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Por la abolición de la crítica musical (tal y como la conocemos)

por | 26 enero 2022 | Opinión

Concha Piquer en "Cantares" de RTVE en 1978. Foto: RTVE.

Que Twitter no es la vida real lo experimentamos cada vez que hay elecciones. Las redes operan en planos diferentes, quizá paralelos. Sin embargo, a veces, como en una película dudosa de ciencia ficción, la membrana que separa las dos dimensiones se quiebra porque patatas y Twitter se acaba filtrando en tu vida de forma grotesca. Como los criptobros; como el desandamiado del vídeo que discute con una mujer en el metro pidiéndole que le diga qué es ad hominem. Esos monstruos de Gramsci que emergen en los claroscuros de la distorsión entre Twitter y la realidad. Otra cosa que se suele filtrar bastante son las polémicas artificiales que, lejos de la pantalla y al contacto con la atmósfera, casi siempre se desinflan. Sin embargo, con el tiempo, hay filtraciones que se adaptan al exterior y, a veces, consiguen perpetuarse en el mundo de las obligaciones como algo periódico.

Perdón, ya llegamos: el debate recurrente sobre Rosalía. Por ejemplo. Un debate que, por cierto, cada vez recuerda más al que surgió con las Hinds hace años. ¿Alguien se acuerda? Me quiere sonar el patrón. En cualquier caso, la falsa polémica de turno sobre lo último de Rosalía se ha convertido ya en una especie de caballo de Troya para el estado de la crítica. La necesidad de posicionarse a toda pastilla para no quedarse atrás guillotina cualquier posibilidad de análisis real y, sin querer, empuja a una superficialidad lo suficientemente veloz como para poder participar y pasar al siguiente tema. ¿Realmente importa el análisis así?

Los tiempos han cambiado. Hace tiempo ya. Y la vieja crítica se ha adaptado regular. La nueva vieja crítica tiene cada vez menos sentido porque tiene cada vez menos valor. Y cada vez tiene menos valor porque la hemos ido despiezando, aligerando y vaciando para poder correr tanto como corren los clics. Estamos en 2022 y parece que todavía no sabemos cómo lidiar con el cambio de paradigma. El periodista, y más concretamente el crítico musical, ya no tiene el poder que alguna vez tuvo; ya no marca tendencias, si es que alguna vez las marcó en este país, y las revistas especializadas han perdido tanta influencia que lo mejor que les puede pasar es que las compre un festival. Negar la desacralización del crítico musical es tan absurdo como empotrarse en el equipo de promoción del artista creyendo que eso nos salvará.

La principal crisis del periodismo es que tenemos que pagar facturas. Y de eso no tiene la culpa Internet. Por cada periodista que le echa la culpa a un blog de música, hay otro cuya crítica del último disco de Leiva es explicar la hoja de promo que hay colgada en Internet. La cuestión es: ¿cuánto periodismo podemos pedir a 15 euros la reseña? No el suficiente, desde luego. Como decía Concha Piquer en aquella entrevista con Lauren Postigo: yo tengo una gran vocación… pero si no gano dinero no me divierto. Así que el dilema del periodista musical es el del secundario de una película de mafiosos, el del que cava su propio agujero a punta de pistola: si se niega a hacerlo morirá de un tiro, y si lo hace, pues también, pero dentro de un rato. La crítica se deshace entre los dedos de los héroes que la sostienen contra su precariedad y los que la perpetúan con la vocación de un franciscano que conserva el derecho de adquirir, pero no para él porque no lo necesita.

El Antiguo Régimen de la crítica resiste al anacronismo como resisten las cosas que todo el mundo sabe que no funcionan: mirando para otro lado y esperando que se arreglen solas. La rueda es tan precaria como familiar y nadie se atreve a evidenciar el drama albergando la misma anquilosada esperanza que albergaron cientos antes que él. Las cosas se arreglarán. No se arreglaron escribiendo gratis, ni a cambio de discos de promoción, ni cobrando una miseria, ni se arreglaron tampoco pagando tú misma las facturas de los phoners, haciéndote colega de los grupos o abriendo un podcast… pero quizá sí con el clic. Aceptamos las reglas del clic porque nos dijeron que nos salvarían, y nos abrimos un Twitter para convertirnos en una herramienta más de promoción. Y programamos nuestras publicaciones. Y las enviamos a través de WhatsApp. Nos hicimos una newsletter… Porque la ley del clic es la ley del capitalismo y en el capitalismo hay que ser el campeón, el mastodonte, el capitán del equipo de fútbol y la jefa de las animadoras. Todo a la vez y viceversa. Así que ahora ya no te pueden decir que te pagan con exposición porque la exposición se la das tú a ellos.

Lo que pasa con el salvavidas del clic y con la industria de la inmediatez es que ambos se venden al mejor postor. Y el mejor postor (y los clics), a veces, lo trae ese músico con el que querías confraternizar y al que ahora le ha caído una columna bien apetitosa en ese medio que a ti te abona el reportaje a lo que cuestan un par de meses de Netflix. Dejamos el periodismo por el clic. Dejaron. Y ahora nos encontramos haciendo artículos de consumo rápido, a la cola de las tendencias; Dolly Parton en 5 canciones, todos los discos de U2 ordenados de peor a peor, 7 cosas que no sabías sobre el Coachella. ¿Habéis escrito estos artículos alguna vez? Disculpad la abrupta intromisión de la primera persona: yo sí y son aburridísimos. Pero se pagan. Y volvemos atrás: el problema del periodismo es que hay que pagar facturas.

Con todo esto, ¿tiene sentido la crítica musical en un contexto en el que le ponemos notas a los discos y sólo suspenden los que no van a leernos? ¿Tiene sentido en una situación en la que está justificado que alguien te pregunte que, si no te ha gustado el disco, por qué escribes sobre él? ¿Realmente importa el análisis musical hoy? Nos vendieron a la inmediatez, la pusimos por delante del periodismo y ahora sólo nos queda correr más que los demás.

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