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València 2001-2017: Estado de la cuestión (Parte I)

por | 22 mayo 2017 | Reportajes

Resulta paradójico que el recorrido del mundo musical del siglo XXI pueda resumirse con dos canciones que pertenecen al siglo XX. A principios de siglo resultaba más que evidente que los tiempos estaban cambiando, como cantaba cierto reciente Premio Nobel de Literatura. Por una vez, el tan plácido y hasta el momento previsible mundo de la música dejaba de girar tranquilamente sobre sí mismo y salía de su órbita para avanzar en dirección desconocida. 

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Hacia el abismo, profetizaban tirándose de los pelos los gerifaltes de una industria prácticamente extinta. Por fin, hacia alguna parte, susurraban a riesgo de morir lapidados aquellos que nunca habían participado del reparto del pastel. Lo cierto es que más de tres lustros después, para bien o para mal, el futuro ya está aquí, como cantaron en su día alegres y desenfadados ciertos mitos de La Movida.

No es que el modelo esté cambiando, sino que ya ha cambiado, amén de la irrupción de nuevas tecnologías, la eclosión de festivales, el retorno para quedarse del eterno do it yourself, y la aparición de nuevos e incontables estilos que deslumbran por sorpresa para quedar totalmente demodé a la velocidad de un click. Sobre si el modelo actual va a ser la pauta a seguir en los últimos años o bien seguirá mutando nuevamente en dirección desconocida, tan solo hay una cosa tan cierta como que el cielo es azul o que el agua moja: la incertidumbre total. Como también es cierto que de momento carecemos de la suficiente perspectiva histórica como para juzgar en su plenitud una época de cambio en la que el siglo anterior todavía no acaba de extinguirse y el nuevo todavía no goza de la suficiente entidad como para mirar de tú a tú a la centuria a la que ha sucedido.

“Es el cambio, el cambio continuo, el cambio inevitable, el factor dominante de la sociedad actual”, que decía el bueno de Isaac Asimov. Y si esos cambios que han desembocado en un cambio de paradigma a escala global desde luego no han pasado de largo a orillas del Turia, ya saben, en las tierra de las flores, la luz, el amor y la corrupción que, según la fraseología popular, viene a ser como la paella: como en Valencia, en ningún sitio. Pero no nos vayamos por las ramas. ¿Cómo ha afectado esa evolución del panorama musical a la escena musical valenciana? Recuerda servidor una conversación mantenida con Remi Carreres, miembro de formaciones míticas como Glamour o Comité Cisne. Cuestionado por los días de gloria de aquella Movida Valenciana, el genial músico, poco dado a vivir de la nostalgia, no tenía complejos a la hora de desmitificar el asunto: “No te creas, mola más ahora. Hay muchos más grupos, y encima mucho mejores”. Sin poner en duda las palabras de Carreres, lo cierto es que la sobreabundancia no ha comportado una mayor repercusión que en épocas pasadas, que tenga su origen en una tierra en la que la industria musical ni está ni, de momento, se la espera. Entonces, puestos a analizar el recorrido en lo que va de siglo, ¿nos espera un futuro de color de rosa, negro como el betún, o ni tanto ni tan calvo?

AL HABLA CON CÉSAR CAMPOY (LAS PROVINCIAS), EUGENIO VIÑAS (CULTURPLAZA) Y RAFA RODRÍGUEZ (VERLANGA)

