Nieves Concostrina dirigió entre 2003 y 2012 en Radio 5 el microprograma Polvo Eres, espacio dedicado a abordar el tema de la muerte pasado por el filtro del sentido del humor, ideal para quitarle algo de hierro a la guadaña de la Parca. Anécdotas sobre muertes curiosas, funerales demenciales, y sobre los más extravagantes ritos funerarios de personajes famosos a lo largo de la historia. Pese a la impagable labor de historiografía realizada por la veterana periodista, hubo personajes cuyos obituarios se quedaron irremediablemente en el tintero. Como el de James Brown.
La mañana del día de Navidad de 2006 el mundo se despertaba con la triste noticia del fallecimiento en un hospital de Atlanta (Georgia), a causa de problemas coronarios derivados de una neumonía, del Padrino del soul, lo que ya casi supone para los fans de su música el remate de los excesos de la noche anterior. Si el 25 de diciembre se anunciaba la tragedia, después vendrían dos meses y trece días de esperpento. Fue el lapso de tiempo transcurrido entre el fallecimiento de Brown y su entierro “temporal” (a la espera de construir un mausoleo que pudiese visitar el público) en una cripta propiedad de su hija Deanna en la localidad de Beech Island (Carolina del Sur), su estado natal, el 11 de marzo de 2007. ¿La razón? Principalmente las disputas legales entre Tomi Rea Hynie, la última pareja del cantante (con la que tuvo a James Jr., su último hijo), y los otros seis hijos reconocidos del mismo. Aunque, por otra parte, también costó lo suyo determinar a ciencia exacta la cantidad de descendientes engendrados por Brown, entre reconocidos e ilegítimos. Y mientras las hienas se sacaban alegremente los ojos por un quítame allá esos millones de dólares, Mr. Dinamita reposaba más quietecito de lo que en él solía ser habitual encerrado en un féretro dentro de una habitación a tan baja temperatura que casi podríamos estar hablando de una cámara frigorífica. Aguardando el finado, todo hay que decirlo, sin demasiada prisa por su parte.
Por lo escabroso de la historia, es uno de los episodios relacionados con el de Carolina del Sur que lógicamente, no aparecen ni por asomo en Get On Up (rebautizada en España como I Feel Good), biopic realizado por Tate Taylor en su tercera película como realizador tras la desconocida en España Pretty Ugly People (2008) y la sobrevalorada Criadas y señoras (2011). El film se articula en torno a los dos tópicos fundamentales a la hora de abordar este tipo de historias: el del triunfador hecho a sí mismo que trata de justificar de cara al espectador la concepción de EEUU como la tierra de las oportunidades (léase “el sueño americano” con el que se desteta a la población autóctona en etapa escolar, acompañado de la declaración de independencia, la lista de presidentes, y algo de ketchup), y el del proceso de ascenso, caída y recuperación del mito. Al primero de los tópicos se le añade la leyenda, de raíces literarias con las que nos podemos remontar a los antiguos mitos griegos. No en vano se hace referencia en varias ocasiones a que Brown nació muerto y frío como un cubito de hielo, y que no fue hasta que recibió los primeros cachetes, en que despertó y soltó su primer alarido. Al suceso se le dota de un carácter que unge al personaje de la pátina de héroe destinado a los más grandes éxitos.
Dejando aparte los apuntes hagiográficos inevitablemente ligados a este tipo de biografías fílmicas, lo cierto es que el cantante no lo tuvo nada fácil. Nacido el 3 de mayo de 1933 en las profundidades de la América rural (mala época y lugar para ser negro), hijo de una prostituta alcohólica que abandonó pronto el hogar familiar, Brown quedó al cuidado de su padre, jugador compulsivo que le abandonó a su vez para alistarse en el ejército dejándolo bajo la protección de una tía que regentaba un burdel. Con esos mimbres, no es de extrañar que al cantante fuese condenado por atraco a mano armada antes de cumplir la mayoría de edad. El apunte de todos estos detalles biográficos no resulta gratuito a medida que avanza el metraje, ya que funciona a modo de retrato psicológico constituyendo unos de los mayores aciertos de la película: el haberse hecho a sí mismo explica, aunque nunca justifica, la dificultad para establecer lazos emocionales y el tremendo egocentrismo de un hombre acostumbrado a referirse a sí mismo en tercera persona.
