag:
            «Bajo el signo de Saturno». El Viejo Topo, nº 154-155, julio-agosto 2001
 Enzo Traverso:
Els usos del passat: història, memòria, política (2006)

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