No nos precipitemos y echemos un vistazo a las cartas que están sobre la mesa. Para Rafa Rodríguez, director de la añorada revista cultural valenciana Verlanga, la evolución ha sido positiva: “Siempre ha habido grupos haciendo cosas interesantes, promotores jugándose el dinero, canciones estupendas y discos que vale la pena comprar. Y siempre lo habrá. Si hablamos de temas de repercusión o rentabilidad económica, igual de complicado que siempre. Pero no menos que la escena teatral, literaria o audiovisual, por poner tres ejemplos”. Por la misma senda discurre la opinión de Eugenio Viñas, redactor jefe de CulturPlaza. Para Viñas la evolución del panorama musical valenciano en lo que va de siglo: “Ha sido hija de su tiempo. Influida estilísticamente por ese coleo indie y britpop de los 90, influida por la consolidación, explosión y burbuja de los grandes festivales e infuida por la crisis económica por la que cualquier pueblo pasó de tener su noche –o noches- de música en directo a no tener nada. La tradición musical de la Comunitat genera una base fundamental de conocimiento e interés en el ámbito (sociedades musicales, conservatorios, bandas, orquestas…), aunque está completamente descuidado en el nivel educativo regular. Sin embargo, eso, unido a una sociedad del bienestar más o menos estable, con una juventud que puede permitirse hacer vida en locales de ensayo, da como resultado durante ese periodo un número de grupos, artistas (y locales de ensayo activos también) desproporcionado con respecto a cualquier otra región española. En ese periodo hay una súper población de bandas, muchas más de las que ocupan un cartel, pero con una desproporción inversa en la consagración de una escena influyente a nivel estatal”.

Coincide en el aspecto de la repercusión César Campoy, veterano periodista musical, colaborador en la actualidad de publicaciones como Efe Eme y Mondosonoro y director de la sección Banda Sonora para Las Provincias: “Salvo contadas excepciones, la mayoría de los artistas valencianos apenas ha tenido repercusión fuera de nuestras fronteras a nivel comercial o mayoritario. Esta característica ha perdurado, de la misma forma que, con respecto a la última década del siglo XX, se ha mantenido, prácticamente, la media de bandas en activo. Eso sí, muchas de éstas se han desarrollado con más rapidez gracias a la información de que disponen (el mundo globalizado y al alcance de todos a través de las nuevas tecnologías). Esto ha hecho que muchos de los artistas jóvenes muestren una amplitud mayor a la hora, tanto de componer, como de tocar. El nivel de calidad y destreza interpretativa –en este aspecto coincide con Carreres- afecta, hoy en día, a un porcentaje mayor de músicos, en comparación con el inicio del siglo. Sigue habiendo sellos, sigue habiendo salas, hay muchos más festivales, estudios de grabación y discos publicados (eso sí, pocos de ellos en formato físico), pero la trascendencia de nuestros grupos sigue siendo la misma que en los 90 del siglo pasado, es decir, muy limitada. Sigue sin haber una conexión directa, normalizada, rutinaria. El público en general, el ciudadano medio, sigue sin asimilar y aceptar la música moderna valenciana como parte de esa sociedad. Aquí radica el meollo de la cuestión. No hay más. Y hasta que ese ciudadano medio no acepte nuestra música como parte habitual y rutinaria de su vida, no se producirá ese proceso de normalización que vive cualquier sociedad de cualquier país”.

Es en uno de los aspectos destacados por Campoy, el de la irrupción de las nuevas tecnologías, uno de los aspectos en que la evolución ha quedado más marcada. Las descargas (legales o no) que auguran una próxima desaparición de formatos físicos más allá de las vías del coleccionismo, las plataformas de streaming, las diferentes aplicaciones y programas que permiten grabar de forma propia el material a editar con calidad más o menos discutible… ¿Ha habido en València una industria musical capaz de desarrollarse de acuerdo a los nuevos tiempos? Viñas lo tiene claro: “No la ha habido. Tampoco sé si es justo exigirle a la industria local un cambio de modelo de negocio que la industria de la música internacional no ha logrado. Es el fracaso de un modelo comercial que todavía no se ha adaptado al nuevo marco. Ha cambiado todo: el acceso a medios técnicos de grabación, la cantidad de productores, los métodos de financiación, el peso de las multinacionales, la reubicación de los sellos independientes, la percepción del público con respecto al músico… y, por supuesto, la forma de consumo”.

