Cuando el pasado septiembre Dûrga se proclamaron, junto a Frida, vencedores del Sona la Dipu, jamás hubieran imaginado que la victoria les llevaría a girar por México y al SXSW de Austin (Texas), la madre de todos los ferias/festivales de rock del mundo. Tras aquella experiencia, y con nuevo disco bajo el brazo “De lira ire”, les esperan unos próximos meses de agitación: Wah Wah Club en València el 26 de mayo, PrimaveraPro Barcelona el 31 de mayo, Emergents al Palau de la Música de València el 17 de junio y Low Festival Benidorm el 27 de julio.
Carlos Camps, Santi Campos y David Arán se plantaron en el Adolfo Suárez de Madrid con los instrumentos y las ganas de demostrar el porqué de su elección. Desde que pisaron suelo americano fueron conscientes de la irrepetible oportunidad que el destino les había brindado.
Primera parada: Ciudad de México.
Antes del estreno en directo, y tras llevar cabo unas cuantas entrevistas, pudimos perdernos en el misterioso Mercado de Sonora (no me extraña que Nacho Vegas recomiende no ir) tomar unas cervezas en la Plaza Garibaldi. No es necesario recorrer mucho trayecto para darse cuenta de los exagerados contrastes que se dan de un barrio a otro. Impresiona pasar de barrios adinerados como Polanco o La Condesa a otros en los que las calles apenas están asfaltadas. A cada paso, además, alguna cicatriz todavía nos recordaba que hace unos meses sucedió aquí un cruel terremoto.
Lo que nunca dejará de maravillarme es el hecho de que en Centroamérica, a miles de kilómetros y un océano de por medio, compartan nuestro mismo idioma. La riqueza y el potencial de nuestra lenga y su correspondiente mercado es algo que los grupos nunca deben olvidar a la hora de componer. ¡Solo Mexico City tiene 18 millones de habitantes! El concierto en la capital azteca fue en una sala pequeña y uderground del centro. Algo así como el Magazine de allí. Altas dosis de fuerza y energía, señas de identidad de Dûrga, suplieron con creces las justas capacidades técnicas del lugar.
Las siguientes paradas: Guadalajara, Toluca y Puebla.
Más de siete horas de furgoneta para atravesar un país donde los campos de agave (planta con la que se elabora el tequila) se mezclan con paisajes áridos de todos los rojos y verdes posibles. El ganado se desparrama bajo el sol entre lustrosos y extensos ranchos y humildes casas a medio construir. Una a una, el conjunto valenciano dejó constancia de su hipnótica y poderosa puesta en escena. Si a ello le sumamos el carácter pasional del espectador mexicano, sin duda más caliente que el valenciano, dan como resultado cuatro notables actuaciones que calaron entre los asistentes. De entre los grupos que compartieron cartel con ellos, cabe destacar a Los Leñadores, un jovencísimo grupo de Puebla que nos rebanó la cabeza.
Texas dio la bienvenida como solo los Estados Unidos de América saben hacerlo: de manera excesiva y apabullante. El destino es Austin, a casi tres horas de coche al sur de Dallas. Si ya de por sí nos encontramos ante una de las ciudades con más densidad de buenos músicos por metro cuadrado del mundo, en estos días era, sin duda, el epicentro universal de la industria musical. Se celebra el SXSW, un festival/feria en el que se dan cita profesionales y artistas de todo el mundo con el fin de cerrar tratos y ver (muchos) conciertos. Austin y sus rascacielos es un crisol de sonidos, un precioso escaparate global de la música.
La emergente formación valenciana da hasta cuatro conciertos en seis días. Dos de ellas en lugares emblemáticos de la ciudad: el Mohawk y el Hotel Vegas. El resto de citas tampoco tienen desperdicio: el Shiner Saloon (un garito de aire country desde el que se divisa el imponente Capitolio) y la imponente terraza del Cheers en la abarrotada Calle 6 (a los pies del emblemático rascacielos conocido aquí como The Owl por su apariencia de Búho que todo lo vigila). En toda y cada una de las puestas en escena había algún profesional camuflado entre el público. Nunca se sabe dónde puede surgir la oportunidad. Aquí no hay pruebas de sonido que valgan: el grupo llega, chequea líneas y a tocar. Y, por supuesto, a la hora y el tiempo acordados, que detrás vienen otros.
Los Dûrga derrocharon energía y dieron la talla en todos y cada uno de sus cuatro conciertos. Ordenar la mente para transcribir todos los momentos vividos en los seis días vividos allí se antoja imposible. Pero, así, agolpados, es fácil evocar algunos de los garitos y otros tantos conciertos que tuvimos la suerte de toparnos: valió la pena aquella larga cola bajo el sol para ver a Kurt Vile. Disfrutamos de lo lindo con el concierto de Albert Hammond Jr. en el barrio de San José. En el mítico Continental Club y descubrimos a Field Report, una banda que ya suena diariamente en mi Spotify. En el maravilloso Spider House nos cautivaron los japoneses Peelander-Z, una mezcla de grupo cómico de punk. Y que decir de aquella larga noche noche felizmente atrapados en el Barracuda viendo, a ras de suelo y en círculo, a Metz y The Wedding Present; conciertos salvajes y en nuestra cara bañados en cerveza Lone Star.
A la vista de la reacción del público y gentes del sector en países tan dispares como México y EEUU, Dûrga se encuentran en la senda adecuada para seguir trascendiendo. Pero esto no ha hecho más que empezar. Su talento interpretativo y compositivo tiene que nutrirse también de mucho trabajo y, por qué no decirlo, de algún golpe de suerte. Lo que es seguro es que, pase lo que pase, esto son cosas que sus nietos deberían saber.











