Un mal español

por | 16 febrero 2015 | Reportajes

El 16 de febrero de 1965 Luis García Berlanga era homenajeado en París con motivo del Premio del Humor Negro que le había sido concedido por la Academia Francesa del Humor. La institución, fundada  en 1930 por el dramaturgo Romain Coolus y el humorista y crítico culinario Maurice Edmond “Curnosky” Sailland, ha contado a lo largo de su historia con miembros como Jean Cocteau, Charles Chaplin, o el español Ramón Gómez de la Serna. 

El galardón al director valenciano le fue concedido no tan solo por su obra cinematográfica hasta la fecha, sino, en gran medida, como reconocimiento fuera de nuestras fronteras de su obra El Verdugo, el inteligente y despiadado alegato contra la pena de muerte estrenado dos años antes y que tuvo que sufrir la polémica, el escándalo, e inevitablemente, los rigores de la censura.

El Verdugo se inspira en una historia real: “Un amigo mío, abogado, me contó que le había tocado ir de oficio a la ejecución de un reo, de una mujer (Pilar Prades, “La Envenenadora de Valencia”, la última mujer ejecutada en España) que había envenenado a sus compañeras de trabajo, todas cocineras, porque ella quería servir  a sus señores en exclusiva. La ejecución fue terrible porque, estando la mujer relativamente tranquila, el verdugo empezó a encontrarse mal. Tuvieron que inyectarle algo contra los nervios y, al final, prácticamente tuvieron que arrastrarle hasta el lugar de la ejecución.”, contaba Berlanga en El último Austro-húngaro: conversaciones con Berlanga, de Juan Hernández Les y Manuel Hidalgo (Anagrama, 1981).

El guión de Berlanga y Rafael Azcona consiguió en un  principio burlar los rigores de la censura previa, pese a restricciones absurdas como suprimir “la sugerencia de certificado de afecto al régimen”, “la sonrisa del verdugo con los guardias civiles”, o “la presencia de señoras en la ejecución”. Años más tarde, se comentaría que una de las principales tácticas de Berlanga para burlar la censura consistía en meter una barbaridad inasumible para los censores a fin de que concentrasen en ella las tijeras, y así las soterradas cargas de profundidad del resto del guión lograsen pasar inadvertidas.

Una vez finalizado el film, el director de la Mostra de Cine de Venecia, Luigi Chiarini, de viaje por Madrid, visiona una serie de películas con destino a la selección oficial del festival. Inmediatamente Chiarini queda prendado de El Verdugo, en contra de los deseos de José Mª García Escudero, Director General de Cinematografía, el cual, más perspicaz que los rígidos y obtusos censores franquistas, y consciente de la polémica que podía generar la cinta a nivel internacional, trató de imponer como seleccionada la película “Nunca pasa nada” de Juan Antonio Bardem, historia de amor frustrado con tintes costumbristas ambientada en la España profunda.

Como decisión salomónica, se opta por enviar las dos películas a concursar a la sección oficial, y las predicciones de Escudero no tardan en cumplirse. Después de una proyección privada, previa al estreno en el festival, en la residencia del embajador español en Roma,  Alfredo Sánchez Bella, este último estalla, pues ve en la cinta un claro ataque al régimen franquista, y en Berlanga, no solo a un comunista subversivo, sino a “un autodidacta desgarrado, un tanto anarquista, que aspira a la notoriedad y al triunfo a cualquier precio”.

Y es que 1963 no estaba siendo un año especialmente propicio para el régimen en cuanto a las presiones internacionales para que aboliera la pena de muerte. A la ejecución de Julián Grimau, responsable de la organización interior del Partido Comunista, fusilado en Madrid el 20 de abril, se sumaban las de los anarquistas Francisco Granados y Joaquín Delgado, ejecutados el 18 de agosto después de haber sido condenados bajo la acusación de colocar bombas en la Sección de Pasaportes de la Dirección General de Seguridad y en la Delegación Nacional de Sindicatos. Tiempo después se demostraría la inocencia de estos dos últimos, cuando evidentemente, ya era demasiado tarde. Cosas de la pena de muerte…