Campoy también concede a las nuevas tecnologías un papel clave en la evolución, aunque a su juicio no haya servido para mejorar la viabilidad de la escena, o para crear una industria donde no la hay: “Las nuevas tecnologías han democratizado, hasta cierto punto, la escena. El proceso de grabar y disponer de un disco se ha abaratado, incluso el músico, con un poco de destreza y pasión, podría ser el protagonista de todo el proceso (desde la concepción de la creación, hasta su edición, el diseño de la carpeta y la promoción). En Valencia nunca ha habido una industria musical consolidada, en el sentido estricto del concepto. Ahora, mucho menos. El término «industria» debería suponer un negocio o actividad económica continuado, con evidente repercusión en la sociedad en la que se desarrolla, y, hoy en día, son pocos los actores de la escena valenciana que pueden afirmar que viven de una manera digna y continuada de su trabajo o, mejor dicho, del trabajo con el que se sienten a gusto. Si la infraestructura musical valenciana no ha sido asimilada por la población en general, es difícil que podamos hablar de una industria desarrollada”.

Rodríguez, por su parte, también incide en la idea de que, independientemente de la revolución tecnológica, hablar de industria musical valenciana es poco menos que hablar de una entelequia: “El gran problema de València en ese sentido es que el concepto de industria asociado a la cultura nunca se ha desarrollado, no sé si por falta de medios o iniciativa. Desde muchos entornos (incluido en ocasiones el de los propios interesados) se ha confundido la cultura con el entretenimiento (dos conceptos que pienso que pueden y deber ir de la mano, pero que no son lo mismo) y por extensión y más peligroso con el ocio. Y es curioso porque esa confusión para a ser solo formal. Nadie concibe que los negocios desarrollados alrededor del entretenimiento y el ocio no tengan una compensación económica en todos los implicados. Con la cultura no ocurre eso”.

Puesta ya en tela de juicio la mera existencia de una industria musical valenciana, lo cierto es que no faltan los ejemplos de intentos fallidos por crearla en lo que va de siglo. Por centrar la atención en las intentonas llevadas a cabo por la administración anterior durante la década pasada, según su peculiar y a la postre catastrófica concepción de la cultura como otro gran evento más, ahí tenemos los casos del Heineken Greenspace, espacio de titularidad municipal en la calle Juan Verdeguer (hoy en día Las Naves) que se mantuvo a flote de 2005 a 2009 o el MTV Winter, festival que gozó de cuatro ediciones en la Ciudad de las Artes y las Ciencias entre 2008 y 2011 a razón de un millón de euros de desembolso (cada edición) por parte del Ayuntamiento al canal de televisión. Según Rodríguez«Aquellas experiencias, ateniéndonos al plano estrictamente musical, permitieron ver actuaciones que hoy pueden sonar imposibles, pero en muchas ocasiones las condiciones (acústicas, logísticas, de comodidad, de atención por parte del público) no eran las idóneas”.

Campoy, por su parte, destaca el aspecto económico de aquellas experiencias: “Aquella etapa fue fructífera, porque había dinero. Así de simple. Estos grandes acuerdos entre Administración y empresas privadas son muy peligrosos. Heineken Greenspace y MTV Winter son dos casos diferentes, no obstante. El primero tenía vocación de continuidad y no era tan ambicioso como el segundo, pero ambos contribuyeron a que artistas de primer nivel visitaran Valencia. ¿Eran imprescindibles? Hasta cierto punto. Antes de su puesta en marcha, los grandes artistas ya visitaban nuestro territorio. Por otra parte, ¿hasta qué punto debe destinarse dinero público a pagar grandes cachés? ¿Cuántas actuaciones culturales sensatas, encaminadas a potenciar a nuestros artistas, a tratar de educar a las nuevas generaciones en el respeto, el interés y el amor por la música, se podrían llevar a cabo con el millón de euros que nos costaba el MTV Winter?”.