Difícil condensar cincuenta años de carrera en un film de más de dos horas de duración, aunque si se hubiera reducido el metraje en veinte minutos tampoco habría pasado nada, ya que el ritmo se va desinflando hacia la parte final. Por tanto, Taylor se decanta por centrar la acción en su época de esplendor, borrando las última dos décadas prácticamente de un plumazo. De estos tiempos de gloria muestran retazos, siempre sin profundizar, de los episodios clave: su visita a Vietnam para actuar frente a las tropas norteamericanas, sus inicios como cantante de góspel en un coro eclesiástico, o su histórico primer disco grabado en directo en el Teatro Apollo de Nueva York, por pura cabezonería y contra los deseos de los ejecutivos de la discográfica (tuvo que pagar la grabación de su propio bolsillo). Sin olvidar su incendiaria actuación para la grabación cinematográfica TAMI Show donde le toco salir, a regañadientes (“nadie sigue a James Brown sobre un escenario”, fueron sus palabras), antes de unos Rolling Stones que alucinaron ante semejante torrente de vitalidad en directo (tanto fue la humillación que el propio Mick Jagger, quien ejerce de productor de la película, parece no haber olvidado el episodio medio siglo después). Unos directos edificados a modo de ritual salvaje y chamánico donde Brown ejercía de sacerdote oficiando una suerte de catarsis colectiva a través de bailes febriles y de sudorosa sensualidad. Sobre el episodio en cuestión, es más que recomendable la lectura del siguiente artículo escrito por el maestro Diego Manrique.
Además de los Stones, puede disfrutar el espectador de Get On Up de cameos como el de Frankie Avalon o un Little Richard que pese a incendiar clubs nocturnos y sonar en las emisoras de radio locales todavía se ganaba la vida vendiendo hamburguesas (América profunda, años 50, ser negro…ya saben). Y es que Get On Up tampoco obvia las tensiones raciales propias de la época ni el compromiso en ese sentido del primer hombre que se atrevió a cantar alto y claro “Say it loud, I’m black and Im proud” (Dilo fuerte: Soy negro y estoy orgulloso). Todo ello en un film que huye de una estructura lineal, construido a base de constantes flashbacks a modo de episodios introducidos por cada uno de los apodos que recibió Brown a lo largo de su larga y fértil carrera: “El hombre más trabajador del show business” (podía llamar a sus músicos a cualquier hora y cualquier momento para acudir al estudio de grabación, incluso en plena gira), “Mr. Dinamita”, “El Padrino del soul”, etc.
Un Brown que en ocasiones rompe la cuarta pared para interpelar directamente al público, y que funciona en determinadas secuencias a modo de narrador omnisciente, viendo el espectador los acontecimientos a través de su propia visión subjetiva. Es en este tipo de diferencias formales donde Taylor fía el factor diferencial respecto a otro tipo de productos genéricos como pudieran ser, por poner solo un par de ejemplos I Walk the Line (James Mangold, 2005) o Ray (Taylor Hackford, 2004), biografías dedicadas, respectivamente, a otros gigantes de la talla de Johnny Cash y Ray Charles.
Pese a las diferencias en cuanto a forma, el mensaje sigue siendo el de plasmar el trayecto recorrido en cuanto a aceptación popular a través de tres estaciones bien diferenciadas: Revolución/Incomprensión-Aceptación/Éxito-Entronización del mito. Y es que uno de los aspectos que tampoco obvia el film es el del instinto musical revolucionario de Brown, interpretado por un Chadwick Boseman que sale airoso del difícil envite (a este respecto, es recomendable el visionado de la película en versión original, para apreciar el notable esfuerzo vocal del actor). Pocas veces se puede atribuir el nacimiento de un estilo musical a una sola persona. Pero fue Brown a quien se puede atribuir sin complejos el nacimiento del funk, estilo basado en primar el feeling por encima del concepto de la canción, algo que traía de cabeza en sus inicios a los ejecutivos de su discográfica, o del ritmo por encima de la melodía. Y es del funk desde donde bebieron la música disco, el rap, y multitud de estilos gestados a posteriori.
Pese a los evidentes logros, no puede el melómano avezado dejar de tener la sensación de encontrarse ante una versión edulcorada, apta para todos los públicos, de una vida mucho más turbulenta y polémica que la representada. Sus problemas con las drogas, sus denuncias por maltrato a sus esposas, su actitud dictatorial con los miembros de su banda… Aspectos por los que la película pasa de puntillas cuando no obvia directamente algunos de los episodios más difíciles de digerir en ese sentido. En definitiva, un film que puede resultar sesgado o parcial para el conocedor en profundidad de la trayectoria del de Carolina del Sur (como suele suceder en este tipo de biopics), pero que como producto cinematográfico resulta entretenido y bien armado, y puede servir, además de como merecido homenaje, para descubrir y despertar al profano interés por una figura capital en la historia de la música del siglo XX.