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Tras la lluvia de improperios que Berlanga tuvo que aguantar estoicamente tras la proyección, el embajador remitió una durísima carta contra la película dirigida a altas instancias del régimen. Berlanga sostendría, años más tarde, que en realidad la película fue utilizada como arma arrojadiza en la campaña de Sánchez Bella para sustituir a Manuel Fraga al frente del Ministerio de Información y Turismo.  Florentino Soria, en aquella época Subdirector General de Cinematografía y Teatro,  señalaba: “Se atacaba la política de apertura cinematográfica de Fraga, que por supuesto no era de Fraga, sino de García Escudero. La carta fue una pequeña bomba, ya que Fraga tenía que actuar políticamente a la defensiva, y al mismo tiempo al ataque. Entonces, claro, la víctima no tenía mas remedio que ser El Verdugo”.

Tras el paso por Roma, el equipo se dirige a Venecia. Según recordaba posteriormente Ricardo Muñoz Suay, ayudante de dirección en la película: “En Venecia había un clima cargado, y no solamente por los grupos anarquistas, sino también de izquierdistas y progresistas, contra la pena de muerte, contra Franco. En Italia, precisamente, a Franco le llamaban El Verdugo…”. Berlanga añadía: “Cuando íbamos a la proyección nos encontramos con una manifestación anarquista, porque un mes antes habían dado garrote vil a dos jóvenes anarquistas en España. Mientras se cernía sobre nuestras cabezas la posibilidad de ir a Carabanchel, en Venecia, curiosamente, éramos insultados y apedreados por la izquierda, que aún no había visto la película, porque se nos consideraba representantes del régimen”.

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En España, reunido de urgencia el consejo de ministros, y ante las voces de algunos de los allí presentes acusando a Berlanga de comunista, Franco pronuncia una sentencia que queda para la posteridad: “Berlanga no es un comunista, es algo mucho peor: es un mal español”. Ante el escándalo internacional que podría suponer retirar la película del festival, se opta por mantenerla en el certamen, no sin antes apercibir tanto a director como al resto del equipo de abstenerse de cualquier tipo de comentarios contra el régimen durante entrevistas promocionales y rueda de prensa posterior a la proyección. Durante el pase de la cinta, el festival, que no quería ningún tipo de escándalo, llegó a introducir en la sala a más de 200 agentes para tratar de preservar el orden. Tal y como explica Francisco Perales en su libro Luis García Berlanga (Catedra, 2011), tras la proyección “Al equipo de la película se le llegó a aconsejar que cogiera el primer avión que hubiera disponible y regresara a España lo antes posible. Muñoz Suay tuvo que acudir al director de la Mostra y dejarle una carta donde se decía que si al volver a España era detenido o le ocurría algún percance la responsabilidad era, exclusivamente, de Sánchez Bella y García Escudero”.

Pese a que El Verdugo consiguió alzarse con el Premio de la Crítica en el festival, a su regreso a España, Fraga aguardaba tijeras en ristre, y la suerte comercial de la película dentro de nuestras fronteras estaba echada. Tal y como explica Carlos Balagué en su libro “El Verdugo/con la muerte en los talones” (Libros Dirigido, 1998): “Las consecuencias de Venecia se dejaron sentir de inmediato sobre El Verdugo, que vio aligerado su metraje en cuatro minutos y medio con un total de diecisiete cortes.” Entre ellos, algunos tan absurdos como todas las veces en las que el protagonista, Nino Manfredi, habla de marcharse a Alemania, los ruidos que hacían los hierros del garrote vil dentro del maletín del verdugo, así como la escena en que los funcionarios de prisiones preparan el garrote, y el plano en el que Manfredi se ve cara a cara con el condenado, interpretado por Manuel Aleixandre.