Viñas responde involuntariamente a la respuesta de Campoy al aportar su visión del asunto: “En ambos casos no fueron patrocinios puros, precisamente. En el caso de Heineken fue más bien una colaboración de espacio público. En el caso de MTV Winter se pagó con dinero de la ciudad: un millón de euros netos, sin añadir costes derivados de seguridad y limpieza. Bastante caro para una noche de conciertos, pese a los nombres, pero se pagaba la promoción mundial y televisada del complejo Calatrava. Es una etapa ajena al interés artístico, donde se tiene en cuenta más bien el aspecto turístico y el efecto político. Es decir, que no podemos comparar la promoción privada de Arena Auditorium y los 80 con el suceso turístico del MTV Winter”. Una vez más, la política de escaparate, la propaganda del som els millors del món a costa de los depauperados bolsillos de los ciudadanos, que ya en aquella época comenzaba a sufrir los estragos de las crisis económica.

Sin embargo, entre festivales anda el juego, y es que si por algo se ha caracterizado este principio de siglo es por la eclosión de certámenes musicales. Los más viejos del lugar tal vez recuerden la burbuja festivalera que tuvo lugar a finales de los noventa del siglo anterior y principios de la primera década del presente siglo, con su consiguiente estallido. Lejos de haber aprendido (“Nuestra vida es un círculo dantesco”, Valle Inclán dixit), la historia se repite, y hoy en día tenemos festivales por doquier de todos los colores: urbanos, en la costa, de pequeño formato, clónicos, para todas las edades…elija el suyo a la carta. ¿Estallará de nuevo la burbuja? Viñas responde a la gallega: “¿No ha estallado ya? Diría que sí, dado que ese gran número de festivales ya hace que no sea rentable. No son burbujas aisladas. Los mismos inversores que años antes hubieran metido pasta en el ladrillo tienen ahora seis o siete festivales por España. Los mismos. No pocos de ellos, a base de dinero y con el poder intelectual que da la diversificación, tratan con especial mimo a artistas y prensa, dejando al público al pairo. Al pairo de un sonido entre indeseable y poco idóneo, al pairo de sus criterios artísticos, al pairo de condiciones de todo tipo. La ley se lo permite y el consumidor también. La presencia masiva en festivales, quizá como toda presencia masiva, es una consecuencia de otro tiempo, pero también sostiene –a duras penas- el frágil sistema económico de algunos artistas. Lo interesante, lo que al público le puede llevar a una nutrición más poderosa a través del arte de la música, como antes, como siempre, está en el underground”.

Campoy aborda la cuestión desde un punto de vista sociológico: “Una de las características del nuevo modelo de consumo tiene que ver con la inmediata caducidad de las creaciones artísticas, y su rápida pérdida de valor, producidas, tanto por la avalancha de información de que disponemos, como por la poca paciencia del consumidor medio. Dichas creaciones artísticas son increíblemente efímeras. Además, el consumidor se ha vuelto más cómodo. Y el modelo de festival funciona por lo que de comodidad supone para ese consumidor no habitual de las salas de conciertos. Estoy convencido de que, si el número de eventos de este tipo sigue creciendo, acabará colapsando”. En ese aspecto, el de la coexistencia entre las salas de conciertos y los festivales, Rodríguez apunta a un curioso fenómeno de retroalimentación: “Últimamente se está produciendo un fenómeno que me parece muy preocupante y es que la programación en salas se está festivaleando. Grupos que funcionan bien en taquilla y que visitan València dos veces en el mismo año, incluso sin disco nuevo que presentar. Y llenan. Eso tiene el riesgo de crear una inercia similar a la que está afectando a muchos festivales en los que los carteles clónicos están a la orden del día. Y no hay que olvidar que los bolsillos no están para muchas alegrías, y un espectador en estos conciertos que menciono son dos menos en uno de mayor riesgo por parte del promotor”.

