Trump, el nacionalpopulista que conspira contra EEUU

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En 2011, durante la cena anual para corresponsales de prensa en Washington D.C., el presidente Barack Obama humilló públicamente a Donald Trump, que acudía a la misma como empresario. Aquella ofensa fue, según The New York Times, lo que precipitó al actual presidente a presentarse a las elecciones de 2016. Trump patrimonalizó aquel agravio personal, lo extendió a una parte de la mayoría blanca estadounidense y fagocitó al Partido Republicano para convertirse en candidato a la Casa Blanca. Los Estados Unidos de Ámerica acababan de iniciar algo más que una nueva era en el péndulo histórico “integración-exclusión”.

trump-obama Foto: US Department of State. Creative Commons

 

Trump ganó las elecciones estadounidenses en 2016 con el lema nacionalista America First. Cuatro años después los EE.UU. cuentan con la mayor tasa de desempleo desde la Gran Depresión de 1929, una gestión errática de la crisis de la Covid-19 que se ha cebado con las minorías raciales, la Guardia Nacional en las calles por una revuelta social provocada por un racismo sistémico y un país dividido. Este es, por ahora, el legado Trump.

Uno de los pilares fundamentales del Estado es que los derechos individuales no dependen de la etnia, el sexo, la religión o la lengua, los derechos son cívicos y universales, pero los nacionalismos excluyentes son, en esencia, monolíticos. En los EE.UU. ha existido tradicionalmente una clara distinción entre etnia y ciudadanía, cada uno se podía declarar orgulloso de ser irlandés, alemán, polaco, latino, judío, asiático o afroamericano, pero todos sentían, en mayor o menor medida, una pertenencia común al proyecto nacional. Ahora, el discurso populista de Trump arrasa con los cimientos de esta, ya frágil, convivencia común multiétnica que encontró en la elección de Obama un símbolo, quizá más cosmético que real, de normalización.

Halcones republicanos con políticas exteriores intervencionistas, algunas golpistas, y desestabilizadoras del orden mundial como Reagan o los Bush, no acometieron políticas de confrontación racial explícitas como las que ha alentado y normalizado Trump, desde 2016, cuando sus acólitos del supremacismo blanco salieron a las calles con total impunidad, lo que convierte el trumpismo en una doctrina política personalista, solo comparable a los años duros de Nixon con Kissinger y Kevin Phillips como asesores, fuera del status quo bipartidista. Un ejercicio de nacionalpopulismo que, además de mostrarse más eficaz generando conflictos que resolviéndolos, hace tambalear la división de poderes, y los habituales pesos y contrapesos del Gobierno Federal. En definitiva, una amenaza insólita para los principios constitucionales y la paz social estadounidense.