La ciudad que amaba la gasolina 2018, ELECTRÓNICA UNDERGROUND VALENCIANA

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Últimamente, no son pocos los que sostienen, no sin cierta sorna, una curiosa teoría sobre la supuesta tendencia fallera de los valencianos. Según esta, sentimos propensión por quemar toda escena cultural o artística que nazca en el territorio, con visos de ser atractiva y gozar de repercusión en el exterior. Al igual que en las Fallas, quemamos etapas a velocidad de crucero para acabar carbonizándolo todo en una enorme pira de fuego devastador. Uno de los precedentes más claros es el de la, recientemente ubicua, «Ruta del bakalao», que acabó calcinada sin dejar industria o marca en la zona, -más bien, lo que dejó es anti marca.

volumens-2018  Volumens 2018 (foto: Abel Gimeno).

Generación tras generación, los valencianos parecen alegar algo así como que «ahora es el momento». La ciudad, con todos los ingredientes necesarios sobre el papel para convertirse en una capital, —puede que secundaria, acorde a su tamaño y situación, pero capital al fin y al cabo— de tendencias musicales, artísticas y de ocio, siempre ha parecido estar a punto de dar este paso. «Los gestores culturales jugaban con el mito de zona potencialmente abierta, rica y lúdica, para dar a entender que València estaba destinada a encontrar su lugar en el Mediterráneo, en medio de las influencias culturales más variopintas, y bajo un sol perenne que actuaba como revulsivo de los sentidos».

Este fragmento, del libro En éxtasis. El bakalao como contracultura en España, del periodista valenciano Joan Oleaque (Barlin Libros, 2017), habla de la València de los años 80, previa a la «Ruta». Es precisamente esa sensación la que lo atraviesa. Sensación que, de un modo u otro, parece transversal a toda generación desde hace décadas. En los últimos tiempos, ese paso, repetidamente dado en falso, parece estar afianzándose —esta vez sí— en diferentes ámbitos artísticos y de ocio de la ciudad. ¿Qué ocurre con la escena electrónica más underground? Esa que, mayoritariamente, tiene lugar en clubs o fiestas puntuales, y que trata de sacar músculo a base de calidad sónica y compromiso con cierta idea de vanguardia.

La escena local, largamente estigmatizada por el precedente miasmático de «la Ruta», padeció una larga travesía por el desierto en su búsqueda de identidad más allá del «bakalao». La imagen proyectada hacia el exterior —con la inestimable colaboración de los medios de comunicación—, y el páramo interior propiciado por el «miedo y asco en València», hizo de la noche de los dosmiles una verdadera aventura para todo aquel que tuviese alguna inquietud artística o musical más allá de lo estrictamente mainstream o, en su defecto, decadente —lo peor del presente, lo peor del pasado—. Lo cual no quiere decir que no existieran opciones, claro está. Como bien relata el periodista Carlos Pérez de Ziriza en este mismo medio en su número del pasado junio, hubo vida «más allá de ‘la Ruta’». Pero con sus pequeños destellos de luz, aquellos años no dejaron de ser, en general, un verdadero erial a la altura de un paisaje golpeado por la fuerza atómica.

El tiempo ha pasado y una nueva generación, desprejuiciada y prácticamente inalcanzada por el «miedo y asco en València» —o más bien, tocada solo de refilón— ha ido tomando posiciones. Desde hace unos años, toda una serie de iniciativas locales han ido ganando peso hasta convertirse, en algunos casos, en verdaderos referentes de ocio del binomio techno/house, esta vez sí, también fuera de València. Colectivos como theBasement o fiestas como Oven —que en estos momentos acaba de «independizarse» de su matriz, el Three club (antigua La3), convirtiéndose en un club como tal—, llevan tiempo proponiendo iniciativas musicales basadas en el riesgo, la búsqueda de la calidad musical y la apertura de miras hacia el exterior. Y lo cierto es que esos ingredientes, largo tiempo marginados por el gran público, parecen estar asentándose entre un auditorio cada vez mayor. Por supuesto, en el panorama local hay muchas más iniciativas, como las íntimas fiestas de los viernes noche en club Gordo, algunos encuentros puntuales de enorme calidad en la Carbonera, o los trabajadores «pico y pala» de Hypnotica Colectiva, que tantas décadas llevan esparciendo por los garitos de la ciudad las semillas nacidas de los plásticos más negros. Y alguna más, claro. Pero lo que aquí se pretende no es enumerar, sino sacar un común denominador. Y es que, todas estas iniciativas, más allá del público al que estén dirigidas —pijos o punkis; puretas o wanabees—, parecen compartir dos mismas cosas: una preocupación por la búsqueda de calidad en sus propuestas musicales y artísticas, y una apertura de miras, en busca de públicos y horizontes más allá de lo estrictamente local.

volumens-2 Volumens 2018 (foto: Abel Gimeno).

No obstante, huyendo de cierto aroma triunfalista, cabe analizar otra dimensión que discurre en paralelo a la escena autóctona y que, en realidad, es la que otorga su sentido a un artículo como este. Si bien la escena local está en clara expansión —aunque en realidad todavía no deje de ser relativamente pequeña—, el quid de la cuestión lo encontramos, en este caso, en el aire que sopla desde fuera hacia nuestra querida ciudad.

El pasado mes de julio, la mundialmente conocida promotora de las fiestas Boiler Room eligió el puerto de València para celebrar una fiesta de su gira mundial. Fue una fiesta masiva, con invitados de enorme peso internacional como Kink, Octave One o Kornél Kovács. En septiembre, las fiestas Brunch –in the Park, habituales en Barcelona y Madrid, aterrizaron también en la zona del puerto, con tres encuentros a los que invitaron a artistas de enorme prestigio. En un mismo fin de semana, tuvimos en València al canadiense Richie Hawtin (Barraca), al estadounidense Jeff Mills (Wax) o al dúo alemán Âme (Brunch –in the Park). También el pasado mes nos visitaron Hunee y Tama Sumo (theBasement), Oscar Mulero (Volumens) o Maceo Plex (brunch). Más allá del baile de nombres, parece que la imagen que proyecta València hacia el exterior en estos momentos es potente, atractiva, sexy. Por eso hay promotoras externas que han decidido apostar por ella, «a ver cómo va la cosa». La escena local es el magma; la savia que nutre una realidad que da sus frutos en forma de miradas foráneas. Y estas miradas, bien vistas —también se pueden entender mal, aunque ese sería otro artículo—, son el posicionamiento real en el mapa de una ciudad que parece haber superado, ya de una vez por todas, sus traumas y su sensación de «miedo y asco».

Cabe reflexionar sobre cuál puede ser el juego de los locales ante esta realidad. Dice el dicho que «más vale ser cabeza de ratón que cola de león». Una escena relativamente pequeña, en la que todo el mundo de un modo u otro tiende a conocerse, es muy cómoda. Puede que no crezca, pero al fin y al cabo no deja de cumplir su función con éxito: divertir desde la calidad. Porque de eso se trata al fin y al cabo todo este asunto. Los intereses foráneos —y aquí hablo básicamente de dinero con mayúsculas y visibilidad— pueden dinamitar la realidad más o menos idílica de una escena, o pueden servir para catapultarla. ¿Acabaremos volviendo a exhibir nuestra supuesta vena fallera en este aparente reverdecer de las noches electrónicas de calidad en València?