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Además, la película no fue estrenada en Madrid hasta febrero del año siguiente, donde permaneció menos de un mes en cartel (los exhibidores habían recibido ordenes de no mantenerla en cartel más tiempo), y no fue hasta tres meses más tarde cuando llegó de forma casi inadvertida a otros puntos del país. El propio Berlanga vería confirmadas años más tarde sus sospechas acerca de presiones a los exhibidores: “El mismo día que se estrena la democracia en España, coincido en un cocktail con una persona que había estado muy dentro de la Dirección de Cine. Y por ella me entero de que cuando se estrena El Verdugo, ya después de esos cortes y de un tiempo en que la película está aparcada, los empresarios confirmaron haber recibido orden de retirarla pronto de sus cines. Cosa que les debió alegrar, porque no me parece que fuera mucha gente a verla”. El reconocimiento de la Academia Francesa del Humor, fue, pues, una forma de resarcirse del maltrato que había sufrido la película en un país donde la libertad de expresión era considerada anatema. Un país en blanco y negro al que cincuenta años más tarde se corre el riesgo de regresar.

Aunque nadie duda hoy en día en calificar El Verdugo como una de las obras maestras del cine español, a las pruebas nos podemos remitir al afirmar que su capacidad crítica y humor negro resultaron subversivas para con la sociedad de la época. Pero en lugar de considerarla como un retrato de una oscura época del pasado, hay que admitir que el retroceso legislativo en cuanto a derechos sociales y a la espada que actualmente pende, de forma más o menos soterrada, sobre la libertad de expresión, nos conducen por una senda igualmente oscura.

La instauración de la Ley de Seguridad Ciudadana, que limita aspectos como el de reunión y manifestación, la reciente reforma del Código Penal, que introduce la cadena perpetua (perdón, “prisión permanente revisable”), la nueva ley de propiedad intelectual, que entre otros aspectos limita el acceso a la cultura y restringe el derecho a la información, son claros ejemplos de medidas restrictivas hacia un panorama social que, como la España de El Verdugo, también reclama cambios. Como claro ejemplo del afán de la maquinaria estatal de reescritura de la historia y reinterpretación de la realidad social, es recomendable la escucha del siguiente microrrelato sonoro de Santiago Alba Rico.

Sin embargo, el siglo XXI ha impuesto una forma de autocensura eficaz, extendida, y que no precisa de legislación alguna. Según la define Marcel Gascón: La corrección política es la forma de censura más sutil y eficaz del mundo libre. Concepto, el de la corrección política, basado en la Hipótesis de Sapir- Whorf según la cual el lenguaje no actuaría como mera capacidad descriptiva de la realidad, sino como conformador de la realidad misma. Lo que se dice es lo que existe, y existe tal y como se dice, y lo que no se dice, no existe, o bien se hace como si no existiera, una teoría en la que se mueve como pez en el agua la ideología neoliberal.

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Moderación salarial, movilidad exterior, medidas excepcionales para incentivar la tributación de rentas no declaradas, reformas estructurales… Les suena ¿verdad? La corrección política, mientras trata de imponer un lenguaje (cotidiano, creativo, artístico) no ofensivo, busca eliminar cualquier atisbo de capacidad crítica, y crear una sociedad anestesiada y dócil, tan poco molesta como puede ser el incómodo ruido de los hierros de un verdugo dentro de su maletín. Una sociedad en la que el Estado de forma paternalista, y no el criterio propio de cada uno, se encarga de etiquetar quién es un buen o un mal español.

Hoy en día puede parecer asombroso que una Academia del Humor pueda conceder premios, cuando lo que parece estar de moda es coser a tiros a los humoristas, o advertirles sobre cuales deben ser los límites de la libertad de expresión (¡ninguno!) buscando también eliminar al bufón con derecho a reírse del rey y decirle lo que nadie más  se atreve a decirle. Del humor fino, sutil o negro como el que utilizaron Azcona y Berlanga en El Verdugo, al más bestia o surrealista, tan solo es humor al fin y al cabo, y no tiene más capacidad para ofender que la que uno quiera darle. Una Academia del Humor, por cierto, en la cual la planta baja de su antigua editorial está ocupada hoy en día, como triste y amarga ironía, por un Starbucks.

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Archivo fotográfico: berlangafilmmuseum.com

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