El elegante estertor de la voz de Soledad Vélez es algo que se queda grabado y que es imposible desligar de su música. Su cadencia afectada y las variaciones de frecuencia hacen de ella un instrumento más, el instrumento principal.
Su música siempre ha tenido un claro protagonista, su poderosa voz, pero con el tiempo ha ido aprendiendo, ha ido rodeándose de la gente adecuada y ha conseguido revestir su voz de una cuidada instrumentación que la encumbra hasta las alturas del mejor folk, llegando casi a codearse con las puntas de lanza del denominado neo-folk, tales como son Grizzly Bear y Beach House. Precisamente con estos últimos es con los que hallo más puntos en común, principalmente en la desarmante voz de Victoria Legrand, con la cual, todos los que la hemos oído en directo, hemos sentido un calambrazo por la espalda con su consecuente hormigueo (la sensación física de emoción, supongo), y anecdótica pero no menos interesante, con el parecido físico con la misma Victoria, ¿soy yo, o alguien más ha reparado en ello?
Si me he permitido mentar los nombres de tamañas lumbreras, los “osos pardos” y los de «la casa de playa”, es porque a estas alturas lo poco que tiene que envidiarles Soledad es la escena en la que se foguearon, Nueva York y Valencia tienen poco que ver a la hora de germinar música, y los medios con los que cuentan. Aun así todo son méritos para la chilena, que ha sabido hacerse un sólido hueco en el panorama local y un reconocimiento a nivel estatal más que merecido. Desde la primera vez que servidor tuvo ocasión de verla en aquella segunda edición del concurso de maquetas de Vinilo Valencia, allá por 2010, donde ya en ese momento logró cautivar a los presentes con su poderosa y original propuesta, propuesta que recordaba a unas CocoRosie primigenias (antes de que se convirtieran en un cliché de sí mismas), desde entonces su música no ha parado de crecer y de ganar en matices. Es así como su primer larga duración, después de célebres EP’s, “Wild Fishing” (Absolute Beginners, 2012) funciona de forma sinestésica, evoca desde la portada, el ámbar, naranja y la translucidez melancólica en la que se desdibuja el final del otoño, ese frío-calor que te abraza y te sacude haciendo de ésta la estación más bonita del año, y en su caso el mejor disco de presentación posible.
Ya el año pasado, y siempre acompañada de la guitarra de Jesús de Santos (también encargado de otras cuerdas y de la producción), facturó un disco de inmensa belleza “Run with Wolves” (Absolute Beginners, 2013) cuyos vaivenes instrumentales y vocales se traducen en sacudidas de estremecimiento, fiel ejemplo de ello es “Milky Way” la piedra angular del disco, por la cual se entiende el significado final de la intensidad que en este radica, una pieza fundamental de etéreo esplendor. “How to Disappear” supone además la importación de la nostalgia andina, repleta de charangos que aluden las nevadas cumbres de Sudamérica y su perpetuo silencio, aquel que solo se atreve a romper el gélido viento del Altiplano, ese que es capaz de congelarte el alma de un suspiro, al igual que la música de Soledad.
Foto: Pau Monteagudo











