Hay algo en la música de Guadalupe Plata que despierta nuestro lado oscuro; nuestras pasiones más bajas florecen al compás destartalado de ese blues correoso y desestructurado que los jienenses llevan practicando desde sus inicios y que les ha llevado a los altares del rock underground de nuestro país.
Y es que es difícil resistirse ante el primitivismo de unas canciones obsesionadas con la nocturnidad, las mujeres, los gatos y la muerte; que rebosan pasión y franqueza por los cuatro costados y destilan un groove tan denso que puede cortarse con un cuchillo.
La fórmula es sencilla: una batería de cadencia hipnótica, un barreño de zinc con alma de bajo ondulante y seis cuerdas febriles que se alimentan con descaro tanto del pantanoso sonido de bluesmen clásicos como Hound Dog Taylor, Son House o John Lee Hooker, como de precedentes más cercanos como los añorados Atom Rhumba; el resultado es arrebatador.
Las canciones de Guadalupe Plata se retuercen hasta introducirse en lo más profundo del plexo, poseyendo al oyente como si de un ritual vudú se tratase, obligándole irremediablemente a moverse al compás. Las letras son hirientes y descarnadas hasta llegar al hueso, de iterativa sencillez pero llenas de emotividad y sentimiento. A lo largo de su trayectoria discográfica, formada por un diez pulgadas y tres larga duración, todos ellos homónimos, el sonido de la banda de Úbeda ha sufrido una progresiva involución, acercándose más con cada nueva entrega a los cavernarios orígenes del rock ’n’ roll más primitivo, lo que les permite un mayor margen de acción a la hora de facturar un repertorio cada vez más rico en matices y referencias.
Así tenemos temas tan vibrantes como “I’d rather be a devil”, “Baby me vuelves loco”, “Lorena” o “Gatito”, que ejemplifican la vertiente del blues más cacharrero; “Funeral de John Fahey”, “Jesús está llorando” o “No me ama”, con pinceladas sonoras deudoras del flamenco y la Semana Santa andaluza; y “Hoy como perro”, “Mecha corta” o “Calle 24”, en las que la sombra de Howlin’ Wolf y Gene Vincent se hace más evidente.
Pero es encima de un escenario donde el trío alcanza las mayores cotas de energía y emoción; las interminables giras que durante años les han llevado por todos los rincones de nuestro país y parte del extranjero, han hecho de la banda una máquina perfectamente engrasada que comulga en litúrgica sintonía con su, cada vez más, numeroso público.
En los últimos tiempos han prodigado su talento en grandes los festivales del indie nacional; sin embargo, su propuesta se paladea con mayor gusto en recintos más contenidos, donde el sudor y los vapores etílicos recargan el ambiente con esa pátina de intimidad que tan bien le sienta al árido y seductor blues de Guadalupe Plata.