Y es que tal vez esa masificación de festivales tenga algo que ver con la progresiva ausencia de grandes nombres en las salas de conciertos, presencia que de nuevo los más viejos del lugar recordarán como perteneciente a épocas cada vez más sepultadas en el olvido. Amén de que las salas de conciertos no pueden competir con los festivales a la hora de extender talonarios con los que pagar el cache de las figuras internacionales, si esas grandes estrellas ya se pueden disfrutar en los escenarios de los festivales, ¿para qué pagar por ellos para verlos en una sala de conciertos? ¿Podrían ser esas las causas de que las estrellas de la música ya no cuenten con Valencia como lugar de paso durante sus giras internacionales? Campoy es menos dado a hacer cábalas en ese sentido y basa su respuesta en una mera cuestión económica así como de infraestructuras: “Que un artista internacional de renombre comercial o trascendental en la historia de la música moderna actúe en un lugar es, hasta cierto punto, sencillo. Basta con que alguien pueda o esté dispuesto a pagar lo que pide. Que muchos de esos grandes nombres pasen de largo por tierras valencianas tiene que ver, sobre todo, con un asunto económico. Por otra parte, la desaparición de salas de aforo medio-grande como Arena Auditorium supuso un golpe muy duro. Al igual que la de otras de aforo medio, como Roxy Club. Y no tan sólo por el recinto en sí, sino también por la desestructuración o disolución de sus equipos de trabajo, que habían creado una rutina efectiva con grandes promotores”.

Viñas lo ve del mismo modo: “València se ha descabalgado de la ruta habitual de las giras internacionales por muchos factores: Las bandas que venían a Valencia, iban también a Madrid y Barcelona. Nuestra pérdida es haber desaparecido del circuito y que Rolling Stones, AC/DC o el pepinazo de turno ni siquiera nos tengan en cuenta. Muchas ciudades europeas pueden ofrecer una buena venta de entradas, hay recintos posibles y esos nombres están en circuito. No es el caso. Por poner un ejemplo: Nirvana actuó en 1992 en la Plaza de Toros y no llenó. El poder adquisitivo es inferior a esas ciudades, la demanda es menor y desde los 1.500 de aforo en salas como Repvblicca, Palau de Les Arts o Palacio de Congresos –en las afueras o sentados, ojo- pasamos a los 6.500 de la Fonteta y dependiendo del calendario deportivo. No hay ni una sola sala de 2, 3, 4 o 5.000 espectadores. Esto ha impedido el desarrollo de promotores en estos estratos que durante buena parte del año son necesarios. No obstante, a nivel de bandas muy independientes, especialmente gracias a Tranquilo Música y su trayectoria, todos esos grupos iniciáticos o míticos para salas de 50 a 400 personas ha estado bien alimentado”.

Rodríguez, sin corregir, amplia la respuesta aportando también el matiz del relevo generacional: “Imagino que la gente que iba a esos conciertos creció y las obligaciones diarias les alejaron de la música o centraron ese interés en revivir aquellos años que tan ligados a su juventud tendrán. A partir de ahí, intuyo que no ha habido un relevo de público y si las cuentas no salen, nadie quiere arruinarse. Puede que hace años los festivales (especialmente el FIB) sí cumpliesen ese papel sustitutivo. Hoy en día me cuesta creer que sea así por el papel secundario que tiene la música en muchas de esas citas”. Y ahí pone Rodríguez el dedo en la llaga en otra cuestión en absoluto baladí. Como consecuencia de los carteles de festivales en los que los mismos nombres se repiten una y otra vez (los promotores van a lo seguro y rara vez arriesgan), la música pasa a ocupar un segundo plano en la experiencia festivalera: la chavalería acude buscando la fiesta, la catarsis colectiva de sexo, alcohol y drogas, en la que las bandas participantes cada vez parecen más destinados a cumplir únicamente con la función de poner banda sonora desde el escenario a la bacanal veraniega.

LA SEGUNDA PARTE DEL REPORTAJE ABORDARÁ EL PAPEL DE RTVV Y DE LAS ADMINISTRACIONES PÚBLICAS EN LA ESCENA MUSICAL ENTRE 2001 Y 2017.

 

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