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Siempre quiebra la soga por lo más delgado, o cómo reiniciar el sistema sin las de siempre

por | 15 septiembre 2021 | Música

Con carteles y billeteras encogidas, músicas y bandas sin músculo ni promoción quedan, otra vez, expulsadas de todos los planos. Esperando a que el gigante gane los kilos perdidos durante la carestía para poder acceder a las migajas, a los restos de un banquete del que vuelven a quedarse fuera con la excusa de la recuperación. ¿Y si les hubiéramos preguntado antes de pulsar el botón de reinicio del sistema de festivales y los conciertos de masas?

Preguntemos a promotoras, programadores, festivales, salas y sellos, grupos y músicos. Todo eso ya está hecho. Que llevamos un año y medio así. Ahora, si no es mucha molestia, preguntemos a las músicas. Y a los grupos más pequeños. Preguntemos a bandas de mujeres que no son Zahara o La Bien Querida, y a las que pueblan —cuando tienen el honor— la zona media y baja de los carteles para calentar las jornadas de festival cuando el sol todavía es demasiado para todos. Ahora que es más evidente que la nueva normalidad será la antigua normalidad estaría bien saber en qué punto de la vuelta atrás estamos. Para no confundirnos. Ahora que los festivales empiezan a asomar, saltándonos la aconsejable fase de recuperar primero el circuito de salas de conciertos de las ciudades, cabe preguntarse cómo quedan las cosas por ahí abajo en la nueva vieja normalidad. La de los festivales y los grandes conciertos como medida de todas las cosas.

Un vistazo a los festivales que se han agarrado a la esperanza de que 2021 no fuera una interminable y angustiosa coda de 2020 evidencia, de primeras, que la nueva normalidad es más bien la nueva vieja normalidad. Es decir, uno más de los tentáculos del mantra «saldremos mejores»; donde «mejores» se refiere exclusivamente a versiones perfeccionadas de nuestros peores atributos. Mejores en ser peores. No siempre, vale, pero en este caso un poco. O al menos lo parece. Observemos, por ejemplo, el cartel del prometedor Vallesonora de Montanejos, en Castelló. Un festival «camuflado en un paraíso natural»; pero sólo si eres músico y tienes ya una trayectoria de tickets vendidos a tus espaldas. De un amable cartel con 11 nombres (12, si contamos el equipo The New Raemon y Ricardo Lezón como dúo independiente), 9 son hombres o grupos de ídem. Sólo Bratty tiene el honor de liderarse a sí misma como música. Del resto, Badlands con May Ibáñez y LadyMoon DJ en forma de concesión pequeña —porque es la única que reduce su cuerpo para aparecer en el cartel—. Si buscamos la cifra bruta de representación sobre el escenario podríamos deslizar el lapsus: de esta saldremos menores (en representación).

Es un festival nuevo. No le carguemos toda la responsabilidad. Miremos un poco hacia atrás, pero no mucho. No hace falta un viaje en el tiempo demasiado exhaustivo para vaticinar que el riesgo en la nueva vieja normalidad pesa mucho más que antes. Y entonces ya pesaba. Es legítimo, sobre todo para quien de verdad se juega sus ahorros. Sin embargo, es difícil sostener carteles como el del conglomerado de les Nits de Vivers. Hablando estrictamente de lo musical, la proporción oficial de músicas sobre el escenario fue de 6 a 23. Esto es: de las 100 veces que te asomaras a los Jardines de Viveros entre julio y agosto, en 74 ocasiones no verías una sola mujer arriba. Parece que no nos hemos acostumbrado todavía a ella, y la nueva vieja normalidad ya huele a cerrado. Y lo mismo pasará dentro de un mes, en octubre, cuando se celebre una nueva edición del Love To Rock en La Marina de València y descubramos que comparten prácticamente el mismo porcentaje con las mismas cifras.

Siempre nos quedará el Truenorayo, la constante a la que agarrarse en tiempos en los que todo cambia para que nada cambie. Porque lo que cambia, como en el caso del Music Port Fest, lo hace para consolidar formas viejas; sólo así se entiende su conversión en miniciclo encabezado por M-Clan y La Fúmiga tras cancelar definitivamente su edición en pandemia. Es cierto que, como decía aquella niña, peor es morirse, pero la experiencia se resiente cuando la alternativa es (volver a) dejar de existir de facto para los programadores de festivales. La invisibilidad deja de ser un superpoder para ser, otra vez, lo más parecido a la ratio de músicas en el cartel del Low In The City, parche del Low en 2021: 3 mujeres y 21 hombres sobre el escenario con 6 grupos en julio de este año. Otro ejemplo de lo engrasada que está la nueva vieja normalidad. Es cierto que, programado para octubre, el SanSan parece que evitará repetir el episodio de las toallas rosas; aunque todo apunta a que es purita casualidad, porque las cifras se vuelven a enturbiar si sumas los trece djs. En noviembre, el Festival de Les Arts tampoco arreglará demasiado el empastre del que le salvó la coyuntura en 2020; el festival vuelve a abrazar la infrarrepresentación femenina, aunque la ubicación de Fangoria y Rigoberta Bandini en la zona noble de un cartel más enjuto de lo habitual pueda despistar.

Conclusión: siempre quiebra la soga por lo más delgado. Un año y medio después volvemos, como ABBA, con los grandes éxitos: no es que los festivales no puedan programar al ritmo de los latidos de las carteras. Las cicatrices del capitalismo forman parte ya de nuestros gestos, y cada uno hace lo que quiere con su dinero (y a veces un poco con el de todos, pero ese es otro tema). Faltaría más. Lo reprobable es, sobre todo, que no se haya aprovechado un año en blanco para restituir un orden más justo y razonable; que, después de frenarlo todo y a todos en seco, se haya vuelto a dar la ventaja a los de siempre. ¿Acaso no hubiéramos salido mejores de verdad recuperando, primero, la salud de las salas y la de los sectores infrarrepresentados? Todas las pruebas, hasta hoy, se han hecho con billetes, que es lo que mueve al sistema: festivales y conciertos en pabellones. Ni un experimento “controlado” en el circuito de salas con grupos que ya se quedaron sin colchón el año pasado. Esos que toquen desde sus casas en la próxima pandemia. ¿Hemos perdonado ya que no se haya utilizado el reinicio del sistema para reiniciar de verdad el sistema?

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