¿Por qué se joden los países y se estropean las democracias? ¿ Por qué un grupo de éxito tan fulgurante como The House of Love cayó en la irrelevancia? Resulta complicado percibir los cambios de la dirección del viento cuando uno está inmerso en sus diatribas internas. A pesar de la excelente Conjura de las Danzas de Jorge Albi y del riesgo y la calidad de la programación de Arena en Valencia la segunda mitad de los ochenta no fue una época fácil para la música de guitarras ni para el Estado del Bienestar. Lyotard, Foucault y compañía decretaron el final de las grandes relatos de la modernidad, Vattimo apostó por el pensamiento débil, Margaret buscó en su bolso y no encontró nada que se pareciera a la sociedad o a la compasión y The Cure certificaron con Disintegration que el mundo sólido se desvanecía en el aire.
Los días lluviosos de Glasgow nunca fueron un gran consuelo. La crisis golpeó con dureza las comarcas mineras y las ciudades de la primera industrialización. Los hermanos Reid, cansados de aburrirse, quedaron con su amigo Bobby y empezaron a componer piezas de pop ruidoso que conectaban con The Velvet Underground, con los MC5, Phil Spector o Brian Wilson. Esa reinterpretación de influencias pretéritas se convirtió en rasgo generacional. El futuro, por mucho que le pesará a Mark Fisher, había dejado de ser un lugar atractivo. El House de Chicago ganó posiciones.
De tanto en tanto el fantasma de la revolución recorre Europa y nos pilla mirando al lugar equivocado. La pulsión por alargar el verano de Ibiza desbordó la escena de clubs y terminó incendiando la autopista M25. La década de las hombreras, las vanidades, el egoísmo yuppy y las primeras privatizaciones se acercó al ocaso y las fiestas ilegales, esas zonas temporalmente autónomas, comenzaron a proliferar como champiñones. Hasta tres millones de jóvenes británicos pudieron participar en estos motines hedonistas y químicos de fin de semana. El cielo encapotado trajo olor a fin de época, Mac y Windows se prepararon para las hostilidades y Gorbachov vio con pavor como su Perestroika descarrilaba. La Historia cogió velocidad.
El 9 de noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín. Para entonces, unos chavales inquietos de Salford habían conseguido la síntesis del baile, la diversión, las guitarras y los dolores de estómago. El techno de Detroit, ese blues negro y maquinal de la desindustrialización, encontró acomodo en los hangares del Berlín recién conquistado. Pronto esas músicas de ritmo sintético reforzaron las maletas de los deejays. Gente de fiesta 24 horas proclamaron con arrogancia los Happy Mondays desde un Manchester eufórico. Los periódicos sensacionalistas de la derecha y algunos tories irritados pidieron a gritos medidas contundentes para sofocar la revuelta.
Camden Town se ha gentrificado mucho, pero aún hay rincones que siguen oliendo a cebolla frita, aceite de mantequilla caliente, orín y excitación juvenil. Cuenta Wikipedia que un Guy Chadwick ya treintañero decidió montar un grupo tras ver a The Jesus and Mary Chain en el Electric Ballroom, en el 184 de Candem HIgh Street. Para esta aventura contó con algún conocido y recurrió a un anuncio en el Melody Maker para completar la formación. De esta forma conoció al certero guitarrista Terry Bickers. El amor por la psicodelia, por The Velvet Underground, por The Kinks, por los Beatles y los Stone y por las canciones con ambición literaria los acercó al catálogo de Creation Records. Alan McGee los fichó, se convirtió en su manager y al poco los traspasó a una multinacional. Habían encontrado su lugar.
Canciones trepidantes y medios tiempos, líneas melódicas ensoñadoras, una voz cálida de corte confesional y estribillos infalibles forjaron un temario muy atractivo. Los de Camberwell resultaron menos ariscos que los Mary Chain y más vigorosos que The Weather Prophets, Felt o los Primal Scream del álbum de debut. Su capacidad para componer hits les hizo habituales de los charts independientes. Desde Manchester, Seattle y Boston llegaron avisos de que todo podía cambiar en cualquier momento, pero ellos no los percibieron. Las drogas, los egos, los excesos y el éxito mal digerido provocaron una guerra intestina. En plena gira Chadwick despidió a Bickers dos meses antes de que publicaran en Fontana el álbum de la mariposa (1990).
La banda remozada siguió adelante y consiguió publicar Babe Rainbow en 1992. No era un mal trabajo, contenía canciones atractivas como Feel o You Don´t Understand pero el mundo era ya un lugar distinto. Loveless, Bandwagonesque, Nevermind, Doolittle, Ten, Screamadelica, Blue Lines, Slanted and Enchanted; la geografía de la nación alternativa redibujó sus contornos y ellos quedaron relegados. Los problemas en el grupo continuaron y un año después, tras grabar con urgencias Audience with the Mind ( 1993), la aventura se acabó.
Lidiar con el desinterés del público y de los medios de comunicación no debe ser fácil cuando se ha disfrutado del abrazo embriagador del éxito. Las dinámicas del mundo del pop pueden resultar de un darwinismo cruel. La ruptura del grupo les terminó pasando un alto coste emocional. Chadwick y Bickers lo intentaron por separado, el primero con disco firmado en primera persona y el segundo dentro de Levitation. Consiguieron poca cosa, su tiempo había pasado. Durante la década de los dos mil los viejos rivales firmaron la paz, protagonizaron varios regresos y hasta grabaron tres discos de escasa repercusión.
El ciclo de las modas tiene dinámicas inesperadas. Aunque resulte paradójico, en las últimas temporadas el shoegaze, el dream pop y cierto pop ensimismado han encontrado una audiencia centennial en TikTok, en las playlist de Spotify y en las recomendaciones de Youtube. Por otra parte, los buenos resultados económicos de la industria de la nostalgia han recuperado propuestas que creíamos poco atractivas para el negocio ¿Se imaginan que aquel juguete averiado antes de tiempo y con tantas gemas pop vuelva a deslumbrar? El próximo 25 de septiembre, en el 16 Toneladas de Valencia, tenemos una cita con sus canciones más celebradas. No hemos perdido la esperanza.










