Bigott, todo amor

por | 13 febrero 2017 | Cultura pop

Bigott ya no se droga, ni bebe, ni fuma. Ahora solo hace yoga y dice que, gracias a los ejercicios respiratorios, va más pedo que cuando iba pedo. No está loco, todo lo contario: es un hombre que afronta con cordura, sinceridad y valentía (la que a muchos les falta) esta puta y maravillosa vida. Todo esto, y algunas cosas más que ahora cuento, pude averiguar el día que pasé 8 horas con él.

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Superamos en varios minutos la hora acordada con los periodistas y Bigott sin aparecer. Unas semanas atrás se nos había ocurrido que sería estupendo contar con el músico maño para la rueda de prensa del #Deleste16. Ya, desde un primer momento, todo fue particular y Jose Luis Cuevas (de Born! Music, su agencia) nos había prevenido: “no lleva móvil”. Total que allí estaba plantado mi compañero Luis Donat, en la estación de Joaquín Sorolla, esperando a ver a un tipo delgado y de prominente mostacho. Sí, allí está. Solo acarrea un petate (en el que, más tarde comprobaremos, solo lleva una manzana y un cepillo de dientes) y una sonrisa que deja entrever sus blancos dientes a través de la frondosa barba. Lo divisa, lo saluda con una mano, y aquel echa a correr cara a Donat y, tal cual llega, se lanza en sus brazos. Juro que no se conocían de nada. Cuando por fin Bigott llega ante la audiencia, no se siente el protagonista que es y no deja de subir fotos a la red repitiendo entusiasmado: “Instagram is the best”. ¿Subir fotos a Instagram sin móvil? Se puede, pregúntenle.

Tras la cita con los medios y a grito de “so nice!”, procedemos (mi mujer y yo) a llevarlo a comer una paella a leña (de las de verdad) a L’Alter. Forma parte del trato. Los veinte minutos de trayecto que hay entre Valencia y Picassent nos sirven para caer rendidos a sus encantos. Mina está embarazada y le cuenta sus anhelos y sus temores. Yo recién operado le explico mis historias. Él también nos habla de Clarín y de la relación de amor y amistad que les une. Mucho amor.

Al llegar al restaurante saluda presto a todo el mundo. Le hacemos el tradicional paseillo por la estancia de los paelleros y alucina con el borboteo del agua en la paella. No deja de sonreír. Transmite y contagia felicidad. Hablamos de música y de la vida mientras devora con fruición el arroz asegurándonos que hacía días que no comía; también que vive en Zaragoza sin calefacción y que una noche, fue el récord, durmió con ocho matas; también nos asegura que antes era pijo; también rememora sus noches sin fin con Sergio Algora en El Fantas de los ojos azules; también nos cuenta que su último trabajo, My Friends are Dead, se compuso en una tarde. La verdad nos la trae al pairo. A estas alturas ya le creemos y le queremos.

Para terminar, tiene que entrevistarse con mi querida y admirada Mariola Cubells en una Factoría Rambleta. Desde el sofá, y en una charla de nivel, vemos en muchos momentos que Borja Laudo (su verdadero nombre) y Bigott son exactamente la misma cosa: un hombre culto que vive la vida sin ambajes, despojado de los tapujos y convencionalismos que lastran la existencia de casi todos. Y, por momentos, nos deja entrever largos periodos de sufrimiento solo reservados a los allí presentes y que, por supuesto, han modelado al singular artista que es hoy. My Friends are Dead es un disco brillante y fugaz como un rayo de sol. Nos morimos por volver a escuchar los temas que lo conforman, así como un compendio de sus mejores canciones, en directo. En serio se lo digo: todo amor.

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