The BellRays, pasión decibélica

por | 29 marzo 2016 | Cultura pop

A lo largo de sus más de veinte años sobre los escenarios, The BellRays han demostrado un encomiable espíritu de supervivencia que les ha permitido erigirse como una de las pocas bandas que perduran de aquella escena punk que a principios de los 90 revolucionó las soleadas costas californianas.

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2006 fue un año fundamental para la banda angelina; tras la publicación de seis poderosos discos de punk sucio, donde nos regalaron un buen puñado de hits intemporales como aquel “Revolution Get Down” que les llevaría al triunfo mediático, Tony Fate, su carismático guitarrista y líder compositivo, decidía abandonar la banda para embarcarse en su propia carrera en solitario.

Esta circunstancia, que para muchos supondría una herida de muerte, para The BellRays resultó una oportunidad dorada para la transformación hacia un sonido que abrazaría con ardor la elegancia de un soul vibrante, que rememoraba los mejores años de la Motown; eso sí, sin abandonar la fiereza que les había caracterizado hasta entonces. Sin saberlo, habían anticipado la fiebre revivalista que viviría el soul en los años posteriores gracias al éxito comercial que adquiriría la malograda Amy Winehouse; pero es que cuando tienes en tus filas a una cantante con la fuerza y la intensidad de Lisa Kekaula es imposible resistirse a la llamada de la negritud.

De esta forma, en Hard, Sweet and Sticky (Vicius Circle, 2008), su primer disco de estudio sin Fate, la voz de Kekaula toma el mando de unos temas que se mueven entre el rock grasiento que venía siendo habitual en sus composiciones clásicas y un soul más refinado y sensual que sentaba como un guante a su estilo vocal; a mitad de camino entre la Tina Turner más desatada y la Etta James más seductora.

Así nos encontramos con temas de gran octanaje como “One Big Party”, “Infection” o “Psychotic Hate Man”, que se intercalaban con medios tiempos de hondo calado emocional como “Footprints On Water”, “Blue Against The Sky” o “The Fire Next Time”, dando como resultado un fantástico álbum que cristalizaba a la perfección la sintonía entre el rock con las texturas negroides. Visto con perspectiva, este disco suponía la culminación de una búsqueda que la propia banda había iniciado en sus discos anteriores, en los que la influencia del sonido de Detroit se encontraba latente, pero de una forma más anecdótica; para pasar a partir de ese momento a un esplendoroso primer plano.

Cuando ya parecía que The BellRays habían alcanzado su cenit, que habían encontrado su obra maestra, llegaría Black Lightning (Fargo Records, 2010), un álbum que llevaría su propuesta un paso más allá, en el que esa conexión entre el punk rock y el soul se transformaba en algo totalmente integral, dando como resultado unas canciones que son rotundas y furiosas a la vez que elegantes y delicadas.

La banda suena mejor que nunca, con nervio e intensidad, sin dejar ningún resquicio para el tedio y creando el perfecto manto sonoro para que la superdotada garganta de Kekaula se explaye con vigorosa gracia, alcanzando las más altas cotas emocionales. Con temas de la magnitud de “Black Lightning”, “Power to Burn” o la exquisita “Anymore”, el combo californiano crean un jugoso artefacto que alimenta el espíritu a base de decibelios, voluptuosidad y pasión; dando como resultado el mejor disco de su ya larga carrera.

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